What part of copyRIGHTS you don’t get?

This week was hard, I can’t deny that.

As an author, you usually live in your own fantasy universe, protected by your characters and behind the walls of the worlds you create. So what happens when real life catches up with you? Sometimes is great, sometimes disappointing.

Again, this week was hard.

Thanks to a very dear friend of mine, I realized that one of my books, “The Dimension of the Black Onyx, The Connection”, was being published WORD FOR WORD on a free App under a different title (and just changing the characters’ names) by a so-called fan, it had over 10,000 followers and more than 30,000 reads. No wonder why people don’t buy books anymore.

Thankfully, the fans were incredibly supportive and helped me expose this and get it offline, but there were other people who didn’t believe this was a real crime and accuse me of overreacting.

“No one is starving due to this,” was a man’s justification to something illegal done by a minor. I beg to differ.

Even when people might not believe this, not all of us writers are J.K. Rowling, and we actually DO support ourselves with our books and their sales: we pay rent, we pay taxes, we pay for gas and utilities, we buy groceries, we help our families. So maybe I’m not starving, but this is not a hobby, it is actually MY JOB. So why is it less important than what others do?

And I know I’m not alone in here. A lot of people fight for their dreams, they struggle and work and invest time and money and effort into accomplishing their goals. How would they feel if someone take their achievements and pass them as their own? I’m guessing not good.

I know that my job might only be words, but they matter, they should be respected. Mine and everybody else’s. I guess that’s all I’m asking for: respect. We all deserve it.

Belyan

 

En serio no creía estar volviéndome loco: aquel pequeño se parecía tanto a Govami que bien podría pasar por su hijo, y al parecer no fui el único que lo pensó, perdiéndome de la reunión que se estaba llevando a cabo en la playa por no poder dejar de observar al niño.

Fue Lórimer quien, al hablar, hizo eco de mis pensamientos.

—No sabía que habías tenido un hijo en estos años que no nos vimos, Matheo —articuló, sonriendo y arrugando la frente al mismo tiempo.

Nuestro amigo rio con ganas.

—Luca no es mi hijo, Lórimer. Es mi amigo… Aunque estoy en proceso de convencerlo de ser parte de nuestra familia —añadió para luego presentárnoslo formalmente; pero a pesar de que el pequeño nos dio la mano con solemnidad, no pronunció palabra alguna.

A decir verdad, no lo había hecho desde nuestro arribo.

Tanto Lórimer y yo lo notamos, pero una breve negación por parte de Matheo nos hizo entender que la situación era más complicada de lo que aparentaba, por lo que una explicación tendría que aguardar, por lo que tanto mi mejor amigo como yo asentimos sin presionar.

La reunión entre abuelo y nieta se llevó a cabo de forma esperada, con ella un poco sentimental y con esa confusión que se forma en la gente del Dominio Exterior por el hecho de que tus mayores no luzcan mucho más viejos que tú; lo realmente entretenido vino cuando Matheo nos introdujo a Eridani, ya que su rostro se sonrojó ligeramente, expresó una gigantesca sonrisa y parecía estar a punto de ponerse a gritar o algo por el estilo.

—¿Comenzarás a pedir autógrafos ahora, Eridani? —inquirió Govami, atrayendo su atención.

—No lo sé. Estoy algo ocupada decidiendo entre golpearte o burlarme de tus celos.

—Yo no estoy celoso.

—¡Auch! Tus afiladas respuestas me dejan sin habla.

—Bien jugado —aceptó él, volviéndome hacia el gemelo y hacia mí, que observábamos el pleito con una mezcla de diversión y asombro. ¿Matheo, dejándose ganar? Esta chica de verdad tenía que ser especial—. Casi no hay víveres en la casa —agregó entonces—. ¿Me acompañan a recolectar vegetales y a cazar algo para comer?

Ambos accedimos al entender que lo que nuestro amigo pretendía era darles un poco de privacidad a la recién reunida familia, invitando incluso Luca a venir con nosotros, quien reticente, aceptó.

Minutos más tarde los cuatro nos marchamos, dejando a Eridani en la ducha y a su padre y su abuelo aguardando por ella.

 

 

Cazamos, recolectamos, volvimos. Comimos, charlamos y hasta una fogata con música armamos. Presenciamos un pequeño concierto que luego dio paso a un interesante drama entre Eridani y Matheo. Todo bien hasta ese punto…

Desafortunadamente, el buen humor con el que había amanecido esa mañana se vio por completo aniquilado cuando la mujer aceptó la Elevación forzada, la cual decidió que realizáramos esa misma noche.

Y no a causa de Eridani o de que no quisiera ayudarla, sino de que la mayor parte del día había transcurrido de manera alegre, casi relajante, en compañía de amigos, de Lórimer, y de la promesa silenciosa pero siempre presente de más “experimentos” que estaban por venir.

Todo eso se esfumó ante la perspectiva del dolor que le causaría a la bella y bienintencionada joven, porque si una Elevación normal era intensa, una a destiempo rayaba con los límites de una verdadera tortura…

Lo cual comenzó a traer pesados y escabrosos recuerdos a mi mente, recuerdos que a diario luchaba por erradicar antes de que tomaran total posesión de cada uno de mis minutos, de cada una de mis respiraciones, de cada uno de mis parpadeos.

Me concentré en las instrucciones que Dem le daba a su nieta para así alejar a los pensamientos que me asaltaron al instante en que tomé uno de sus brazos con mis manos, preparando a mi espíritu para lo que vendría a continuación.

—Esto va a quemar y va a lastimar, pero necesito que recuerdes no resistirte; entre más forcemos a tu espíritu, más doloroso será. Mantén siempre en mente que al final estarás bien, ¿de acuerdo? —le aclaró Dem, mientras la sosteníamos entre los dos—. Te digo todo esto porque, una vez que comencemos, no habrá marcha atrás; por más que nos pidas que nos detengamos, no podremos hacerlo. Te pido disculpas desde ahora por ello.

Ella inhaló con profundidad.

—No te preocupes.

—Créeme, mi idea de esta reunión familiar no involucraba torturar a la nieta que acabo de conocer —agregó él con una fingida aunque tierna sonrisa.

Tortura, fue la única palabra que se quedó en mi mente al instante en que comenzamos, recordando sin querer el dolor del que había sido presa yo cuando Arématis se había apropiado de la mayor parte de mi alma, así como el que estuvo presente durante cada día como desalmado, hasta el hirviente calor que me quemó por dentro cuando Vanessa por fin me la devolvió.

Tortura. La palabra volvió a hacer eco en mí: había existido el tiempo en que disfrutaba de esto: disfrutaba y me excitaba de cada segundo en el que me era posible infligir sufrimiento, sintiendo una macabra y retorcida alegría al percibirme más poderoso que los demás, al darme cuenta de que su vida se encontraba, literalmente, en mis manos.

¿Por qué carajos me era imposible deshacerme de esas malditas sensaciones? ¿Por qué mi tiempo como desalmado seguía persiguiéndome así?

Y para acabar de machacar la poca autoestima que me quedaba, fue entonces que Eridani comenzó a gritar, a rogar, a suplicarnos que nos detuviéramos, forcejeando sin darse cuenta con la finalidad de deshacerse de nuestro agarre.

Cerré los ojos deseando poder también cubrirme los oídos, en un vano intento por esfumarme del momento, por ignorar esos recuerdos que me torturaban a mí a causa de lo mucho que había gozado de todo el mal que había cometido.

—Creo que comienza —murmuré al percibir la energía de su espíritu ir emergiendo con mayor fuerza a través de su afiebrada piel, asiéndome de cualquier cosa que me distrajera de la serie de lúgubres recuerdos de los que no lograba deshacerme por completo.

—No te detengas aún — me indicó Dem con concentración, por lo que obedecí sin agregar más.

Miré a Lórimer entonces, tal vez en busca de algo de fuerzas, tal vez en busca de algo de paz, pero él no fue capaz de otorgarme aquello que yo necesitaba, ya que forcejeaba con un enardecido Luca en ese momento, quien parecía encontrarse fuera de sí, desesperado por llegar hasta Eridani y detener de alguna manera lo que le estaba sucediendo.

La expresión preocupada de mi mejor amigo atrapó por un instante mi atención: su rostro lucía serio pero angustiado; su semblante fuerte, pero compasivo.

Y no por primera vez pensé en lo mucho que aquel hombre se merecía.

Lórimer era una de las mejores personas que había conocido en mi vida, desde su núcleo hasta su exterior, pasando por su forma de ser, por su físico, por su manera de enfrentar a la vida y cada uno de sus retos, por su valentía, su sensatez, su lealtad y su intrínseca bondad.

¿Y quién carajos era yo?

Un ex-desalmado mal encarado y malhumorado que no tenía idea de lo que hacía o de lo que quería.

¡Mierda! ¿En qué jodidos había estado pensando al dejarme llevar? Esto no iba a acabar nada bien, y si terminaba por perder a Lórimer en el proceso, ya nada más tendría sentido.

 

 

Lórimer

 

—¿Estás bien? —aquella era una pregunta innecesaria, porque sabía de antemano la respuesta; sin embargo, eso no me impidió el hacerla, al momento en que cerré la puerta tras de mí en la habitación que había compartido noches antes con Belyan, en Abadiy Vintro.

Mi mejor amigo y yo habíamos vuelto al refugio después de la Elevación de Eridani, y desde entonces hasta este segundo, Belyan se había encontrado demasiado callado, distante, frío; como si lo sucedido en Talesca le hubiera afectado mucho más de lo que ni él ni nadie se hubiera imaginado, y mucho menos porque aquella había sido su idea.

No estaba bien, aquella era la respuesta a mi cuestión inicial; ahora sólo me restaba averiguar qué era lo que le estaba pasando, qué era en lo que pensaba que lo había mantenido taciturno y sombrío durante nuestro arribo a Abadiy Vintro, durante la recapitulación que hice para los demás habitantes actuales del lugar, e incluso cuando se marchó a la recámara antes de yo terminara de narrar lo acontecido, usando como pretexto el cansancio que la Elevación forzada le había provocado.

Si de verdad se sentía tan agotado, ¿por qué no estaba ya metido en la cama durmiendo?

No. Supe que aquella había sido una excusa cuando ingresé para encontrarlo de pie frente a una de las ventanas, con la espalda muy recta, las manos en los bolsillos y los ojos puestos en la nieve y la oscuridad del exterior.

—¿Belyan? —insistí al no recibir palabra de su parte, o movimiento, o cualquier cosa que me dejara saber que era consciente de mi presencia.

—No —su tono fue tan bajo que apenas si lo escuché, incluso por encima del silencio que reinaba en el refugio.

Le eché el seguro a la puerta y muy lentamente fui caminando hacia él; su energía se sentía tan potente y en tanto conflicto que me daba miedo avanzar muy deprisa y terminar por hacerlo huir.

—¿Qué sucede? —pronunciar esa nueva pregunta también me había producido temor, pero no era momento para acobardarme.

Hacía décadas que no sentía a Belyan en el estado en que se encontraba ahora, y si me necesitaba, estaría ahí para él de cualquier forma que me fuera posible.

—Fuego.

Junté las cejas antes su críptica respuesta, deteniéndome a un par de pasos de su espalda.

—¿Fuego?

—Fuego —repitió inmóvil, con voz áspera—. Un desalmado no cuenta con su espíritu para hacer uso de él como arma, así que mi instrumento de tortura de preferencia era el fuego.

Sus frases me provocaron una parálisis instantánea, afectando incluso a mi respiración. Comenzaba a comprender: Belyan no hablaba mucho de las cosas que había llevado a cabo durante su cautiverio con Arématis, pero después de su participación en la Elevación a destiempo, de la reacción de Eridani y de Luca a ella, y de sus anteriores palabras, las imágenes que desfilaban en la mente de mi mejor amigo comenzaban a tornarse más claras para mí.

Culpabilidad.

Todo se resumía a ese sentimiento.

Y sabía que tenía que hacer algo para ayudarlo a escapar de las garras de tan negativa emoción, el problema era que no se me ocurría cómo y que rápidamente se me iban acabando las ideas.

Reaccioné pocos segundos después, deshaciéndome del espacio que quedaba entre nosotros hasta que mi pecho estuvo pegado a su espalda, nuestras estaturas similares ayudándonos a embonar perfectamente, a pesar de que él de inmediato se tensó contra mí.

Cerré un brazo alrededor de su cadera al adivinar sus intenciones de alejarse, y antes de permitirle hacer o decir otra cosa, coloqué mi mano libre con la palma abierta a la altura de su cuello, dejando escapar mi energía espiritual amarilla, la cual iluminó un poco a nuestro alrededor.

—Dame de tu energía, Belyan —murmuré contra su nuca.

Se tardó tanto en obedecer que por un momento estuve a punto de darme por vencido, pero entonces levantó su brazo hasta entrelazar sus dedos a los míos, dando paso a la primera Fluidez que llevábamos a cabo sin ningún otro fin más que entrar en contacto el uno con el otro.

Lo sentí suspirar y relajarse un poco sobre mí, al momento en que su alma iba enlazándose con la mía, yendo y viniendo de un cuerpo a otro en perfecta armonía.

—¿Lo percibes? —pregunté arriesgándolo todo por el todo.

—¿Percibir qué? —murmuró.

—Lo que mi espíritu siente por el tuyo. Cada emoción que potencializas en mí por el simple hecho de ser tú.

Sus dedos se cerraron con mayor fuerza entre los míos, mientras tragaba saliva audiblemente y respiraba con dificultad.

—Porque ese eres tú, Belyan. Tu alma. Esa es tu verdadera esencia, lo que en realidad te defina… Y no lo que hayas hecho cuando la perdiste, porque esas acciones fueron cometidas por alguien que no eras tú. Tal vez luciría y se movía y hablaba como tú, pero no lo eras… Este —recalqué por medio de nuestras energías unidas—, eres tú.

Se giró tan rápido que me arrancó un sobresalto, besándome sin deshacerse de la Fluidez ni de nuestro abrazo, cerrando su mano libre en mi cabello con tanta fuerza que se me escapó un involuntario gemido que mezcló de manera exacta sorpresa, dolor y placer.

Y mi asombro se triplicó cuando, unos minutos después, despegó sus labios de los míos y habló sin mover su mirada de mis ojos.

—Ya no quiero experimentar.

—¿Qué?

—Ya no quiero experimentar —repitió destrozándome por unos segundos, para luego volverme a componer con una sola petición—. Quiero que seas mío… Necesito que seas mío.

Perdí el aliento ante la alegría, ante el miedo, ante los miles de sentimientos que me atacaron al mismo tiempo.

Belyan era un desastre, un hermoso caos, y aquello se podía apreciar con claridad en su mirada, pero por ahora, y después de sus palabras, él sería mi hermoso caos, y yo estaba dispuesto a hacer lo que fuera con tal de borrar esas sombras que continuaban atacando a su atormentada alma.

—Ya lo soy, Varzzen, ¿qué no lo sientes? Pero si de lo que necesitas adueñarte es de mi cuerpo, aquí estoy.

Cada partícula en él se paralizó, con su triste mirada azul estudiando mis facciones, como si buscara alguna mentira dentro de toda mi veracidad, sin encontrar ninguna.

—No te merezco —murmuró con pesar.

Lo atraje de la nuca todavía más hacia mí.

—Míranos… ¡Mírame! Si tú y yo no sucedemos será por tu inapropiada culpabilidad, Belyan, por ese remordimiento al que ya no deberías aferrarte. Eso será tu culpa… Yo nunca he sido de nadie, Varzzen. Nunca —agregué con mayor trasfondo del que jamás había usado—. Ahora contéstame, ¿te perteneceré o no? Porque yo sigo aquí, así que será por completo tu decisión.

Jamás en mi vida había recibido un beso más intenso como el que Belyan me dio en ese momento.

El Experimento

 

Lórimer

 

—Dios mío, ¿qué pasó aquí? —Andrés preguntó con genuino terror en su voz.

—Místicos —le respondió mi mejor amigo sin tacto alguno—, los mismos que raptaron y mantuvieron cautiva a tu hija.

—¡Belyan! —musitamos Dem y yo al unísono, pero él no parecía en lo absoluto arrepentido de haber hecho una clarificación tan brusca.

—Eridani está bien ahora. Está con Matheo…

—Eso no me tranquiliza tanto como tú creerías —articuló Andrés, pero Belyan lo ignoró y continuó hablando:

—Y es por ello que a pesar de que entiendo la premura que sientes por investigar la manera de sacarla de los Dominios del Ónix Negro, tienes también que entender que, por el momento, hay prioridades y peligros mucho más inminentes.

Presioné la mandíbula para mantener la boca cerrada y para controlar el enojo que me invadió. Mi mejor amigo tenía razón, pero podría haber encontrado una forma más compasiva de expresar aquello.

—Tu mejor opción es una Elevación —finalizó, sorprendiéndonos a todos.

—¿Una Elevación? —la voz de Dem sonaba entre esperanzada y asustada.

—Así es. Una forzada, como la que experimentaste tú mismo —agregó Belyan señalando a Andrés.

—No… ¡No! Es demasiado dolor. Es demasiado…

—Si quieres llevarte a Eridani de aquí, si quieres la oportunidad siquiera, es tu mejor opción… De hecho, es tu única opción en este momento.

El trío comenzó a discutir acerca de los pros y contras, de si Dem y Belyan podrían replicar lo que hicieron con Andrés décadas atrás, de dónde podía llevarse a cabo y otros detalles que la verdad dejé de escuchar.

Mi instinto me decía que algo andaba mal, por lo que mi atención se movilizó de los tres hombres a todo aquello que nos rodeaba, dándome cuenta demasiado tarde de que no estábamos solos. Sentí las presencias antes de verlas, y estaba casi seguro de que ellos ya también nos habían sentido a nosotros.

Era momento de huir.

—Tenemos que irnos —murmuré, aunque mi tono fue lo suficientemente alarmante como para que todos giraran el rostro para mirarme—. No estamos solos.

—¡Paladiiiiiiines! —una voz burlona canturreó a lo lejos por entre escombros del bosque; una voz femenina—. ¿Dónde están, queridos? ¡Tengo haaaaambre!

—Mierda —espetó Dem. Si la dragona/humana se acercaba lo suficiente, sería capaz de influenciarnos a los cuatro, y ahora los rehenes terminaríamos siendo nosotros.

Sin agregar nada comenzamos a correr en la dirección opuesta; no había tiempo para un portal, el cual podría ser detectado con aún mayor facilidad que nuestras presencias, por lo que resguardamos nuestros espíritus y escapamos lo más rápido que nos fue posible hacia un arroyo cercano que podríamos usar para camuflar nuestras huellas y nuestro aroma.

—En escala del uno al diez, ¿qué tan malo será que brinquemos al agua? —escuché que Andrés preguntaba casi sin aliento.

—Veinte —contestó Dem, pero aun así nadie se detuvo, percibiendo como la Místicos venían casi pisándonos los talones.

 

 

Belyan

 

La fuerte lluvia que había estado azotando el área desde hacía horas había transformado un riachuelo relativamente tranquilo a un río con corrientes altas, frías, potentes y traicioneras.

Irónico que eran precisamente esas características las que lo convertían en nuestra mejor ruta para escapar intactos, al menos de la influencia de los Místicos.

Uno a uno fuimos saltando al agua, sintiendo el choque del helado líquido antes de emerger a la superficie, dándonos cuenta demasiado tarde de que la fuerza del río nos arrastraba con mayor velocidad de lo que habíamos previsto.

“Veinte”, había dicho Dem. Mil ochocientos noventa y tres me sonaba más adecuado. Pero si las hipótesis de Forley era correctas, era el frío mismo lo que mantendría a los dragones/humanos alejados de nosotros el tiempo suficiente como para huir sin que pudieran detectar nuestras esencias más adelante, ni espirituales ni físicas.

—¡Cascada enfrente! —alcancé a escuchar que Lórimer gritaba con premura desde la delantera, no para que nos detuviéramos (a esas alturas, era prácticamente imposible), sino para que nos preparáramos para la caída

—¡Pies arriba! ¡Rectos al descender! —ordené en beneficio de Andrés, ya que tanto el gemelo, Dem y yo sabíamos qué hacer en situaciones como éstas: tus piernas debían ir delante del resto de tu cuerpo en caso de toparte con alguna roca, y el caer con el cuerpo derecho te ayudaba a tener mayores probabilidades de no golpearte con alguna saliente o de lastimarte al momento de sumersión.

La buena fortuna nos sonrió, ya que el desplome fue sólo de un par de metros; todos volvimos a emerger en el mismo orden, mientras que la corriente seguía arrastrándonos con imparable fuerza. Los cuatro logramos detenernos en una serie de piedras justo antes de una catarata más, ésta más alta que la anterior (le calculé unos diez metros), pero al observar que las Místicas iban acercándose a la orilla, sabíamos que no nos quedaba otra opción que la de seguir saltando.

Mi mejor amigo fue el primero, seguido casi de inmediato por Dem. Andrés titubeaba a mi lado.

—¡Salta!

—¡Ya voy!

—¡Salta! —insistí con más potencia por sobre el sonido del agua, tan atronador que casi ensordecía—. ¡Toma impulso y salta!

—¡Que ya voy!

—¡Nos van a alcanzar, Andrés! ¡Y no sé qué tanto los detenga la temperatura del río!

—¿Tienes idea de lo ridículo que es que alguien que luce treinta años más joven que yo se la pase dándome órdenes? —fue su turno de gritarme.

—¿Tienes idea de lo ridículo que es que después de casi treinta años sigas actuando como un adolescente? ¡Ahora cállate y salta!

Andrés me miró como si quisiera matarme, pero por fin obedeció, tomando impulso con una pierna tras la otra para después brincar cascada abajo; fui capaz de ver como se golpeaba con un par de piedras salientes, pero aun así emergió pocos instantes después de sumergirse, por lo que era mi turno.

La corriente enardecida del río ya arrastraba a Lórimer y a Dem hacia la siguiente caída, la cual se visualizaba a unos cien metros de distancia más adelante, pero mi mejor amigo logró sostenerse de la raíz de un árbol cercano a la orilla, tomando a Dem del brazo, quien a su vez detuvo a Andrés, por lo que por fin salté yo también.

No sé si se debió al frío del agua, a la velocidad con la que éramos arrastrados o a el hecho de que el mismo río camuflaba nuestra presencia, pero después de cuatro saltos más, perdimos por fin a las dragones/humanas que iban tras nosotros, por lo que, en lugar de continuar con la corriente, nadamos con el mayor esfuerzo que nos fue posible hasta llegar a la orilla opuesta.

Emergimos casi a rastras, sin aliento, medio congelados y completamente empapados… Pero al menos nos habíamos deshecho de nuestros perseguidores, y ninguno había sido influenciado en el proceso.

—¿Se encuentran todos bien? —inquirió Dem tomando asiento en el suelo lodoso al mismo tiempo que nosotros.

Mi mejor amigo y yo asentimos, pero su hijo negó, levantándose el pantalón del lado derecho para mostrarnos una larga y profunda cortada en el costado exterior de su pantorrilla, la cual comenzaba a sangrar de forma obvia y copiosa ahora que nos encontrábamos fuera del agua.

—Maldición —murmuró su padre acercándose a él, para de inmediato comenzar a sanarlo—. ¿Portales a partir de ahora? —agregó dedicándonos una rápida mirada a Lórimer y a mí.

—Sí, por favor —fue mi cansada respuesta, poniéndome de pie del sitio en donde había descansado por unos instantes.

Pocos minutos después, en lo que Dem sanaba a Andrés, entre Lórimer y yo logramos abrir un portal que nos llevaría hacia un dominio llamado Floryan, que colindaba con el hogar de Matheo, lo más cerca posible de Talesca, pero también lo suficientemente lejos como para que los dragones no lograran detectarlo con facilidad.

Más sorpresas nos esperaban al arribar a la costa. Afortunadamente, se trataron de sorpresas agradables que ninguno de los cuatro nos imaginábamos.

 

Quiero experimentar.

            Dos simples palabras. Una frase. El significado más profundo del universo.

Sólo contigo… Sólo conmigo.

Cuatro simples palabras. Dos frase. El significado que transformaría por completo el rumbo de mi existencia.

Algo cambió entre ambos a partir del momento en que pronuncié aquello, y a partir de eso y durante nuestra caminata a lo largo de Floryan, las acciones y actitudes entre Lórimer y yo se vieron afectadas radicalmente, incluso a pesar de nuestro inesperado encuentro con Reim.

O tal vez gracias a ello…

El sentimiento de posesión que su mera existencia había despertado en mí se convertía ahora en el motivador perfecto para no permitir que Lórimer se despegara de mi lado más de la cuenta.

Y al carajo con las consecuencias.

Tuvimos que crear el portal alejado de los escudos que rodeaban la Costa de Talesca, ya que, en primera, no queríamos guiar a los Místicos directamente hacia el hogar de Govami; y en segunda, porque Dem nos había indicado que no quería asustar a quienes se encontraban ahí a causa de nuestra presencia, aunque algo me decía que Matheo ya estaba al tanto de nuestro inminente arribo.

Pero no es eso a lo que quería llegar.

Lo que de verdad me había tenido, contradictoriamente, en alerta y distraído al mismo tiempo durante nuestro recorrido (el cual nos ayudó a secarnos y a entrar en calor gracias al deslumbrante sol del atardecer y a la alta temperatura característica del área selvática), eran las maniobras que el gemelo y yo no dejábamos de hacer. Excitantes, clandestinas, sugestivas…

Y debo admitir que parte de la diversión era llevarlo a cabo sin que Andrés y Dem se dieran cuenta.

Varias veces descubrí a Lórimer dedicándome miradas que me decían que no podía esperar a estar a solas y quitarme el uniforme de encima; miradas que con seguridad yo le devolvía de igual manera.

Como si quisieras comértelo entero, y estuvieras dispuesto a aniquilar a quien sea que se interponga en tu camino hacia él, tal vez Reim no había estado tan errado en sus observaciones.

Al caminar, a propósito me acercaba a él más de lo necesario para así rozar el dorso de su mano con la mía, o los dedos, o incluso mantener mi brazo pegado al suyo por la mayor cantidad de tiempo posible antes de que Dem o Andrés nos interrumpieran con alguna pregunta o comentario, o tan sólo pidiéndonos que nos diéramos prisa, pues ya comenzaba a anochecer. Era entonces cuando, una vez que su atención volvía a desviarse de nosotros, el gemelo y yo nos sonreíamos con expresiones llenas de complicidad y expectación.

¿Y lo mejor de todo? Que al mismo tiempo en que esto sucedía, Lórimer y yo bromeábamos y charlábamos como antes, de manera relajada y con la confianza y comodidad que siempre había caracterizado a nuestra amistad. Era como tener de vuelta nuestra relación de siempre, pero ahora con beneficios… Beneficios que no podía esperar por “experimentar”, tal y como se lo había dicho a él.

—Tendremos que acampar antes de que oscurezca por completo —la afirmación de Dem fue capaz de arrancarnos de nuestros furtivos juegos previos, atrayendo nuestra atención al tiempo en que los cuatro nos deteníamos.

—Papá, estoy bien —articuló Andrés con una mueca que mezclaba dolor con determinación.

—¿Qué sucede? —fue Lórimer quien preguntó, arrugando el ceño al notar que algo no andaba del todo bien.

Habíamos estado tan ensimismados el uno con el otro que hasta ahora nos percatábamos de los claros signos de molestia física que presentaba el hijo de Dem.

—No alcancé a sanarlo por completo porque debíamos salir del bosque que rodea a Novatinus antes de que los Místicos nos alcanzaran. Tengo que terminar de reparar el corte, y creo que todos necesitamos un descanso.

—Pero Eridani…

—Se encuentra bien. Te lo aseguro —las palabras de Andrés fueron interrumpidas por su padre—. Sé con exactitud lo que sientes, créemelo —agregó con convicción—: es tu bebé y quieres llegar a ella, pero confío plenamente en Matheo y sé que la mantendrá a salvo hasta que lleguemos. El que ahora no está al cien por ciento eres tú, y aún nos faltan bastantes kilómetros, más escudos que sortear, para poder llegar hasta la casa de Govami.

Era entretenido ver a Dem actuando tan intrínsecamente paternal hacia un sujeto que lucía de su misma edad, aunque eso no quería decir que dejara de ser su hijo. Pero siendo honesto, eso no era el enfoque central de mi mente.

No.

Mi cerebro de inmediato fue asaltado por imágenes de tiendas de campaña diminutas, oscuridad, silencio y el gemelo junto a mí.

Su rostro giró hacia el mío al tiempo en que yo lo observé a él; una simple mirada y supe que Lórimer estaba pensando lo mismo que yo.

—Acampemos —exclamamos al unísono, sobresaltando a nuestros acompañantes, que aún había estado discutiendo acerca de descansar o continuar.

Tres contra uno.

Quince minutos más tarde la fogata ya ardía y las dos casas de campaña ya estaban erguidas. Creo que nunca en mi ida había alzado una tienda con tanta rapidez. Jamás hubiera imaginado que la lujuria fuera un estímulo tan efectivo.

Dem terminó de sanar a Andrés, cenamos juntos los alimentos que procuramos en Prismma Zeben y, después de crear escudos espirituales alrededor del claro en medio de la selva de Floryan en donde nos habíamos asentado, Andrés se fue a acostar, su padre se ofreció a tomar la primera guardia, y Lórimer y yo ingresamos al pequeño espacio de la casa de campaña en completo silencio, ambos con la expectación a flor de piel.

Podía percibir su nerviosismo alimentar al mío, sintiendo la boca seca, las palmas húmedas y el corazón desbocado… y eso que ni siquiera nos estábamos mirando.

Carraspeé sin observarlo.

—Dame… ahm… dame unos minutos —dije concentrando mi energía espiritual para luego comenzar a recubrir con ella la tienda, creando una efímera capa que prevendría que sonidos e imágenes se pudieran percibir desde el exterior. Era un escudo similar al que protegía a la cabaña de mi hermano, truco que Dem me había enseñado durante nuestro tiempo como maestro y aprendiz, sólo que un poco más específico y estable y mucho más difícil de detectar.

—¡Vaya! Dem de verdad fue muy buen Dómine —articuló el gemelo con admiración, obviamente sorprendido por mi salvaguardia.

Sus palabras me tensaron sin remedio, girando el rostro hacia el lado opuesto para ocultar mi reacción llena de vergüenza. Debí haber adivinado que aquello no funcionaría: ese hombre me conocía mejor que nadie.

—¿Qué sucede? —inquirió.

—Nada. Estoy bien.

—No te ves bien.

—¡Pues entonces deja de mirarme! —espeté usando mi ácido temperamento para esconder mi incomodidad.

De nuevo, aquello no funcionó.

—Varzzen —mi apellido pronunciado con su voz, con ese tono tan ronco y preocupado, logró que mi fingido enojo se desintegrara y que mis ojos por fin no resistieran la tentación de verlo.

—Arématis también fue muy buen Dómine —murmuré con más aspereza de lo que hubiera deseado, observando y sintiendo como el cuerpo de Lórimer se tensaba, sentado a mi lado de repente por completo inmóvil.

¡Carajo! ¿En qué momento nuestro primer “experimento semi-planeado” se transformó a la invasión del recuerdo de un enemigo que casi logró destruir todas nuestras vidas?

Un enemigo al que yo había ayudado a estar a punto de triunfar, por cierto…

—Belyan… —el gemelo detuvo sus palabras después de mi nombre, como si no supiera que más agregar, pero su brazo ascendió hasta cerrarse tras mi cuello, presionando con sus dedos como si quisiera aliviar el estrés que se había apoderado de mis músculos en unos pocos segundos—. Sabes ya lo que opino de este tema —agregó al fin, sin separar su mano de mí—; sabes que tengo la completa seguridad de que nada de lo sucedido fue tu culpa, de que no eres responsable de lo que hiciste o no hiciste cuando él era dueño de tu alma.

—No lo conoces todo, Lórimer. No sabes…

—Y no me importa. No necesito que me lo cuentes todo —me interrumpió—. Te conozco, Varzzen, y ese desalmado no eras tú.

Tragué saliva con dificultad, sintiendo un nudo en la garganta del que necesitaba deshacerme pronto.

—Desearía estar tan seguro como tú —fue lo único que se me ocurrió responderle.

Me dedicó una sonrisa que durante unos instantes no logré interpretar, no hasta que su mano se movió a través de la piel de mi nuca y mi cuello, y con su pulgar fue lentamente delineando la cicatriz vertical del lado izquierdo de mi rostro, al tiempo en que comenzó a acercarse a mí mientras que volvía a hablar:

—Entonces supongo que tendré que buscar formas de convencerte —murmuró con mis labios ya contra los suyos, justo antes de besarme.

 

 

Lórimer

 

Bien, haríamos esto.

“Experimentar”

Aún no sabía si estaba feliz o si me odiaba a mí mismo por haberlo propuesto, de lo único que estaba seguro era de que, ya que habíamos hablado al respecto, no iba a desperdiciar la oportunidad de más cercanía con Belyan, ahora que la culpabilidad había disminuido.

Todavía existía algo de incertidumbre, por el hecho de que mi mejor amigo por fin entrara en razón y se diera cuenta de que el cuerpo que estaba compartiendo era el de otro hombre, pero por el momento, mi libido era más potente que mi raciocinio, así que pensaría en ello más tarde.

Mucho más tarde…

Por el momento en lo único que me concentraría era en el beso, que despacio iba cobrando calor, intensidad, pero sin convertirse en una caricia rápida o desesperada, como si nuestra pasión no deseara ser consumida tan aprisa, sino a fuego lento.

Enajenantemente lento.

—¿Qué quieres hacer? —pregunté unos instantes después contra sus labios, siéndome imposible detener a mi lengua de que siguiera atravesándolos, recorriéndolos.

—¿A qué te refieres? —murmuró tan enfocado en el beso como yo.

—Éste es tu experimento, Belyan. Estoy en tus manos —mi última afirmación atrajo una atrevida sonrisa a su simétrico y casi perfecto rostro.

—Eso suena prometedor —dijo antes de reanudar el beso, forzándome con su peso a recostarme sobre las mantas de la casa de campaña, para luego comenzar a recorrer mi pecho y abdomen con sus dedos, deshaciéndose de botón por botón con la misma calma con la que me besaba, como si contáramos con todo el tiempo del infinito.

El problema fue que, a pesar de la fiebre del momento, en el instante en que mi camisa y chaleco se encontraron abiertos, mis incertidumbres de los últimos días regresaron una vez más: las manos de Belyan se toparían con la dureza de otro hombre, no con las suaves curvas de una mujer, por lo que aquel irracional temor me obligó a manipular nuestros cuerpos de forma en que yo volví a quedar sobre él, al igual que la noche previa, haciéndome del control de la situación de nueva cuenta.

Fue mi turno de deshacerme de sus prendas superiores, utilizando boca, labios, lengua, manos y dedos para mantenerlo distraído, para mantenerlo atento a sus propias sensaciones y que así continuara ignorando mi maldita batalla interior.

Debí de haber sabido que aquello no funcionaría por mucho tiempo más. Mi mejor amigo podría estar más excitado que nunca, pero tampoco era idiota, y esta vez sí fue capaz de darse cuenta de mi maniobra, al instante en que cerré mis puños alrededor de sus muñecas.

Alejó de golpe su rostro del mío y me dedicó una feroz mirada.

—¡Con un carajo, Lórimer! ¿Por qué nunca me dejas que te toque?

Me atraganté con un suspiro que no dejé escapar, observando esos ojos azules tan claros que a veces lucían casi blancos.

—Belyan, yo…

—¿Tú, qué? —insistió ante mi titubeo.

Tuve que cerrar los párpados: no viéndolo sería la única manera de encontrar el valor para poder contestar con la verdad.

—Me da miedo que te arrepientas. Que al sentirme te des cuenta de que en realidad no me deseas.

Abrí los ojos con un sobresalto cuando ahora fue él quien enredó su puño alrededor de mi brazo derecho, haciendo descender nuestras manos hasta que la mía se cerró alrededor de su prominente erección. Mi mirada asombrada no podía despegarse de la de él, y aún menos cuando con su brazo fue guiando los movimientos de mi palma acariciando su sensible piel, subiendo y bajando con un ritmo que le iba perfecto al instante que estábamos experimentando.

—La última vez que hice esto yo sólo, en el único que pensé fue en ti. Me vine con tu imagen en mi mente, tras mis párpados, abarcando todo mi interior… Siénteme tú a mí, Lórimer, y dime si en realidad crees que no te deseo. A ti y a todo lo que representas.

Fue como si la combinación de sus palabras y sus acciones, más el retrato de sí mismo que había plantado en mi mente, rompieran una barrera en mi alma, como si las compuertas se abrieran y ya nada más importaba más que él, yo y el placer.

—Eres… eres…

—¿Atractivo? ¿Talentoso? ¿Genial? —agregó al ver que yo no completaba la frase.

Sonreí.

—Peligroso.

Correspondió mi gesto.

—No tienes idea de cuánto —dijo antes de besarme otra vez, haciendo uso de su fuerza física para movernos de nuevo, y ahora sí con desesperación, ambos deshaciéndonos de los ropajes del otro, hasta que por primera vez nos encontramos completamente desnudos al mismo tiempo, juntos.

Fue cuando sus labios comenzaron a descender a través de mi cuerpo que me percaté de lo que se proponía, perdiendo el aliento al mismo instante en que sentí su respiración sobre mí.

—Vas a tener que ser paciente, Kabarlee, porque no tengo ni la más puta idea de lo que estoy haciendo —su voz sonaba entre agitada, divertida y nerviosa, por lo que me hizo sonreír de nueva cuenta.

—Sólo déjate llevar. Piensa en lo que a ti te gusta y haz eso, no hay manera de que te equivoques —le aseguré para intentar calmar sus temores de la forma en que él lo había hecho con los míos.

Aunque obviamente, todo pensamiento racional abandonó mi cabeza al instante en que su boca por fin me rodeó.

Ese lugar, ese momento, esas acciones. Pocas cosas en toda mi vida llegarían a ser igual de sublimes.

Creo que fue por eso que todo mi control se evaporó al instante en que Belyan instigó una Fluidez, sin detener sus movimientos, el vaivén de su respiración, sus caricias, sin dejar de otorgarme uno de los instantes carnales más explosivos de mi existencia entera. Siempre me había enorgullecido de mi resistencia, pero ésta desapareció en tan pocos minutos, que de no ser por el entusiasmo de mi mejor amigo, me habría sentido verdaderamente avergonzado.

—¿Qué tal? —murmuró sin aliento una vez que hubo terminado, con una sonrisa de autosuficiencia bien plantada en el rostro.

Una sonrisa que me hizo caer todavía más bajo su poderoso hechizo.

—Suerte de principiante.

Soltó una breve carcajada.

—¿Ah, sí? ¿Crees que puedas hacerlo mejor?

Mi respuesta fue lanzarme hacia él. Era mi turno.

Al terminar, mi ego quedó bien alimentado, puesto que él se vino mucho más rápido que yo. El alumno aún no superaba al maestro.

Pero lo mejor de todo, por increíble que suene, fue abrazarlo al terminar, sentir su piel sudada contra la mía, sin restricciones ni barreras, percibir los latidos de su corazón a la par del mío y darme cuenta de cómo el sueño nos tomaba prisioneros a los dos al mismo tiempo, entrelazados uno al otro.

 

 

Creí que la mañana siguiente traería consigo incomodidad después del primer experimento de la noche anterior, pero no podría haber estado más lejos de la verdad.

Belyan despertó sonriente y con un buen humor contagioso que no le había visto en años, por lo que me di el lujo de relajarme y bromear con él como siempre lo habíamos hecho, mientras levantábamos el campamento y durante el desayuno.

Después de aquello, los cuatro avanzamos los pocos kilómetros que nos faltaban para llegar a Talesca, en donde nos topamos con los escudos espirituales que sorteaban el dominio, pero que no nos fue tan difícil atravesar, ya que no nos reconocían como una amenaza.

Pasaba del medio día cuando por fin arribamos a la costa, en donde de inmediato logramos ver a Max, a Matheo, a la que me suponía que era la hermosa hija de Renata y Andrés, y a un pequeño niño de unos nueve años de edad, que tenía exactamente los mismos ojos grises de Govami.

Exactamente los mismos.

Sólo Contigo… Sólo Conmigo…

 

Lórimer

 

Cientos… miles de veces.

Había perdido ya la cuenta de todas las ocasiones en que había despertado junto a Belyan.

Pero esa mañana había sido completamente distinta a las demás. Esa mañana no sólo había despertado junto a él, sino enredado en él. En algún punto durante la noche, y después de lo sucedido entre nosotros, ya sea su cuerpo, el mío o ambos habían encontrado la manera de terminar entrelazados el uno con el otro.

Abrir los ojos y ver su rostro frente al mío, tan cerca que sentía su respiración sobre mi piel, fue una de las experiencias más irreales de mi vida entera. Y de las más aterradoras.

No supe qué hacer, por lo que opté por huir.

Y eso fue lo que hice durante el transcurso del día, ocultándome tras el silencio y tras mis pensamientos, mientras que Belyan, Dem y yo viajábamos a paso rápido los pocos kilómetros que nos restaban para llegar a Prismma Zeben.

Estaba lloviendo, había comenzado en la madrugada y seguía sin detenerse, lo cual agradecí: el agua que caía a cántaros sobre nosotros me ayudaba con mi cometido de permanecer callado y evitar a toda costa el cruzar ya fuera mirada o palabra con Belyan.

Cobarde, lo sé.

Pero ¿qué más podía hacer?

Iban ya tres veces en las que permitía que mis sentimientos por él se atravesaran en el camino de mi raciocinio, y lo cierto era que temía mucho el momento en que mi mejor amigo finalmente cayera en la cuenta de que era yo a quien había besado, yo a quien había acariciado, yo quien era dueño ya de dos de sus orgasmos, así como él había sido dueño de los míos por más tiempo de lo que Belyan podía imaginarse.

Yo.

Otro hombre.

Alguien que nada tenía que ver con Vereny, quien todos sabíamos, había sido el amor de su alma.

Una mujer.

Nada más opuesto a mí que ello; ya era momento de que comenzara a tomar responsabilidad de mis actos y dejara de abusar de lo que estaba sucediendo… Aunque siendo sinceros, Belyan también parecía estar abusando de la situación, de mis sentimientos…

¡Maldición! Era todo ya tan complicado que no encontraba manera de volver a la normalidad.

Por fortuna, encontrar a Andrés sirvió de nueva distracción. No fue difícil dar con él una vez que llegamos al pueblo, lo cual ayudó a que mi mente volviera a todos esos temas que habían rondado en ella durante las últimas horas, concentrándonos los tres en poner al hombre al tanto de lo que había sucedido hasta ahora, al menos de lo que sabíamos.

Fue después de ello que aquel pretexto no me sirvió más, ya que el hijo de Dem nos pidió unos momentos a solas para poder hablar con su padre, así que Belyan y yo nos alejamos a las afueras de Prismma Zeben a aguardar por ellos, ya que dudábamos que ninguno de los dos deseara perder mucho tiempo antes de ir en busca de Eridani,

Por suerte, en el camino hacia acá nos había dado alcance un pájaro enviado por Vanessa, quien le avisó a Dem que la chica del Dominio Exterior ya se encontraba sana y salva, por el momento, en la Costa de Talesca, puesto que el viaje hacia Abadiy Vintro sería letal sin poder usar portales, por lo que por ahora Govami no deseaba moverla.

No sabíamos más detalles fuera de su bienestar, pero eso no quería decir que su padre y su abuelo no estuvieran desesperados por llegar a ella.

—¿Cómo crees que Matheo logró transportar a Eridani desde Aether hasta Talesca sin portales? —fue lo primero que me Belyan me dijo aquel día, sobresaltándome sin querer ante el ronco sonido de su voz.

No sé por qué, pero el simple hecho de que hablara me provocó una ira que no fui capaz de controlar.

—No lo sé, Belyan. De la misma manera en que no sé qué mierdas está sucediendo con nosotros, cuando de día pretendes que todo es normal, pero de noche me ruegas que no me detenga cada vez que te tengo cerca.

Fue mi turno de sobresaltarlo a él, quien ante mis palabras, de inmediato me dedicó una mirada entre sorprendida y asustada, al tiempo en que los músculos de su cuello se tensaban mientras tragaba saliva con dificultad, en un claro signo de nerviosismo.

—Lórimer, yo…

—No —lo interrumpí, algo que generalmente no hacía, pero mi paciencia se iba acabando—. Entiendo que estés confundido. Entiendo que hay un vínculo entre nosotros que es difícil de comprender, de explicar. Entiendo que desde Vereny las cosas cambiaron para ti, pero esto no puede seguir así. ¿Quieres continuar experimentando? ¡Experimentemos! Pero también tienes que saber que significas mucho para mí, Belyan, y que mis sentimientos están involucrados, me guste o no. Así que es ahora cuando necesito una respuesta, para saber si debo resguardar lo que siento o si quieres ver a dónde nos va a llevar esto. Se acabó el estar a medias, suficiente de indecisiones. No estoy esperando declaraciones de amor eterno, ni que tengas todas las respuestas en un segundo, porque la vida no funciona así; lo único que te pido es la verdad; porque así como yo ya no quiero la culpabilidad de pensar que me estoy aprovechando de ti y de tu excitación o tu soledad, tampoco quiero la furia que me provoca el pensar que mi mejor amigo se está aprovechando de mis emociones.

Sus clarísimos ojos azules me observaban asombrados, sus labios semiabiertos, su rostro anguloso y con esa barba ligera de un par de días totalmente solidificados.

Tal vez había cruzado una línea, pero después de nuestros intensos encuentros de las últimas noches, era claro que ya no había marcha atrás.

—¿Eso es lo que estoy haciendo? —murmuró con un tono que no le había escuchado en mucho tiempo, un tono lleno de remordimiento, el cual se reflejó en su mirada de forma tan potente que la sentí como si me hubiera golpeado en el centro del pecho, arrancándome la respiración—. ¿Aprovechándome de ti?

Carajo. Hacerlo sentir esto no había sido mi intensión.

—No… Yo… —meneé la cabeza, intentado esclarecer mis ideas—. Es sólo que no sé qué es lo que estamos haciendo, Belyan. No sé qué es lo que esperas de lo que está sucediendo. No quiero que ninguno de los dos se arrepienta de lo que hacemos, y mucho menos quiero perder tu presencia en mi vida, así que necesito que aclaremos lo que está pasando. ¿Estás experimentando? ¿Necesitas satisfacer tu curiosidad? Porque no me estoy negando, pero tienes que ser claro al respecto… ¿O quieres algo que…

—¿Listos? —la voz de Dem interrumpió mis palabras, haciéndonos girar a los dos como si hubiéramos sido descubiertos cometiendo algún innombrable crimen, en lugar de teniendo una simple conversación.

Está bien, tal vez la conversación no tenía nada de simple, pero tampoco estábamos haciendo algo malo.

—Listos —articulé después de más segundos de los que había creído, ya que Dem y Andrés, que por el momento parecían más hermanos gemelos que padre e hijo, nos observaban con frentes arrugadas y expresiones de confusión.

—¿Talesca? —mencionó Belyan nuestro próximo destino, en un intento por distraer a ambos hombres, lo cual funcionó.

—Ahm… No —contestó Dem, ahora siendo mi mejor amigo y yo quienes portamos el desconcierto en el rostro—. Andrés quiere ir a Novatinus primero. Desea investigar la manera de…

—Usar un portal para sacar a su hija de aquí —completé por él, comprendiendo la premura de Andrés: los Dominios del Ónix Negro le habían arrebatado a su madre, y era en donde, de cierta manera, había perdido también a su padre y a Vanessa; era obvio que no deseara dejar a Eridani aquí también—. Las cosas siguen estando un poco tensas con la Congregación, Dem; pero podríamos desviarnos hacia Besttele.

—¿Besttele? —inquirió Andrés desconcertado; asentí: a pesar de que los tres, Belyan, Dem y yo, sabíamos que probablemente no serviría de mucho, no perderíamos nada más que unas cuantas horas en esto, y estando Eridani a salvo con Matheo, bien podíamos proporcionarle un poco de paz mental a su padre.

—Es una pequeña ciudad a unos diez kilómetros de la Región de Novatinus, por lo que la mayoría de sus habitantes son cerrajeros. La misma información que podríamos obtener de su cuartel, la averiguaremos ahí, y sin ser tan obvios.

Así que Dem le envió a Vanessa un ave para avisarle de nuestros planes y entonces nos movilizamos.

El trayecto no era tan largo a pie, y como aún temíamos hacer uso de portales innecesarios, adquirimos suministros en Prismma Zeben, y en poco tiempo ya nos encontrábamos de camino.

Aunque creo que es momento de confesar que no tengo idea de qué fue lo que guardé en mi morral, del instante exacto en que dejamos el pueblo atrás, de las cosas que me rodeaban o de nada en particular. De nada más que Belyan.

La charla interrumpida no dejaba de rondar en mi mente, y su reacción a ella aún menos. Pocas veces me arrepentía de cosas así a causa de mi personalidad, de siempre pensar antes de actuar, pero mi mejor amigo se estaba encargando de aniquilar todo sentido de razonamiento ante la manera en que estaba actuando conmigo, ante las cosas que me hacía sentir con su simple presencia.

No tenía idea de si había hecho lo correcto o no al poner las cartas sobre la mesa de tal forma, pero lo que sí sabía era que las cosas no podían seguir así sin que clarificáramos lo sucedido. No iba a continuar sintiéndome culpable, pero tampoco iba a negar que había disfrutado enormemente de cada uno de nuestros encuentros, así que no me quedaba de otra más que aceptar las consecuencias de todo lo que le había expuesto antes de partir.

Padre e hijo avanzaban delante de nosotros a paso rápido, lo cual nos dejó a Belyan y a mí en la retaguardia en medio de un incómodo silencio que duró largos minutos, hasta que sin razón alguna mi mejor amigo se acercó mucho a mi costado, su hombro prácticamente pegado con el mío, para luego inclinar su cabeza hacia mi oído y hablar en voz muy baja.

—Quiero experimentar —mi cuerpo entero se tensó ante sus palabras, haciéndome trastabillar de tal manera que Belyan tuvo que alzar una mano para sostenerme del brazo antes de que cayera directo al suelo.

Nos detuvimos, yo observándolo con el mismo asombro que él me había dedicado antes, mientras que en su rostro iba formándose una leve aunque traviesa sonrisa.

—¿Quieres experimentar? —pregunté como si necesitara confirmación, a pesar de haberlo escuchado perfectamente.

Asintió. La mano que aún me sostenía del antebrazo fue bajando lentamente hasta que su meñique se enganchó con el mío; no entiendo por qué, pero aquella caricia me pareció más íntima que muchas de las cosas que habíamos compartido en las últimas noches.

—Sí… Pero sólo contigo.

Tragué saliva con mucha dificultad, movimiento que atrajo sus ojos a mi cuello, con una mirada tan intensa que casi la sentí físicamente.

—¿De acuerdo? —presionó con tono ronco, algo titubeante.

—De acuerdo —murmuré de igual forma.

Belyan volteó el rostro hacia los sujetos que continuaban avanzando frente a nosotros, los cuales ya se encontraban bastante alejados; estaba por preguntarle qué esperaba para que nos movilizáramos cuando su cuerpo entero giró de nueva cuenta hacia mí y, sin aviso, sin esperármelo, sin advertencia, se inclinó hasta que sus labios se unieron a los míos, dedicándome un beso lleno de contradicciones: suave pero desesperado, rápido pero intenso, delicado pero carnal, acariciando mi lengua con la suya y respirando mis acelerados alientos, mientras que mi corazón comenzaba a latir más rápido de lo que jamás lo había hecho.

Se separó de mí con una sonrisa perfecta: una expresión que no había visto nunca, sólo mía y de nadie más, arrancándome el aliento con ello de forma más aguda que con el anterior beso; sin agregar más, deshizo nuestro contacto, por lo que finalmente proseguimos avanzando hasta dar alcance a Dem y a Andrés, acercándonos cada vez más a Besttele.

Mi mente habría seguido dándole vueltas al beso y a la charla de no ser por lo que me topé al llegar.

Con quien me topé al llegar…

 

 

Besttele es una ciudad sencilla y no muy grande; nada ostentosa y más bien funcional, reflejando perfectamente las características que definen a la mayoría de los cerrajeros. Chozas, calles y establecimientos ordenados y bien construidos, ganado y sembradíos a las orillas con cuidados y precisión exactas, gente yendo y viniendo de manera civilizada y tranquila.

De repente recordé por qué me agradaba aquel lugar.

Cuando mi cuerpo chocó contra Reim, avanzando por una de las banquetas, fue que recordé por quién me agradaba aquel lugar.

El problema ahora era que este encuentro no podría haber sido más inoportuno de haberlo planeado así.

—¿Lórimer? —su voz y su mirada reflejaron de inmediato el mismo asombro que yo, sólo que él pareció recuperarse más pronto, apareciendo en su rostro una mueca insolente y divertida que dominaba no nada más sus facciones, sino su personalidad entera; ni siquiera me permitió responder: un segundo lo observaba con la adrenalina explotando en mi sistema y al siguiente ya sentía como sus brazos se cerraban a mi alrededor, palmeando mi espalda con efusividad y genuina alegría—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué ha sido de ti? ¡Hace más de medio siglo que no te veo, cabrón! —agregó alejándose y por fin dejándome ir, pero sin despegar su contenta vista de mí.

Reim Dahast, Cerrajero de Tercer Grado, uno de los pocos amigos que mi gemela había hecho en su vida, ya que había crecido en el mismo pueblo que nosotros y ambos siempre habían tenido un sentido del humor sarcástico muy similar, y porque habíamos estudiado juntos antes de que ella y yo nos se decidiéramos por la preparación de paladín, lo cual nos separó, enviándonos a nosotros a Morarye mientras él comenzaba su carrera en Novatinus. Rubio, con la nariz un poco desviada a causa de pleitos de juventud y de heridas jamás sanadas con propiedad (a causa de una niñez turbia), de ojos azules, la sonrisa más traviesa de este universo, un cuerpo bien formado a pesar de ser una cabeza más bajo que yo… y el primer hombre del que me enamoré en mi vida.

Tenía que encontrar mi voz y tenía que encontrarla ya, a pesar de los miles y miles de recuerdos que asaltaban a mi mente de golpe y sin misericordia alguna. Buenos, malos, espléndidos. Ese sujeto había sido un catalizador en mi existencia, seduciéndome en nuestra adolescencia hasta hacerme verme a mí mismo, hasta prácticamente forzarme a aceptarme a mí mismo. Le debía mucho y jamás perdería el cariño que sentía hacia él… Pero tenerlo frente a mí en ese momento, lo repito, no podría haber sido más inoportuno.

Por fortuna, una idea se encendió en mi cerebro en ese instante, por lo que la aproveché con premura.

—Nada me daría más gusto que ponernos al corriente, Reim, pero en este momento requerimos de tu ayuda —le dije seriamente, por lo que la expresión jovial fue suplida por un fruncimiento de ceño.

—¿Qué necesitas? —sin titubeos, sin incertidumbre, sin dudas. Tal vez el cariño y la confianza que guardaba por ese hombre era reciproco, a pesar del tiempo y la distancia que nos habían separado.

Lo presenté rápidamente con los demás, y en cuanto hubo oportunidad, nos removí de la mitad de la acera para hablar así con mayor libertad con Reim. Le expliqué con pocas palabras que buscábamos al cerrajero de más alto rango que hubiera en Besttele, ya que Dem y Andrés necesitaban con urgencia hacerle unas preguntas, y por el momento no teníamos ni el tiempo (ni la inclinación¸ pensé, más no lo dije) de llegar hasta el cuartel de la Región de Novatinus.

Reim se dedicó a asentir y a mirar de uno a uno a mis acompañantes durante todo el transcurso de mi narración, y para cuando finalicé, ya nos guiaba hacia una pequeña tienda especializada en papiros, tintas y demás aditamentos de escritura.

—Éste es el local de Olivier Devon. Es el cerrajero más viejo de la localidad, el de mayor rango, y también de los mejores… Sólo que es un poco extraño y cascarrabias, así que creo que sería recomendable que nada más entraran ustedes dos —finalizó señalando a padre e hijo.

Pero a mí no me engañaba tan fácilmente: casi nadie lo sabía, pero Reim Dahast contaba con una manera de entrecerrar los ojos de forma casi imperceptible cuando mentía.

—¿Es un poco extraño y cascarrabias? —repetí sus palabras en forma de pregunta, alzando una ceja que le arrancó una leve risa.

—Olvidaba que estaba hablando contigo —murmuró con una media sonrisa—. Lo es… pero también creo que será contraproducente que los vea llegar conmigo, porque aún le debo dos barriles de cerveza a cambio de ciertos productos.

—Eso suena más a ti —le dije divertido, ignorando que su siguiente propuesta me arrancaría la tranquilidad recién obtenida.

—Tú, tu amigo y yo podemos esperar en mi casa. Es la antepenúltima al final de esta calle. Les invito un trago en lo que aguardan.

Me tensé de inmediato.

¿Belyan, Reim y yo ocupando el mismo espacio cerrado? No era algo que me apeteciera endurar, y menos con los nervios a flor de piel que ya traía, a causa de la presencia de mi primer amante frente a mí, mientras que el que deseaba que fuera el próximo continuaba de pie y callado a mi lado.

Lo que terminó por agravar mi estado de estrés fue que tanto Belyan como Dem y Andrés estuvieron de acuerdo con el plan.

Nos separamos sin que yo agregara nada, puesto que no deseaba hacer obvia mi inesperada turbación.

—Entonces los chismes son ciertos, ¿o no? —articuló Reim mientras avanzábamos hacia su hogar, él a mi lado con mi mejor amigo caminando un par de pasos tras nosotros en completo silencio.

De hecho, sin entender el por qué, desde que expuse la mentira de Reim y él hizo su confesión de la cerveza, el cuerpo de Belyan se había tensado sin razón comprensible, manteniéndose callado y distante a pesar de la charla que habíamos tenido apenas esa mañana.

¿Estaría echándose para atrás? ¿Arrepintiéndose de sus palabras, de su aceptación a experimentar? Porque debo aceptar que, a pesar de mis propias advertencias, la perspectiva me había emocionado más de la cuenta.

—¿Cuáles chismes? —pregunté ocultando mi desazón, y aún más por los sitios a los que mi mente me había llevado.

—Ya sabes: Morarye, los Místicos, el ataque, la histeria masiva que comienza a formarse. Según he oído, Novatinus por el momento es un hervidero de adalides, cerrajeros y aspirantes vueltos locos ante la ausencia de noticias y la impotencia de no saber qué hacer.

Suspiré con algo de culpabilidad por el alivio que sentí al escuchar las habladurías a las que se refería, girando un poco el rostro hasta ver subrepticiamente a Belyan, el cual también lucía esa combinación de remordimiento/alivio, asintiendo una sola vez, como dándome su apoyo si yo deseaba sincerarme con Reim.

—Todo es verdad —murmuré al atravesar el angosto camino de piedras que atravesaba el jardín de la casa del hombre, llegando hasta la puerta que abrió sin necesidad de llave alguna, para luego cedernos el paso y entrar tras nosotros, guiándonos a la cocina en donde, con un movimiento de cabeza, nos invitó a tomar asiento alrededor de la mesa redonda junto a la ventana posterior.

Reim nos entregó unas toallas para secarnos un poco y luego sirvió tres tarros de cerveza de un barril que dominaba gran parte de una esquina, y en cuanto los colocó frente a nosotros, se sentó en la silla de en medio, que Belyan y yo habíamos dejado vacía en acuerdo tácito, como si de alguna manera tuviéramos que disimular incluso nuestra cercanía. No supe si aquello llamó o no la atención del cerrajero, porque no hizo ni mueca ni comentario al respecto.

—Mmmh, sigues teniendo el toque —alabé su talento una vez del primer trago a la bebida.

Reim me sonrió; Belyan juntó las cejas.

—¿El toque? —fue éste último quien preguntó.

—Me dedico a cultivar cebada y a hacer cerveza —aclaró mi viejo amigo, haciendo referencia a su ocupación aparte de cerrajero.

Belyan torció el gesto, pero no agregó nada, bebiendo el líquido ambarino en completo silencio y con una bizarra emoción proviniendo de él, una que nunca antes le había sentido, y que por ello me fue imposible de identificar.

Y aquella energía desconocida pareció hacer implosión al instante en que la mano de Reim se cerró sobre mi brazo con la familiaridad que antes nos había caracterizado, atrayendo mi atención hacia su maliciosa sonrisa y su traviesa mirada, para luego preguntarme:

—Bueno, y a parte de volverte cada día más atractivo, ¿qué hay de nuevo?

 

 

Belyan

 

Mi primera reacción fue tensarme y contener un salto, que lo único que habría logrado habría sido exponernos a Lórimer y a mí, puesto que todos mis instintos me gritaban que tomara la mano con la que el imbécil del cerrajero tocaba a mi mejor amigo y romperle cada uno de los dedos.

Carraspeé con el fin de ocultar mis reflejos, removiéndome en mi asiento y dándole otro trago a una de las mejores cervezas que había bebido en mi vida… claro que antes muerto que admitirlo frente a Reim.

¿Quién carajos se creía que era?

No. La pregunta correcta en realidad era: ¿quién carajos era para Lórimer?

Durante todas las décadas que tenía de conocerlo, jamás le había descubierto a alguna pareja o un amante, a pesar de que sabía que mi mejor amigo no era ningún santo, lo que sí lo distinguía era su impecable discreción, así que sea lo que fuera que Reim significara para él, tenía que ser más profundo que algo casual.

Esa sensación desconocida e incómoda volvió a explotar en mi pecho sin que lograra detenerla a tiempo, atrayendo la mirada del gemelo por un segundo, antes de que le contestara al cerrajero.

—¿Conmigo? Nada nuevo en realidad —fue su respuesta, al instante en que se acomodaba contra el respaldo de la silla, deshaciéndose así del contacto físico que lo había unido a Reim.

Deje salir una exhalación que no había sido consciente de haber estado conteniendo.

El sujeto expuso una sonrisa que, de no ser tan socarrona, podría haber encontrado contagiosa, dedicándome un rápido vistazo antes de regresar su atención a Lórimer.

—Bromeas, ¿cierto?… ¿La guerra contra Arématis? ¿Lyli conectada con la Elegida? ¿Luego uniéndose con el hermano del nuevo Magistrado?… ¿Quieres decir que todo eso le ha pasado a tu gemela y contigo no hay ninguna novedad? —su tono era suspicaz, pero Lórimer encogió un hombro y le dedicó una sonrisa algo condescendiente.

—Ya lo sabes. Lylibeth siempre fue la de la vida interesante.

—Y lo que también sé es que ese exterior callado y sensato jamás me ha engañado por completo, Kabarlee —agregó Reim con un brillo astuto en sus ojos.

—¿Y ustedes cómo se conocieron? —intervine con tal de deshacerme de la manera en que la atención estaba anclada del uno hacia el otro.

Hacía tiempo que debí de haber aprendido a no hacer preguntas cuando la verdad era que no deseaba saber las respuestas.

Logré mi cometido, los ojos de ambos hombres se postraron en mí… sólo que mi victoria fue corta, pues fue entonces que Dahast contestó:

—¿Lórimer nunca te lo contó? Fui yo quien le quitó la virginidad.

—¡Reim! —el grito de Lórimer fue opacado por toda la cerveza que escupí sin querer, habiendo tomado un trago en el peor de los momentos.

—¿Qué? —exclamamos el cerrajero y yo al unísono, sólo que con tonos muy diferentes: el de él, divertido; el mío, rayando en la cólera.

—¿Acaso no es tu mejor amigo? —agregó Reim señalándome antes de que yo pudiera agregar más—. ¿No sabe de tus preferencias sexuales?

—Lo es y lo sabe, pero esas cosas no se dicen así… De hecho, no se dicen, punto. ¡Ni siquiera fue la manera en que nos conocimos! Podría malinterpretar todo.

El gesto alegre del cerrajero tan sólo se amplió.

—Está bien, está bien… Nos conocimos desde pequeños, me hice amigo de tu hermana gemela porque me divertía con ella pero también porque en realidad me fascinabas, y era la manera más sencilla de estar cerca de ti, ya que tú siempre fuiste tan serio y tan responsable y tan propio. Llegando a la adolescencia descubrí que me gustan los hombres; y por mucho que te aferrabas en ocultarlo, lo descubrí de ti también. Pasé meses intentando seducirte hasta que finalmente sucumbiste, y en la parte alta de las caballerizas de tu hogar, tú me…

—¡Basta! —gritó mi mejor amigo de nuevo, pero ahora con una extraña mezcla de molestia, diversión y añoranza que me resultó desconocida, ya que a pesar de sentir su enojo, también era capaz de ver la pequeñísima sonrisa que hacia hasta lo imposible por retener tras su boca.

Lo que a mí me sería casi imposible de retener eran las asfixiantes ansias de partirle la cara al estúpido cerrajero de una buena vez. Y lo peor del caso era que Reim parecía estarme leyendo la mente, pues su alegría iba creciendo a la par de mi ira, casi como si cada una de sus palabras y sus acciones estuvieran siendo diseñadas para hacerme explotar de alguna manera u otra.

—¿Podríamos cambiar de tema? —agregó Lórimer sin mayor preámbulo, a lo que Reim rio un poco.

—¡Hey! Tú eres el que sigue sin contestar mi pregunta inicial, ¿no es cierto? —su última frase fue dirigida a mí, como si buscara mi confirmación, pero al igual que mi mejor amigo, yo tampoco respondí, mordiendo mi labio inferior para frenar los insultos que rogaban por salir de mi interior.

Agradezco que Lórimer siempre haya sido más maduro que yo, aprovechando la oportunidad para por fin poner al cerrajero al corriente de los sucesos más sobresalientes, tanto de su vida como de lo ocurrido con los Místicos en Morarye, obviamente dejando fuera lo que en esos días había estado surgiendo entre nosotros.

Aún no sé si aquella omisión me hizo sentir tranquilo o más furioso todavía, por lo que me concentré en terminarme la maldita y deliciosa cerveza mientras que los escuchaba hablar.

Después de eso pasaron a tópicos más seguros, como la familia del cerrajero: tenía una hermana que nunca se especializó, compañera de vida de un mercante que vivía en un lejano dominio en el oriente llamado Kariki; más tarde mencionó también a sus múltiples sobrinos y sobrinas (sus frases habían sido que su hermana parecía estarse convirtiendo en una fábrica de hacer bebés, lo cual me obligó a contener una sonrisa involuntaria), y fue hasta que aquella charla terminó que Lórimer preguntó por la localización del baño.

¡Mierda! Eso automáticamente se transformaría en una nueva situación incómoda en la que Reim y yo nos quedaríamos solos en la cocina.

No me equivoqué.

Y confieso que lo más extraño fue que aquel fue el primer instante en que la seriedad reinó por entero en las facciones del hombre desde nuestra llegada a su casa, observándome profunda e intensamente antes de volver a hablar, en un tono lo suficientemente bajo como para asegurarse de que Lórimer no escucharía palabra alguna de lo que estaba por decir.

—Era joven y estúpido, lo admito. Acababa de ser aceptado para ingresar a la Región de Novatinus y estaba demasiado emocionado por comenzar mi sueño como cerrajero —comenzó.

—¿De qué hablas? —lo interrumpí al sentir que mi paciencia no duraría mucho tiempo más.

—De que a pesar de esas circunstancias, no tengo verdadera excusa.

—¿Excusa?

—Dejar ir a Lórimer Kabarlee ha sido uno de los peores errores que he cometido en mi vida.

Tragué saliva con dificultad.

—¿Y se puede saber por qué me estás diciendo todo esto a mí?

Una leve sonrisa arribó a sus labios, una mueca sabia, aunque no por eso menos burlona.

—Porque estoy seguro de que si no aprovechas la perfecta oportunidad que tienes en puerta, pronto tú también terminarás por perderlo, y dudo mucho que desees que eso suceda.

Cada molécula de mi cuerpo se paralizó.

—No tengo idea de lo que estás hablando.

Soltó una mordaz carcajada.

—Claro que la tienes. ¿Crees que no me di cuenta casi de inmediato de la forma en que lo miras? Tal vez los demás no se percaten de ello, pero a mí me tomó sólo unos segundos en notarlo, porque yo solía observarlo de la misma manera en que lo haces tú ahora.

—¿Y cómo es eso, según tú? —inquirí con sarcasmo que no logró arrebatarle el gesto divertido.

—Como si quisieras comértelo entero, y estuvieras dispuesto a aniquilar a quien sea que se interponga en tu camino hacia él.

Me puse de pie de golpe, por fin harto de sus acertadas frases.

—¿Pues sabes algo? No me interesa en lo absoluto lo que creas ver o no ver.

Se le escapó otra risa, levantándose con lentitud, no amedrentado ni un poquito ante nuestras diferencias en estaturas.

—Te interesa tanto que podría darme cuenta de ello incluso flotando a mitad del infinito.

Suficiente de juegos, exclamó mi alma, y el resto de mí estuvo de acuerdo.

—En tal caso, si tan obvio es para ti, más te vale que dejes de tocar lo que es mío si no quieres enfrentarte a las consecuencias.

La sonrisa de Reim no disminuyó. Al contrario, creció más, como si mi respuesta lo hubiera dejado más que satisfecho.

—¿Qué sucede? —la voz de Lórimer nos sobresaltó a los dos, girándonos hacia él al tiempo en que ingresaba de vuelta a la cocina.

—Nada —contesté con mucha más tranquilidad de la que realmente sentía—. Tal sólo dejando que Reim me conozca un poco mejor.

El aludido rio un poco, pero Lórimer ya no alcanzó a responder, pues en ese momento tocaron a la puerta.

Dem y Andrés jamás habían sido más oportunos como en ese instante.

Los tres nos dirigimos a la entrada, enterándonos casi de inmediato que la pesquisa de padre e hijo había sido infructuosa, pues las respuestas a las cuestiones de Andrés seguían siendo las mismas: era imposible atravesar cualquier tipo de portal sin una Elevación previa.

Agradecimos las atenciones y ayuda de Reim (bueno, Lórimer lo hizo), declinando la invitación a quedarnos, ya que era obvio que los Karav no desearían esperar más por continuar con nuestro avance, ahora hacia Novatinus (para ver si lográbamos obtener más información) para luego continuar a Talesca.

Mi mejor amigo también aprovechó la despedida para recomendarle al cerrajero que se uniera a su familia y viajaran juntos a cualquier sitio de clima frío, ya que no teníamos ni idea de cómo las cosas se irían a desarrollar en un futuro, ni de cuáles eran los planes de los Místicos para más adelante.

Reim pareció tomar el consejo con gran consideración, y después de un efusivo (y muy largo abrazo, si me lo preguntan a mí), finalmente partimos de Besttele.

Nos tomó poco tiempo llegar a un área boscosa que servía de resguardo natural para el cuartel de los cerrajeros, y a pesar de que el silencio en el que viajábamos era una medida de precaución, no por ello dejaba de ser incómodo.

Al parecer tenía más cosas que aclarar con Lórimer de lo que había hecho durante nuestras charlas de esa mañana, cosas que tenía que sacarme del pecho antes de que algo más sucediera.

Permití una vez más que Andrés y Dem se nos adelantaran para que así no lograran oír lo que me urgía decirle a mi mejor amigo.

—¿Kabarlee? —murmuré sin que nos detuviéramos, sintiéndolo tensarse junto a mí.

—¿Si?

—Creo que debí de haber sido más específico antes.

—¿De qué hablas? —su tono era genuinamente confundido.

—Cuando te dije que sólo contigo —fue ese enunciado el que se encargó de detener sus pasos, y con los de él, los míos.

—Tienes razón: podrías ser más específico —me dijo con una máscara de indiferencia sobre su rostro.

Pero yo sabía que era sólo eso, una máscara, por lo que me apresuré a continuar.

—Sólo contigo… Sin embargo, tú también sólo conmigo.

Sus hombros parecieron relajarse, asintiendo sin ninguna clase de titubeos.

—Hecho.

Yo estaba a punto de sonreírle cuando la asustada exclamación de Andrés nos sobresaltó a ambos, forzándonos a correr hasta donde nuestros acompañantes se encontraban.

—¡Dios mío! ¿Qué pasó aquí? —había preguntado el hombre.

Y no era de extrañarse: un octavo de bosque lucía completamente calcinado, como si los dragones hubieran intentado abrirse paso a través de los escudos que rodeaban Novatinus a base de fuego, lava y destrucción.

Ignoraba si habrían logrado llegar, pero de lo que sí estaba seguro era de que aquella ruta acababa de quedar totalmente descartada.

Aprendiendo Cosas Nuevas

Belyan

 

El mejor orgasmo de mi vida.

Por mucho.

El mejor.

Al menos hasta el momento.

Tan arrasador que todavía no sé cómo fue que tuve la habilidad de moverme, hablar y recostarme después de que sucedió, ya que me había robado de la capacidad de raciocinio durante los minutos consecuentes.

Tal vez por eso fue que ni siquiera tuve tiempo de entrar en shock, dejándome vencer por el relajamiento y la saciedad.

Y de todas formas, ¿qué se supone que hace uno después de un instante tan sublime como ese? ¿Existe alguna regla en específico? ¿Un código de conducta? ¿Qué se piensa? ¿Cómo carajos se respira?

A la mañana siguiente abrí los ojos mucho antes que Lórimer, pero con su rostro tan cerca del mío que los recuerdos de la noche anterior me dieron de golpe en un instante, arrancándome el aliento de la misma forma en que lo había hecho él ayer… excitándome de la misma forma en que lo había hecho él ayer.

Quiero mi recompensa.

Mis propias palabras seguían repitiéndose en mi cabeza sin descanso, preguntándome cómo jodidos me había atrevido a pronunciarlas, a incitar a Lórimer, a ser yo quien diera el primer paso. Había pasado los días previos enojado, casi odiándolo, pero después de lo sucedido en la cueva y en la Jungla de Morarye, lo único que había dominado mi mente había sido su bienestar y lo mucho que necesitaba sentirlo cerca.

Levántate ya.

Mi orden había sonado ruda y cortante, pero lo que Lórimer no había sabido era que verlo ahí, de rodillas frente a mí, con los ojos cerrados y la respiración acelerada, había estado a punto de provocarme una nueva erección, y no quería que mi mejor amigo terminara pensando que yo era algún tipo de adicto sexual o un pervertido de primera, así que la brusquedad había sido mi primer escudo contra las sensaciones que estaban invadiéndome una vez más. ¡Por todo lo que es sagrado! ¡Si acababa de venirme! ¿Cómo era posible que la simple visión de aquel masculino sujeto arrodillado atrajera tales reacciones en mí? Súbitas, viscerales, reales.

Más reales de lo que había sentido jamás.

Fue ese el instante en que me di cuenta de que mi mano estaba ascendiendo y acercándose cada vez al pacífico rostro del gemelo, que lucía más joven, inocente y casi puro durante el sueño, transformándose su varonil atractivo en algo muy cercano a la belleza… o tal vez era sólo porque se trataba de él, y los sentimientos que estaba despertando en mí me hacían sonar como el cursi más dramático de todos los Dominios. Sentí una descarga de temor y vergüenza que detuvo mis movimientos y me forzó a ponerme de pie para alejarme de él.

Y no era el hecho de sentirme atraído por mi mejor amigo lo que me tenía en ese estado, no… La verdad era que incluso me sorprendía no haber sucumbido más pronto ante un sujeto como él.

Pero esta era una felicidad que no me merecía. Una perfección que no era para mí.

¿Cómo coños aspirar a algo tan increíble después de todo lo que había hecho en mi pasado, cuando había sido un desalmado y la mano derecha de Arématis?

No era justo para Lórimer. Él era uno de los mejores hombres que había conocido en toda mi existencia, y sabía bien que se merecía a alguien más, a alguien tan impresionante como él, a alguien que no estuviera tan roto como yo, plagado de conflictos internos y culpabilidad y el peso de vidas arruinadas sobre mi consciencia.

Tomé mis prendas descartadas en el suelo y con sigilo abandoné la habitación antes de que Lórimer despertara, dándome una ducha fría para luego descender al piso inferior, en donde mi hermano y Bradd se dedicaban a preparar los alimentos para todos, por lo que me les uní en silencio para ayudarles.

—¿Te encuentras bien? —Erick siempre ha sido muy perspicaz, lo cual resultaba inconveniente cuando eras tú a quien le prestaba atención, por lo que me encogí de hombros sin responderle, moviéndome de un lado al otro entre la cocina y el comedor para acomodar los platos y cubiertos necesarios sobre la amplia mesa.

Afortunadamente no insistió.

Cuando todo estuvo listo, los habitantes temporales del refugio fueron arribando al piso inferior, entre ellos Lórimer, quien de inmediato buscó mi mirada con la suya, la cual me fue imposible sostener por más de medio segundo. La suerte me acompañó durante el transcurso del desayuno, ya que a pesar de que continuaba sintiendo los ojos de mi mejor amigo sobre mí, la atención se centró en Matheo y en lo que había sido de su vida durante las últimas décadas, lo cual ayudó a que el resto de la familia no se percatara de las oleadas de energía anhelante e incómoda que iban y venían del gemelo hacia mí y de regreso.

Adivinaba lo que debía de estar sintiendo él, creyendo que yo me había arrepentido de lo sucedido y era por ello que había huido de la recámara y la razón por la que ahora no me atrevía a mirarlo… ¿Cómo hacerle entender que lo vivido la noche previa había sido uno de los mejores instantes de mi vida? Pero al mismo tiempo ¿cómo hacerle entender que él se merecía más? Ni siquiera me había dado la oportunidad de reciprocidad, deteniéndose una vez que mi placer había sido alcanzado al máximo.

Mi tranquilidad mental regresó un poco una vez que Lórimer pareció darse por vencido, puesto que tampoco se trataba de un masoquista (porque lo acepto, lo que yo estaba haciendo era bastante cruel), y comenzó a ignorarme para centrar su atención en la charla que se llevaba a cabo.

Me enteré que desde la tarde anterior Vanessa se había comunicado con Dem, por lo que éste estaba al tanto de lo sucedido en la Jungla de Morarye, así que al término del tenso desayuno, mi cuñada volvió a salir de la enorme cabaña para poder contactarse con su padre por medio de su animal afín y pedirle que trajera a mis sobrinos para acá, ya que por el momento era el sitio más seguro de los Dominios.

El caos se desató cuando Vanessa volvió, avisándonos de la llegada de un perro y de que las aves le habían informado que su hermano se encontraba en esta dimensión, ya que Eridani, su sobrina y dueña del pastor inglés que Matheo acababa de rescatar, jamás había vuelto a casa, así que Andrés había viajado a los Dominios del Ónix Negro en su búsqueda.

Nunca había visto a Govami tan alterado y tan preocupado como en ese momento, por lo que de inmediato me pregunté qué significaría aquella mujer para él.

Y las cosas no mejoraron cuando Matheo finalmente pudo comunicarse con el perro (llamado “Max”, irónicamente) y éste le informó que Eridani había sido capturada por Místicos, por lo que en cuestión de poco tiempo, y después de unos cuantos gritos y discusiones, todos comenzamos a entrar en acción mientras que Lórimer y Mikael se dedicaban a sanar al animal, acordando a que aguardaríamos a que el canino estuviera en mejores condiciones para que nos informara en dónde se encontraban los dragones/humanos que habían raptado a la hija de Andrés.

Fue eso lo que volvió a traer a colación al hermano de mi cuñada.

—¿Qué me dicen de Andrés? —preguntó Vanessa entonces—. Sé bien que mi hermano no es la persona favorita de todos, pero no podemos dejarlo vagar solo por los Dominios. Jamás logrará encontrarnos; somos una aguja en un pajar.

—¿Una qué en dónde? —Lylibeth estimaba mucho a mi cuñada, por lo que no me explicaba por qué siempre parecía querer golpearla cuando hablaba con ella.

—Es una frase del Dominio Exterior. No es importante. Lo importante aquí es Andrés. Tendré que ir a buscarlo.

—Yo puedo ir —me ofrecí sin pensarlo; sentía que el refugio comenzaba a sofocarme y aquella era la excusa perfecta para salir de ahí—. Los niños están de camino y querrán ver a sus padres al llegar.

—¿No te molesta? ¿De verdad? —la voz de la mujer y su expresión reflejaron tanto alivio que no pude evitar la sonrisa condescendiente.

—De verdad. No te preocupes —le dije; y de nuevo, sin pensarlo, me volví hacia Lórimer, que ya se levantaba después de terminar de sanar a Max—. ¿Vas conmigo? —¡Mierda! ¿De dónde había salido aquello? Se suponía que lo que deseaba era crear distancia entre nosotros y ahora se me ocurría invitarlo a acompañarme.

Su inmediata y ronca respuesta me provocó un estremecimiento que apenas fui capaz de ocultar:

—Sabes que sí.

No logré rehuir su mirada por más tiempo, atrapado de manera total en las profundidades de sus ojos, que lucían serios y esperanzados y heridos, todo a la vez, mientras que yo usaba los míos para intentar disculparme sin hablar, para intentar darle a entender que él no tenía la culpa de mis actitudes, de que era yo quien estaba resquebrajado sin posibilidad de ser restaurado, no después de las atrocidades que había cometido con el único fin de obtener placer del dolor.

Lórimer siempre había sido mi confidente, sí, pero había cosas que nadie sabía, ni siquiera él, acciones que llevé acabo siendo un desalmado de las cuales me avergonzaba demasiado como para pensar en ellas, mucho menos para mencionarlas en voz alta.

Sin agregar nada más nos alistamos para el viaje, y llegaba el medio día cuando estábamos por partir (después de que Vanessa nos informara que las aves le habían dicho que Andrés se encontraba en Prismma Zeben), cuando la puerta de la cabaña se abrió de golpe y por ella ingresaron Arabela, Dorian y Dem.

Los niños de inmediato alegraron el lugar, saludando a todos con su efusividad de siempre para luego centrarse en Matheo como si se tratara de un juguete nuevo. Fue cuando perdieron el interés en él y comenzaron a rogar por salir a jugar en la nieve que el padre de Vanessa finalmente llegó hasta Govami, exigiendo una inmediata explicación acerca de la manera en que nuestro amigo había involucrado a su nieta mayor en este nuevo desastre que se nos venía encima.

Matheo corrió con suerte, ya que antes de abrir la boca para hablar, Lórimer intervino contándole a Dem de la situación de Andrés, invitándolo a acompañarnos con la misma libertad que yo me había tomado al incluirlo a él en la misión. El hombre aceptó instantáneamente, alejándose de nosotros para prepararse con prontitud.

—Me debes una —escuché que mi mejor amigo le decía a Govami con voz muy baja, sonriendo con un dejo de burla en sus labios… esos mismos labios que habían estado sobre mí apenas unas horas atrás.

—Sí, sí. Gracias —respondió Matheo con cierto grado de mal humor, probablemente con sus pensamientos todavía puestos en los reclamos de Dem.

No cabía duda que la culpabilidad parecía ser contagiosa.

Ya no tuve tiempo de reflexionar aquello, puesto que nos marchamos apenas unos minutos después.

Decidimos hacer uso de portales fijos para viajar, porque a pesar de que la Congregación ya no nos seguía, ahora era de los Místicos de quienes debíamos cuidarnos, y si comenzábamos a alzar portales con nuestra energía espiritual sería mucho más sencillo que detectaran nuestras presencias.

La tensión entre Lórimer y yo era casi tangible, pero Dem no pareció percatarse de ella, haciéndonos preguntas acerca de lo acontecido desde que partió a Karnath con los pequeños y mencionándonos que, al menos los sitios que él había visitado con Dorian y Arabela, se habían visto desprovistos de problemas o ataques de dragones/humanos, a pesar de que se corría la voz de lo sucedido en la Jungla de Morarye, por lo que los habitantes de los Dominios comenzaban a verse inundados por el recelo y el temor.

Aquello se hizo más obvio esa noche, cuando llegamos a una pequeña aldea llamada Irhaal, en donde la gente nos vio e inmediatamente comenzó a hacer preguntas y peticiones; el lugar era tan pequeño que no contaba con un paladín propio, lo cual era común para los poblados más grandes, así que las personas se notaban muy alteradas ante las noticias que habían llegado hasta ahí. Intentamos tranquilizarlos lo mejor posible, diciéndoles que permanecieran atentos a cualquier suceso pero que no cundieran en pánico y se contactaran con cualquier paladín, cerrajero o adalid cercano que pudieran localizar en dado caso de que algo más pasara, pero fuera de eso no había más que pudiéramos hacer, al menos no por el momento y contando con tan poca información como ellos.

Irhaal era tan diminuta que su taberna/posada contaba nada más con dos habitaciones, por lo que, como era de suponerse, Dem dijo que él tomaría una mientras que Lórimer y yo tendríamos que compartir la segunda, pues (sus palabras) “ustedes ya están acostumbrados a dormir juntos”.

Por fortuna no nos observaba cuando dijo aquello, porque la tensión que se apoderó de ambos fue instantánea, junto con una descarga de pánico con deseo que se mezclaron en mi interior, recorriendo cada vena, cada arteria, hasta llegar a mi alma y hacer explosión ahí, por el simple hecho de que lo que debía hacer chocaba a cada instante con lo que quería hacer.

Auxiliamos a la aldea de Irhaal con la creación de renovados escudos espirituales a cambio del hospedaje y la cena, y al término de ésta el primero en retirarse fue Lórimer, alegando que se encontraba agotado. Lo conocía demasiado bien a estas alturas, así que deduje de inmediato que estaba mintiendo, probablemente con el único fin de escapar cuanto antes de mi presencia y de la atenta mirada de Dem, quien, ahora que las cosas se encontraban en calma, comenzaba a lucir sospechoso de nuestras actitudes.

Varias personas llegaron a hacernos compañía entonces, por lo que también tuve la oportunidad de huir de la taberna, dejando a Dem sólo con la gente mientras que con rapidez recorría el corto pasillo hasta el cuarto que compartiría con mi mejor amigo. Lo encontré recostado en la orilla de la única cama del lugar, con la espalda hacia mí y obviamente fingiéndose inconsciente, cuando su energía me decía con claridad que se encontraba tan despierto como yo.

Se había removido sólo las botas y el chaleco, por lo que lo imité y, mientras me deshacía de las prendas, fue que hablé:

—Sé que no estás dormido.

—Bien por ti —fue su cortante respuesta, pero aun así me hizo sonreír un poco. Lórimer nunca había sido sarcástico, y no entiendo la razón, pero algo dentro de mí se deleitaba por extraer aquellas características de él, como si existiera algo en mi mejor amigo que era sólo mío.

Levanté las sábanas y me recosté a su lado, sintiendo como se tensaba y se recorría todavía más hacia la orilla del colchón; un centímetro más y acabaría por caerse del lecho. Eso me arrancó otra sonrisa, pero no hice comentario al respecto para no incomodarlo más.

—Inusual la reacción que tuvo Govami cuando se enteró de lo sucedido a la nieta de Dem, ¿no lo crees? —fue lo que se me ocurrió decirle, escuchándolo carraspear antes de responderme.

—Yo también lo noté. Nunca antes lo había visto así.

—Me dio la impresión que ésta chica es diferente. Incluso más importante para él que lo que lo fue Vanessa.

—¿Tú crees?

—Si… Ni siquiera cuando estuvo conectado con ella lo vi actuar de manera tan instantánea y visceral.

—Cierto

—Ojalá que ella esté bien.

—Ojalá.

—Y que Govami encuentre lo mismo que encontró Erick en su compañera de vida.

—Ojalá —repitió en un murmullo, sin perder la tensión de su postura, a pesar de mis intentos por distraerlo con una charla que en realidad no tenía nada que ver con nosotros.

¿Qué es lo que pretendes, Varzzen? me pregunté a mí mismo cuando, de estar bocarriba, giré mi cuerpo para que mi pecho quedara pegado a su amplia espalda. No tenía respuesta para mi propia cuestión, lo único que sabía era que no podía dejar las cosas así, algo en mi interior aferrándose a provocar a Lórimer hasta el límite de su paciencia.

—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —agregué entonces.

—¿Aprendí qué?

Me acerqué todavía más a él, para que al volver a hablar lograra sentir mi aliento sobre su cabello y su cuello.

—Lo que me hiciste anoche.

Todo Lórimer se paralizó de tal manera, que lo único que le faltó fue pegar un brinco para escapar de la cama.

—Fue increíble —presioné—. Nunca antes me había venido así, ni tan rápido… ¿Dónde lo aprendiste?

Creo que esta vez fui demasiado lejos, porque su respuesta fue cortante y obviamente molesta.

—Que tenga que ocultar mis preferencias sexuales por culpa de la Congregación, no quiere decir que sea célibe, Varzzen —escupió con irritación apenas contenida, con lo que logró que el enojo me contagiara.

No esperaba que mi mejor amigo fuera virgen, pero tampoco que sus palabras me enfurecieran y me encendieran al mismo tiempo. Las imágenes mentales que surcaron por mi cerebro me llevaron a extremos insospechados de ira y excitación mezcladas. Todo lo anterior combinado me hicieron reaccionar más que volver a hablar, jalando a Lórimer por el hombro hasta que, a base de fuerza bruta, lo obligué a acostarse bocarriba, a mirarme con confusión y con el aliento tan veloz como el mío.

—¿Qué carajos haces ahora, Belyan?

—Mostrándote lo que he aprendido yo —murmuré contra sus labios antes de posesionarme de ellos, acomodándome sobre su cuerpo hasta que ambos nos amoldamos a la perfección.

No tuvo que pasar mucho para que me olvidara de mi enojo y de mis convicciones, de todo aquello que había pensado a lo largo del día y que me había propuesto llevar a cabo, como permanecer alejado de él y dejar de abusar de su amistad y de su confianza y de la clara atracción que sentía por mí. Sí, se merecía a alguien mejor que yo, pero el sabor de su lengua dentro de mi boca logró que aquello dejara de importarme; sus brazos cerrándose con fuerza a mi alrededor, sus piernas enredándose con las mías, sus gemidos haciendo eco contra mi piel, hicieron que dejara de lado todo, con el único fin de poder seguir sintiéndolo contra mí.

Sin que me diera cuenta mi mejor amigo, igual que la noche previa, sin aviso alguno tomó las riendas de la situación. Apenas me había atrevido a despegar mi boca de la suya para con ella ir recorriendo su cuello cuando sentí como era él quien me hacía girar a mí, quedando en posiciones opuestas, ahora Lórimer sobre mi cuerpo, tomándome de las manos con más tosquedad de la necesaria hasta sostenerlas sobre mi cabeza contra la almohada.

—¿Quieres aprender cosas nuevas, entonces? —inquirió con voz ronca, y con la misma mezcla de furia y deseo que me había recorrido a mí apenas hacia unos instantes.

El efecto que tenía sobre mí era tan potente que ni siquiera logré encontrar mi voz para responder, lo único que pude hacer fue asentir, por lo que Lórimer me besó una vez más al tiempo en que comenzaba a mover la dureza de su erección exactamente alineada contra la mía. Incluso a través de nuestros respectivos pantalones, el vaivén de sus caderas comenzó a enloquecerme, haciendo que mi cuerpo respondiera con oscilaciones similares, acariciándonos por encima de la ropa sin dejar de fundir nuestras bocas, respirando con mayor agitación que nunca, temblando a causa del orgasmo que se aproximaba con incontrolable rapidez.

Los dedos de Lórimer se entrelazaron con los míos y ahora fui yo quien incitó la Fluidez, gruñendo de forma gutural al percibir sus sensaciones combinadas con las mías y logrando así que el placer se magnificara al doble.

—No te detengas. Por favor, no te detengas —rogué contra sus labios, de la misma manera en que lo había hecho la noche anterior.

—Nunca —fue su áspera respuesta, mirándome a los ojos al instante en que cada partícula de mi ser hacía implosión dentro de mí, llevándole mi éxtasis a Lórimer a partir del recorrido de su espíritu en mi cuerpo y del mío en el suyo, provocando que su orgasmo llegara a él apenas unos segundos después que el mío había dado inicio.

La noche anterior no había sido consciente de ello, pero ahora que su mirada se encontraba sobre mis ojos pude darme cuenta de que no había cosa más fenomenal que el rostro de Lórimer a mitad de una pasión tan intensa.

Cerré los párpados tratando de protegerme de tal visión, sintiendo como sus movimientos iban desacelerándose hasta detenerse, para luego besar mi barbilla con suavidad y finalmente bajarse de mi cuerpo.

La ausencia de su peso y de su calor me hizo sentir vacío, pero no volví a abrir los ojos, la potencia del momento se encargó de arrancarme todas las fuerzas, sumiéndome en un estado de inconsciencia casi instantáneo.

—Por favor deja de hacerme esto —no estoy seguro de si en realidad Lórimer murmuró esa frase o la soñé, sólo sé que a la mañana siguiente recibí una probada de mi propia ingratitud, pues ahora fui yo quien despertó sin él.

Recompensa

Belyan

 

La ira había sido mi infalible compañera durante los últimos días, aparte de Lylibeth. Las horas pasaban y yo seguía sin superar el hecho de que el imbécil de Lórimer se hubiera marchado sin que intercambiáramos armas primero, ritual que hacía años se había convertido en indispensable para mi salud mental, y él lo sabía. Yo había perdido ya mucho en esta vida, y el hecho de que me asegurara de que al final de una misión me devolvería mi daga era una especie de garantía para mí, una garantía que me decía que él también volvería a mí.

Y ahora aquello estaba arruinado.

La furia me invadió una vez más, sentado en la cueva con la gemela mientras que analizábamos lo que habíamos descubierto acerca de la prisión de la Jungla de Morarye, sus puntos fuertes y sus puntos débiles; sin embargo, a pesar de discutir las cosas con calma frente a Lylibeth, mi sangre hervía cada vez que recordaba como su hermano se había dado media vuelta, incluso después de haberme visto con la daga en la mano, largándose sin siquiera dedicarme una última palabra.

¡Hijo de puta! ¡Había sido él quien me besó! ¿Y ahora yo tenía que pagar por las consecuencias? ¡No era justo!

…así como tampoco era justa la manera en que lo había tratado últimamente, estallando frente a Lórimer ante la menor provocación, para luego meterme a hurtadillas a su cama y dormir junto a él porque era la única manera en que había encontrado paz, y después marchándome sin que el gemelo tuviera la más remota idea de que había pasado la noche a su lado…

Todo pensamiento abandonó mi mente cuando la rubia y yo escuchamos ruidos provenientes del exterior, poniéndonos de pie de golpe y a punto de desenfundar las espadas cuando nos dimos cuenta de que eran Vanessa y Matheo los que ingresaban a la cueva. Estaba a punto de avanzar hacia nuestro amigo para darle la bienvenida, ya que me alegraba mucho verlo después de décadas de ausencia, cuando la voz de Lylibeth retumbó dentro de las paredes de la pequeña caverna:

—¡Por todo lo que es sagrado! ¿Qué estás haciendo tú aquí?

—Hola, Lylibeth. Hola, Belyan. Es genial verlos después de tanto tiempo ¿Cómo han estado? ¿Qué han hecho? —articuló Govami con su sarcasmo intacto.

—¡No me vengas ahora con preguntas estúpidas, Matheo! ¡Se supone que Bradd, Lórimer y Vanessa te buscaban para pedirte que encontraras un nuevo escondite! ¡No para entregarte a la Congregación en bandeja de plata!

—Ok. ¿No quieres preguntas estúpidas? —contraatacó él, perdiendo todo rastro de diversión—. ¿Qué te parecen éstas?: ¿Han descubierto algo acerca de los homicidios? ¿Encontraron al verdadero asesino? ¿Quién trata de inculparme? ¿Cómo le hizo para duplicar mi energía? ¿Por qué incriminarme precisamente a mí?… ¿Quieres más? Pues tengo más: ¿Cómo atraparon a Erick? ¿Por qué permitieron que cayera solo, si se suponía que tú y Bradd estaban con él? ¿Qué planean hacer para sacarlo de prisión sin ser nosotros los capturados?… ¿Continúo o con ésas es suficiente?

La gemela y yo lo observamos con remordimiento, imposibilitados a responder ninguna de sus cuestiones.

—¡Vaya, vaya! Toda la tropa reunida. ¿Por qué cuando los veo a ustedes juntos en el mismo sitio siempre me da algo de miedo? —Bradd habló desde la entrada de la cueva, en donde él y Lórimer se encontraban de pie mirándonos.

Mis ojos de inmediato viajaron hacia mi mejor amigo, y los de él hacia mí. No comprendo cómo fue que sucedió, pero fue como si durante unos instantes los segundos se transformaran a minutos, deteniendo el tiempo a nuestro alrededor, existiendo sólo él y yo. Una poderosa descarga de anhelo explotó en mi interior.

Lo bizarro era que no tenía idea de qué era lo que anhelaba… O tal vez sí, pero continuaba negándolo con cada fibra de mi ser.

—Porque tienes sentido común —fue su compañera de vida quien contestó, acercándose a él hasta fundirse en un intenso abrazo. Sabía que estaba mal juzgar, pero a pesar de los años, aún me resultaba extraño ver a Lylibeth demostrar tales grados de ternura, lo cual me forzó a regresar mi mirada hacia Lórimer, quien me observaba como si deseara avanzar hacia mí como su hermana lo acaba de hacer con Bradd, pero haciendo uso de toda su fuerza de voluntad para detenerse; tragué saliva con dificultad, aceptando para mis adentros que yo quería hacer exactamente lo mismo—. ¿Cómo supieron que ya debían regresar? —agregó la gemela, sacándome una vez más de mis ensoñaciones.

—Vanessa nos llamó después de encontrar a Matheo en el Dominio Exterior —explicó Lórimer, despegando sus ojos de mí y avanzando directamente hacia Matheo—. Es bueno verte, amigo —agregó con seria sinceridad.

—A ustedes también —le contestó Govami, tomando la mano que le tendía para luego abrazarlo con genuino cariño; vi rojo, mientras que mi alma me recriminaba cosas que no me atrevía a aceptar, por lo que hice uso del enojo para cubrir todos los demás sentimientos que comenzaban a ahogarme.

—No quiero ser el aguafiestas que se encarga de arruinar el festejo de bienvenida, pero Bradd no estaba en lo correcto —espeté sin siquiera darme cuenta de que había sido yo quien habló, no sino hasta que todas las miradas estuvieron sobre mí, por lo que no me quedó más que continuar—. No está “toda la tropa”. Nos falta uno. El líder. Y no sé ustedes, pero yo creo que ya va siendo tiempo de que pongamos manos a la obra para sacarlo de prisión.

—¡Vamos, Belyan! No seas mentiroso —me dijo Matheo con su característica sonrisa cínica.

—¿Mentiroso?

—¡Claro! Sabes que te encanta ser el aguafiestas.

No sé por qué, pero aquello fue capaz de arrancarme una pequeña risa, devolviéndome un poco de buen humor y de la alegría que me provocaba que Govami estuviera de regreso.

—Es bueno tenerte de vuelta, Matheo.

Asintió mirándome.

—Es bueno estar de vuelta, amigo… Ahora, ¿cuál es el plan?

—Bien, ésta es la idea general… —fue entonces que Vanessa le habló de la incursión que teníamos pensada, ingresando al lugar a través de una puerta poco resguardada que Lylibeth y yo habíamos descubierto.

—Bradd tiene razón al sentir miedo. Estamos todos locos —articuló Matheo una vez terminada la explicación, arrancando sonrisas por doquier—. Antes de irnos, por favor díganme que alguien de ustedes tiene un cambio de ropa que me quede, porque con este atuendo resalto como piñata en fiesta infantil.

Tenía razón: la ropa del Dominio Exterior sí que lo hacía destacar.

—¿Ahora quién es el mentiroso? La única razón por la que quieres cambiarte es porque te encanta cómo luce tu trasero con el uniforme —Lylibeth lo reprendió, entregándole prendas más apropiadas y haciéndonos reír una vez más.

—Qué bien me conoces —Matheo guiñó un ojo al comenzar a desnudarse, creando diferentes reacciones al instante.

—¡Por Dios, Matheo! ¡Ten un poco de pudor! —gritó Vanessa girándose para no mirarlo, mientras que Bradd le tapaba los ojos con una mano a su compañera de vida.

—Creí que habíamos establecido hace muchos años que el pudor no se me da. Aparte de que a ti es a la única a la que le molesta el espectáculo.

—Eso no es cierto; a mí tampoco me agrada —intervine, pero no porque me molestara lo que mi amigo hacía, sino porque Lórimer parecía demasiado atento a los abdominales de Govami.

—Ni a mí —secundó el cerrajero, con Lylibeth riendo bajo la mano que aún le cubría los ojos.

—Mmmh, ¿qué se le va a hacer? —Matheo alzó los hombros—. ¿Todavía eres gay, Lórimer?

Él soltó una pequeña carcajada que fui capaz de sentir en cada rincón de mi piel.

—Sí, Matheo. Todavía soy gay —le respondió el gemelo con diversión. Vi rojo una vez más.

—Ok. Entonces tú disfruta del show, amigo.

No lo creo, pensé involuntariamente al interponerme entre Lórimer y Govami.

—¿Te quieres dar prisa? —prácticamente siseé, imposibilitado a detener el enojo.

¿O los celos? Me dijo mi mente con burla.

—¿Ves cómo sí te encanta ser el aguafiestas? —agregó Matheo arrancándome de mis confusos pensamientos, sonriendo mientras terminaba de vestirse.

Necesitaba hacer control de daños, puesto que ahora lograba sentir las miradas de todos (especialmente de Lórimer) sobre mí.

—No es eso. Es simplemente que Erick no se va a rescatar solo.

Mis palabras surtieron en el efecto deseado, ya que todos terminaron de alistarse, Govami incluido

—Ok. Hagámoslo.

Unos segundos después abandonamos la cueva uno por uno; yo aún lograba sentir la mirada de Lórimer encima de mí, mientras caminaba a mis espaldas, con su energía revoloteando a mi alrededor como si intentara adivinar qué era lo que me había sucedido dentro de la caverna.

A mí también me habría encantado saberlo.

No, no saberlo: admitirlo…

 

 

Lórimer

 

Sacamos a Erick de la prisión sin demasiada dificultad, a no ser por una acalorada discusión entre Bradd, mi hermana y Matheo, pero cuando ya nos encontrábamos afuera fue que el cielo pareció hacer explosión y en cuestión de segundos la Jungla de Morarye se vio invadida de Místicos.

El caos fue inmediato.

De uno en uno fuimos corriendo hacia uno de los patios principales del cuartel, guardando las armas que segundos antes habíamos desenfundado para entonces ayudar a los Dómines que se encontraban ahí, creando un gigantesco escudo de energía espiritual para darles tiempo a los aspirantes de huir del lugar.

No se puede negar que aquella era una tarea ardua, pues el hacer uso de nuestras almas de esa manera puede llegar a ser bastante agotador, por lo que no me sorprendió cuando escuché a Belyan quejarse a mi lado:

—¡Esto es estúpido! ¡Preferiría pelear contra esos cabrones que hacer esto!

No pude evitar la sonrisa.

—¿Recompensa para quien logre mantener el escudo arriba por más tiempo? —propuse para aligerar un poco el momento, ganándome un gesto divertido de su parte.

—Hecho.

Esa era otra de nuestras costumbres durante las misiones, premiar a aquel de los dos que hiciera mejor trabajo o matara a más enemigos o arrestara a mayor número de criminales. Y casi siempre las recompensas eran labores que el otro no deseaba hacer, como limpieza de nuestras respectivas casas o lavar los uniformes entre otras tareas similares.

Algo dentro de mi se regocijó por el hecho de que, a pesar de mi comportamiento hacía unos días, de haber ignorado el intercambio de dagas con mi mejor amigo, él hubiera respondido tan prontamente a mi propuesta, incluso bajo la peligrosa amenaza a la que nos enfrentábamos en aquel momento.

Todos escuchamos como Forley le ordenó a su hermano que creara un portal para sacarnos de ahí, haciendo hincapié una y otra vez en “la nieve”, sea lo que sea que eso significara; fue por pensar en ello que la intensidad de mi parte del escudo disminuyó un poco, provocando que Belyan soltara una brevísima carcajada, dándome a entender que se había dado cuenta de lo sucedido y de que tendría que ser yo quien pagara la recompensa.

No me importó. Aquella risa había sido recompensa suficiente para mí.

Esa fue la razón (al menos eso me dije a mí mismo) de que cuando el portal de mi cuñado estuvo listo, fui de los primeros en ayudar a los demás a escapar del cuartel, con la gutural voz de fondo de los Místicos gritando una y otra vez que tenían a una mujer y a un niño y que un mestizo debería de entregarse si quería salvarlos. Ignoraba por completo de que hablaban, así que me concentré en vigilar que mis amigos y familia fueran escapando y crucé el portal hasta que ya sólo quedaban Bradd y Matheo del otro lado.

El cerrajero fue el último en atravesar la luminosidad violeta, deshaciéndose de ella antes de que Govami se nos uniera.

—¿Y Matheo? —inquirió Erick de inmediato.

—Matheo tiene el peor complejo de héroe que he visto en mi vida —espetó Braddgo con inusual molestia—. Se quedó a rescatar a un guardia noqueado.

—¡Mierda! Su fan.

—¿Su qué? —preguntó Vanessa con un fruncimiento de ceño.

No puse atención a la respuesta, estudiando a mi alrededor al sentir como el frío comenzaba a posesionarse de todo mi cuerpo. ¿En dónde nos habíamos metido ahora?

—¿Qué es este sitio? —Belyan murmuró a mi lado, percatándose también de que lo único que se veía en todas direcciones era nieve.

Negué con la cabeza antes de contestar:

—Ni idea. Pero no me agrada mucho.

Bradd insistió en que nos moviéramos, que avanzáramos más hacia el norte y que él nos alcanzaría después de abrir un nuevo portal para Matheo, pero nadie obedeció, ya fuera porque ninguno quería adentrarse a aquella atemorizante blancura o porque ninguno queríamos dejar a Govami atrás, así que fue hasta que él regresó, acompañado de su aspirante, un joven paladín medio noqueado y uno de los miembros del Círculo de Paladines, que los reclamos comenzaron junto con las exigencias de una explicación.

Mi cuñado no se dignó a responder, simplemente nos forzó a caminar tras de él hacia el lugar que nos había indicado antes. El silencio se volvió tenso y pesado, tanto por el inclemente frío como por el descontento ante el secretismo que Bradd presentaba últimamente. Al menos así me sentía yo; tal vez era porque mis emociones, antes siempre guardadas tras una máscara de serenidad, poco a poco iban colándose hasta quedar a flor de piel, pero no puedo negar que el enojo me invadió cuando por fin llegamos al refugio a mitad de la nada, y Bradd y mi gemela comenzaron a explicarnos de qué se trataba aquel sitio y el porqué de su construcción.

El hecho de que Lylibeth no me hubiera hablado de él se sintió, ingenuamente, como una traición, por lo que hablé poco durante la discusión y presentaciones, aguardando hasta que todos se fueron dispersando para subir al segundo piso en busca de una habitación. Necesitaba estar solo, para así lograr acallar una vez más a todos estos sentimientos que por el momento no eran bienvenidos.

No contaba con que habría alguien siguiéndome los talones, abriendo la puerta de la recámara apenas un segundo después de que yo la acabara de cerrar.

—Mi recompensa —la voz de Belyan me hizo volverme hacia él.

Por primera vez en mucho tiempo me ganó el enfado; por primera vez en mucho tiempo no tuve ánimos para seguirle el juego.

—No estoy de humor para limpiar tus armas o lavar tu ropa ahora, Varzzen —espeté viéndolo ponerle el seguro al picaporte—. ¿Qué haces?

—Quiero mi recompensa.

—Ya te dije que no estoy de humor para labores domésticas.

Avanzó hacia mí dedicándome una sonrisa que no había visto en muchas, muchas décadas. Una sonrisa traviesa, impía, casi pagana; una sonrisa que antes había sido sólo para Vereny, y que logró arrancarme un escalofrío de pura expectación.

—No era eso lo que tenía en mente.

Mi tiempo para reaccionar se redujo a cero, ya que mi mejor amigo acabó con todas mis defensas al instante en que su mano se cerró tras mi nuca y de un jalón me atrajo hacia él, chocando nuestros cuerpos un milisegundo antes de que su boca cayera sobre la mía, forzándome a abrir los labios ante la sorpresa, lo cual de inmediato se transformó a gemido cuando sentí su lengua colándose por entre mis dientes, bailando contra la mía, saboreándome, explorando con desesperación y un dejo de total agonía.

Su propia urgencia le dio fuego a la mía, por lo que sin dejar pasar un respiro más, alcé ambos brazos, con uno rodeándolo por la cintura mientras que enterraba la otra mano en su cabello, devolviéndole caricia por caricia, mordida por mordida, aliento por aliento. Sus dedos también se movilizaron, unos cerrándose más fuerte contra mi cuello mientras que con los otros iba desabrochando a ciegas los botones de mi chaleco y mi camisa.

No sabía qué era lo que estaba sucediendo, lo que pasaba por su cabeza, pero con franqueza aseguro que no me importaba. Por ahora, sólo existían Belyan y su cuerpo y sus labios, todos acomodados contra mí, todos fundiéndose conmigo de la manera en que tantas veces había soñado. Me di el lujo de ser egoísta por unos momentos más, de dejarme llevar, de perderme dentro de su sabor, de la textura de su lengua sobre la mía, de la sensación de sus dientes mordiendo mi labio inferior, succionándolo, mientras que su mano continuaba deshaciéndose de mi ropa mientras que la otra me pegaba aún más a él, como si quisiera devorarme entero.

Fue cuando Belyan trató de quitarme la camisa de los hombros que por fin una descarga de miedo alcanzó a mi mente, separando mi boca de la suya para después anclar mis ojos a su perfecta mirada azul.

Belyan no era gay, así que en el momento en que a su cerebro llegara la información de que era a mí a quien besaba, terminaría por arrepentirse de este instante de demencia temporal, y ahora sí el peligro de perderlo para siempre se transformaría a algo demasiado real para dar marcha atrás.

¿Qué estamos haciendo? Quise preguntarle, pero mi acelerado aliento no me permitió formular palabra alguna, sintiendo como su respiración parecía hacer eco de la mía, chocando caliente contra mi rostro, sintiendo su pecho subir y bajar velozmente al compás del mío… y sin poder dejar de mirarlo, ni él a mí.

A la mierda, le dije a mi consciencia, sujetándolo de los hombros y arrojándolo contra la pared. Una de las ventajas de estar con un hombre: la delicadeza no tiene lugar dentro de una situación como esta.

Y al parecer Belyan pensó igual que yo, porque en lugar de molestarse, me dedicó esa obscena sonrisa una vez más, viéndome dar el paso necesario para unir nuestros cuerpos de nuevo, y ahora ser yo quien tomaba control de su boca mientras que de un tirón rompía todos los botones de su camisa. Gimió contra mis labios a causa de tal rudeza, cerrando sus manos fuertemente sobre mis caderas y pegándome más a él, hasta sentir su erección contra la mía, rozando de forma insistente a través de los pantalones de cuero para poder encontrar algo de alivio, para buscar mayor contacto, mayor cercanía.

La piel de su pecho contra el mío fue lo que hizo que perdiera la cabeza por completo, separando nuestras bocas para comenzar a recorrer su afilada y áspera barbilla, llegando a su cuello, lamiendo, mordiendo, saboreando, escuchándolo gemir ante las sensaciones que mis caricias le provocaban, llevando una de sus manos hacia arriba hasta convertirla en puño contra mi cabello, para luego utilizarla para guiarme a lo largo de su clavícula, sus pectorales, su marcado abdomen.

Recorrí con mi lengua cada planicie y hundimiento, con impaciencia y excitación, desesperado por llegar mi destino, aprovechando mi viaje sobre su piel para abrir las cuerdas que ataban a su pantalón, arrodillándome frente a él al mismo tiempo en que bajaba la prenda hasta que ésta            quedó alrededor de sus tobillos.

—¿Estás seguro? —murmuré con la poca cordura que me quedaba.

Sus ojos volvieron a chocar con los míos; asintió al tiempo en que tragaba saliva.

—Por favor no te detengas —jamás habría creído que un ruego de esa voz fuera a terminar con todas mis creencias, con todas mis convicciones… pero así fue.

Lo tomé con una mano y su respiración se transformó a constantes gemidos justo al instante en que lo introduje a mi boca. No podía dejar de verlo, por lo que presencié como su cabeza caía hacia atrás hasta chocar contra la pared, como los músculos y tendones de su cuello se contraían, como pasaba saliva y respiraba con cada vez mayor velocidad y dificultad, con su pecho definido subiendo y bajando con un ritmo sin control, colocando ahora ambas manos contra mi cabeza, casi como si temiera que yo me fuera a alejar.

Eso no iba a suceder.

Todo Belyan era intoxicante, su sabor, su olor, sus sonidos, pero la conjugación de todo lo anterior, más la sensación de poder al percibirlo bajo mi comando, bajo mi merced, se transformó en el afrodisiaco perfecto, en el más sublime de los vicios, que cerraba sus garras a mi alrededor para jamás dejarme escapar, convirtiéndome en su esclavo al mismo tiempo en que lo esclavizaba yo a él.

Subí mi palma libre a través de su abdomen, acariciando la tersa piel de sus músculos para luego dejar escapar mi energía espiritual por medio de ella. Belyan comprendió de inmediato mi intensión, por lo que comenzamos una Fluidez que lo único que logró fue enloquecernos aún más a los dos. Yo aún continuaba totalmente vestido, de no ser por la camisa abierta, pero sabía con total seguridad que mis actos y las sensaciones provenientes de él lograrían hacer que explotara sin siquiera tocarme.

—Lórimer —lo escuché murmurar unos minutos después. Mi nombre jamás había sonado más perfecto—. Lórimer, me voy a…

No lo dejé finalizar la frase; cerré mis manos sobre su trasero, ejerciendo presión con mis dedos para así introducir toda su longitud a mi boca: ese simple movimiento lo hizo callar, entendiendo lo que había tratado de advertirme, pero desesperado porque aquello sucediera dentro de mí, que nada de él se desperdiciara, se perdiera. Lo quería todo para mí. Unos segundos después logré mi cometido, escuchándolo ahogar un grito y sintiendo la esencia de mi mejor amigo recorrer mi lengua y mi garganta hasta convertirse en parte de mí, en cuerpo y alma.

No pude contener mi propia reacción, mi propio éxtasis, reaccionando ante el suyo en medio de gemidos que eran amortiguados antes de escapar de mí.

Recargué mi frente contra su hueso pélvico una vez que ambos hubimos terminado, acción involuntaria pero necesaria para recuperar el aliento y de esa manera recobrar también algo de compostura. Lo que acababa de suceder entre mi mejor amigo y yo no era poca cosa, al contrario, era de una magnitud enorme, y yo me había dejado llevar totalmente por mis deseos y mis sentimientos, hasta ahora percibiendo como el temor regresaba junto con la cordura que proporciona el final de la lujuria.

Cerré los ojos sin separarme de Belyan, tratando de prolongar el momento lo más posible antes de que él estallara frente a mí. Lo que jamás esperé fue la reacción que tuvo a continuación…

Soltó los mechones de mi cabello lentamente, también haciendo un intento por regular su propia respiración… sin reclamos, sin gritos, sin reproches, tan sólo sumido en un interminable silencio.

Yo permanecí en donde me encontraba, aún de rodillas, aún con los ojos cerrados, percatándome de inmediato del temblor que invadió el cuerpo de Belyan, de su nerviosismo, lo cual me hizo pensar, no con poco pánico, que comenzaba a arrepentirse.

Carraspeó, removiéndose con tensión.

—¿Necesitas que yo…? ¿Necesitas que…? —su titubeo me enfrió la sangre en las venas.

—Estoy bien —lo interrumpí antes de que se viera forzado a ofrecer algo que no deseaba hacer.

—Ya levántate —me ordenó con voz áspera y brusca, pero lo único que pude hacer fue despegar por fin mi frente de su sudada piel, momentos después escuchando como él se reacomodaba los pantalones y sin decir nada comenzaba a avanzar.

Lo que no oí fue la puerta abrirse o cerrarse, y esto me obligó a despegar los parpados y girar el rostro para estudiar la habitación. Belyan ya se encontraba cómodamente recostado sobre una de las camas matrimoniales del lugar, observándome con una expresión que viajaba de la diversión al nerviosismo.

—¿Piensas venir? —agregó con menos rudeza que antes.

La pregunta me arrancó una ridícula carcajada.

—Creo que ya lo hice.

Fue su turno de reír.

—¿Piensas acostarte? —corrigió.

—Ahm… Primero necesito un baño —contesté, literalmente sonrojándome, lo cual le provocó todavía más risas, observando hacia la ingle de mis pantalones manchados.

—Está bien. No te tardes —fue lo último que me dijo antes de acomodarse más cómodamente sobre el lecho sin dejar de observarme, por lo que, con sus ojos puestos en mí, fui yo quien abandonó la recámara, dándome la ducha más rápida de la historia para en minutos volver a él.

Se le veía somnoliento, pero todavía despierto, con esa mirada azul totalmente pendiente de cada movimiento que mi cuerpo realizaba. No se me había ocurrido llevarme un cambio de ropa al baño, por lo que esculqué en un ropero que se encontraba en la esquina del cuarto, donde encontré un pantalón de pijama y una playera que de inmediato me puse, avanzando después hacia la segunda cama de la habitación.

—¿Qué haces? —la voz de Belyan logró detener mis acciones.

—¿Acostarme? —inquirí, más que respondí.

Mi mejor amigo alzó ambas cejas.

—Esta cama es lo suficientemente grande para los dos, Lórimer.

Me temía que llegaría el momento en que Belyan se diera cuenta de que lo único que tenía que hacer era decir mi nombre para lograr que yo realizara cualquier cosa que él deseara.

Tragué saliva y sin mirarlo me acomodé a su lado, escuchándolo suspirar justo antes de quedarse dormido, como si mi presencia hubiera sido lo que le hacía falta para poder descansar de verdad. Ese pensamiento me produjo una sonrisa y una efímera sensación de paz, que fue lo que me ayudó a quedarme dormido yo también.

Sin embargo y como de costumbre, a la mañana siguiente desperté solo, provocando eso que me preguntara si lo sucedido había sido real, o simplemente uno más de mis sueños.

Desencuentros

Belyan

 

Lórimer estaba ahí; estaba justo ahí, a poco espacio de mí, con una expresión pacífica en el rostro dormido y una diminuta sonrisa en los labios entreabiertos, inconsciente a causa del cansancio y de la forma en que había abusado de su propia energía, tanto física como espiritual.

Estaba justo ahí.

A mi alcancé.

Sus pasadas acciones habían sido, obviamente, descontroladas. Él casi nunca se comportaba así, al contrario, era mesurado, razonable y siempre al tanto de lo que hacía, por lo que la única explicación era que el sueño había provocado en él el mismo efecto que el licor, deshaciéndose de sus inhibiciones y moviéndolo a actuar de manera suelta y genuina.

Era yo quien ya no le podía echar la culpa a ninguna bebida embriagante. Yo, quien había reaccionado en un milisegundo a causa de su efímera caricia. Yo, quien ahora no encontraba en mí la voluntad suficiente para marcharme de su lado, todavía con el cuerpo doblado sobre Lórimer, con mis manos en el colchón a los costados de sus amplios hombros, sosteniéndome encima de mi mejor amigo sin ser capaz de arrancar mis ojos de sus facciones.

—¿Qué carajos me estás haciendo, Kabarlee? —susurré a sabiendas de que no me escucharía, ya completamente perdido en su propio subconsciente, mientras que a mí me era imposible reaccionar, alzarme, dejar de mirarlo, de estudiar esa cara que me era tan familiar pero que al mismo tiempo parecía estar descubriendo por primera vez.

Aproveché el instante para sincerarme conmigo mismo, aceptando que en realidad Lórimer no me estaba haciendo nada: era yo quien estaba sufriendo una transformación que no me sería posible detener; mi mejor amigo tan sólo se había tratado del catalizador para que este Belyan que había permanecido oculto en las sombras de mi alma fuera emergiendo para cobrarse todo el tiempo que lo había mantenido cautivo, arañando, golpeando y rugiendo al escapar, y provocando que esta revolución interior me mantuviera en un estado de mal humor constante y que terminara desquitando el enojo que sentía contra mí mismo en los demás.

En Lórimer, más que nadie, quien se encontraba justo ahí.

A mi alcance.

¡Mierda, yo tampoco lo quería perder! Y si le permitía a mi mente y a mi cuerpo proseguir por los rumbos por los que viajaba, me arriesgaba a eso y a cosas mucho peores, por lo que finalmente encontré las fuerzas para enderezarme y dirigir a mis pensamientos hacia cosas más apremiantes que mi estúpido caos mental: las acusaciones contra Matheo y el arresto de mi hermano.

Descendí al primer piso para toparme con lo que ya me sospechaba, Lylibeth y Vanessa discutiendo a gritos, como era su costumbre; sabía que aquellas dos mujeres se tenían un cariño muy especial, y aún más después de haber estado conectadas durante la época de la guerra contra Arématis, pero eso no quería decir que no se gritaran a menudo y que sus formas de ser chocaran más frecuentemente de lo que a todos nos gustaba. El argumento estaba por escalar a tal grado que tuve que bajar los últimos escalones de un brinco, con la finalidad de interponerme entre ambas antes de que el conflicto se tornara físico.

—Cálmense… ¡Cálmense! —tuve que gritar al tiempo en que me situaba en el centro, con los brazos alzados en dirección a cada una de ellas—. ¿Qué carajo con ustedes dos?

—¡Mi compañero de vida ha sido arrestado y la rubiecita quiere que me quede en el Territorio del Primero cruzada de brazos! —espetó mi cuñada con furia.

—¿Sí? ¡Pues mi compañero de vida está sabrá la Naturaleza dónde para poder mantener el rastro lejos de nosotros y por haber ayudado al tuyo! ¡Y dijo que nos veríamos aquí, así que no nos moveremos! —respondió Lylibeth de igual manera.

—¡Me importa un comino lo que haya dicho Bradd! ¡Tengo que ir a buscar a Erick!

—¡Y yo te repito que no seas idiota! ¡Qué esperes a que sea mejor momento!

—¡Si fuera Braddgo no dirías lo mismo!

—¡Braddgo no es tan estúpido como para dejarse atrapar!

Puta madre¸ pensé al escuchar la última frase de Lyli: golpe bajo y muy mala elección de palabras. De forma instintiva me volví hacia Vanessa y que bueno que lo hice, ya que apenas conté con medio segundo para sujetarla por la cintura antes de que se dejara ir contra la otra mujer.

—¡Suficiente, Vanessa! —exclamé sin soltarla—. ¡Y tú también! —agregué viendo como Lylibeth sonreía burlona.

—Es ella la violenta —articuló ésta última con inocencia muy mal fingida.

—Sí, claro. Sobre todo porque tú no disfrutas de provocar a la gente.

Lyli se encogió de hombros.

—Yo nunca he negado eso.

—Hija de tu… —mi cuñada estuvo a punto de escapárseme, pero logré retenerla una vez más.

—Si quieres ir a ver a Erick, yo voy contigo —le dije sabiendo que sería lo único que la tranquilizaría.

Logré mi cometido, sintiéndola detener sus esfuerzos por librarse de mis brazos, girando después la cabeza hacia mí.

—¿De verdad?

—Por supuesto. Lo más seguro es que se lo hayan llevado a la Jungla de Morarye. Aguardemos a que amanezca y así le otorgamos unas cuantas horas a Bradd para que llegue; si para la salida del sol no ha aparecido, los gemelos se pueden quedar a esperarlo en lo que nosotros vamos, ¿te parece?

Sentí a su espalda inhalar y exhalar profundamente contra mi pecho, en un claro esfuerzo por obtener algo de serenidad y paciencia.

—Está bien —accedió relajándose un poco entre mis brazos, aunque todavía miraba a Lylibeth como si deseara arrancarle cada uno de los rizos dorados, de uno por uno.

—Ok, ahora que ya se te pasó la histeria, trataré de dormir un rato —se le ocurrió añadir a la rubia.

—¡Por todo lo que es sagrado, Lylibeth! ¿Quieres dejar de estar jodiendo? —la reprendí, aunque no pareció afectarle en lo absoluto: sonrió y nos pasó de largo rumbo a las escaleras—. Ignórala.

Mi cuñada soltó un bufido.

—Llevo más de veinte años intentándolo.

La frase me provocó una sonrisa y el entendimiento de que Vanessa ya se encontraba más tranquila, por lo que finalmente la dejé ir.

—Ve a descasar tú también —le dije—. Yo haré guardia.

Ella negó.

—No podré dormir, Belyan. No en estas circunstancias.

—Mañana será un día todavía más pesado, Vanessa. De menos inténtalo.

—Lórimer está en mi cama.

Tragué saliva. No tienes por qué recordármelo.

—Usa la que Lylibeth dejó libre.

Negó una vez más.

—No deseo ni verla en estos momentos. Es capaz de que la asfixio con una almohada si la tengo cerca —me hizo reír—. Sube tú. Yo me quedo en la sala.

No quería. La elección entre una habitación y otra creaba demasiada tentación… tentación que no me sentía con fuerzas de resistir.

—Si mi hermano se entera que te dejé vigilando sola, me mata —todavía no terminaba de hablar cuando Vanessa ya había girado con rapidez frente a mí, terminando con una daga presionada apenas encima de mi yugular.

—Erick es completamente consciente de que me sé cuidar sola —murmuró ella con una sonrisa autosuficiente, guardando el arma en su bota una vez más, por lo que fue hasta ese momento que me enteré de dónde la había sacado.

Aquella mujer en serio que era buena en lo que hacía.

—De acuerdo —accedí a regañadientes, depositando un suave beso de buenas noches sobre su desordenado cabello oscuro antes de ascender al segundo piso.

En el pasillo entre las dos diferentes recámaras fue que la tortura comenzó. Una era la del cuarto de los pequeños, en donde seguramente Lylibeth se encontraba, la otra era la que llevaba a la habitación de mi hermano y su compañera de vida, en donde Lórimer había caído rendido hacia unos minutos.

Se me formó un nudo en la garganta al observar esta última, girando mi cuerpo hacia ella hasta alzar una mano y colocar la palma contra la pulida madera, enterrando mis dedos de tal forma que estuve a punto de provocar rasguños a pesar de lo cortas de mis uñas. Respiraba agitadamente, como si acabara de correr durante kilómetros, mi cuerpo entero se sentía inestable, siendo necesario que recargara mi peso completo sobre la puerta para poder mantenerme en pie, y mis ojos se cerraron en un intento por visualizar el interior.

¿A quién carajos intentaba engañar? Esta era una batalla que no ganaría.

El problema no era recostarme junto a mi mejor amigo, no; esta no sería la primera vez que Lórimer y yo durmiéramos en la misma cama, pero sí la primera vez en la que no sabía si lo que de verdad deseaba era sólo dormir… u otra cosa más…

¿Cómo era posible que un beso hubiera sido capaz de alterar mi existencia de manera tan cabal, radical e irreversible?

Aunque mi alma era consciente de que no se debía nada más al simple beso, sino a la persona de quien había provenido: un hombre que en unos cuantos segundos se encargó de regresarme a la vida: durante décadas había sido un espectro de mí mismo y, ahora que Lórimer me había despertado de mi autoimpuesto letargo y aturdimiento, todo a mi alrededor y en mi interior se había transformado, a pesar de que en apariencia continuara igual.

La tentación por fin ganó la partida. Abrí la puerta con lentitud y en silencio, observando la oscuridad del interior del cuarto por medio de un hechizo de visión, cerciorándome de que el gemelo siguiera ahí en soledad y de que a su hermana no se le hubiera ocurrido dormir junto a él.

Un inesperado suspiro de alivio inundó mis pulmones cuando me percaté de que era nada más Lórimer quien estaba en la habitación, por lo que entré y nos encerré de la forma más sigilosa que pude, deshaciéndome luego de botas y armas para después recostarme muy despacio a su lado, acomodándome sobre mi costado para poder observarlo dormir durante unos minutos.

Uno de mis brazos cobró vida propia y se removió sobre el lecho, deteniéndose hasta colocarse pegado al de mi mejor amigo, apenas tocándolo, llegando a mí piel su calor corporal a través de nuestras prendas.

La visión de él, su acompasada respiración, su cercanía y su simple presencia fueron arrullándome despacio; la suave paz que emanaba de su espíritu me hizo sentir más relajado de lo que había estado en años, así que en poco tiempo el cansancio también me venció a mí, siendo Lórimer lo último que vi y percibí antes de sumirme en un plácido sueño.

 

 

Lórimer

 

Desperté a la mañana siguiente después de una noche entera de sueños poblados únicamente por Belyan, pero como aquello ya no era novedad para mí, ignoré la punzante sensación de soledad que me provocó el abrir los ojos en una cama vacía y, después de darme una rápida ducha, vestirme y armarme, baje al primer piso con celeridad, al percibir por medio de mi repuesta energía espiritual que la cabaña se encontraba casi vacía, contando sólo con la presencia de mi gemela y mi cuñado, a los cuales encontré sentados a la barra de la cocina, desayunando.

—Buenos días… Qué bueno verte bien —le dije a Braddgo dándole una palmada en la espalda al pasar tras él, quien me respondió con un asentimiento y una pequeña sonrisa—. ¿Cuáles son las novedades? —inquirí al servirme un tazón de avena que probablemente Lyli había preparado, tomando después asiento en uno de los bancos desocupados.

—Vanessa y Belyan partieron hace un par de horas rumbo a la Jungla de Morarye para intentar hablar con Erick —contestó mi hermana—. No quisimos despertarte cuando llegó Bradd porque estabas demasiado agotado.

Se los agradecí, puesto que aquello era verdad, llevándome después una cucharada de comida a la boca.

—¿Y tú averiguaste algo? —pregunté después de masticar, mirando al cerrajero, quien repitió su asentimiento al contestar.

—Logré comunicarme con Forley —comenzó—. Me dijo que ante la evidencia, se vio forzado a autorizar el arresto tanto de Matheo como de Erick, éste último por haberlo ayudado a huir, pero hará lo posible por que tu hermano tenga un trato justo, al igual que Govami, si es que llega a ser encontrado… El problema ahora es que, al menos por el momento, Forley tuvo que ceder las riendas de las averiguaciones, así que son otros miembros de la Círculo de Paladines los que están a cargo de la investigación y los consiguientes interrogatorios, porque saben que mi hermano podría no ser imparcial a causa de su relación familiar y de amistad con nosotros. Sin embargo… —había estado a punto de agregar algo más cuando la puerta de la cabaña se abrió de golpe, dando paso a Belyan y a Vanessa, los cuales portaban idénticos gestos de furia e impotencia en los rostros y tensión extrema y visible en sus cuerpos.

—¿Qué sucedió? —preguntó Lylibeth mientras todos nos poníamos de pie.

Vanessa soltó un grito de frustración tan potente que nos arrancó a todos un sobresalto.

—¡No nos dejaron verlo! ¿Pueden creerlo? —exclamó unos instantes después, exudando ira en cada palabra y en cada movimiento—. Sus pretextos fueron que estaba siendo interrogado y por el momento no era posible darnos acceso al “prisionero”. Así lo llamaron: “el prisionero” ¡como si se tratara de un criminal!

Fue necesaria tanto la intervención de Bradd como la mía para poder calmarla; mi hermana no habló, ya que había sido contagiada por la cólera de Vanessa, así que me supuse que por eso, inusualmente, prefirió permanecer callada. Y Belyan se caracterizaba por mantener las emociones embotelladas por medio de silencios, haciéndolas explotar cuando no le era posible reprimirse por más tiempo, así que en aquel instante permanecía también sin decir palabra, con la postura muy erguida, las piernas abiertas y los brazos cruzados al pecho, como si intentara contenerse incluso físicamente.

—Irán a buscar a Matheo al Dominio Exterior, eso fue de lo único que logramos enterarnos, a pesar de que Erick no les proporcionó absolutamente nada de información —articuló Vanessa una vez que se tranquilizó un poco—. Así que ahora debemos encontrar la manera de avisarle a Matheo que se esconda, y a la vez buscar alguna forma de sacar a mi compañero de vida de prisión.

Nadie agregó nada. No porque estuviéramos en desacuerdo, sino porque lo que ella proponía era altamente ilegal, y aun así era lo que todos habíamos estado pensando también, sólo que Vanessa se nos había adelantado en proponer aquel plan.

—Divide y vencerás —habló Belyan por primera vez desde su llegada—. Debemos separarnos para así confundir a los imbéciles que todavía siguen tras nosotros. Algunos trasladarnos al Dominio Exterior, mientras que el resto permanezca aquí para vigilar la Jungla de Morarye.

Vanessa y yo teníamos más experiencia en desenvolvernos fuera de los Dominios del Ónix Negro, por lo que se decidió que seríamos nosotros quien iríamos en busca de Matheo, a pesar de que nos costó convencerla de dejar la planeación para liberar a Erick en manos que no fueran las suyas. Mi gemela y Belyan se quedarían aquí para monitorear el cuartel de los paladines y así buscar un punto débil de acceso para sacar a Erick de ahí. A ninguno de nosotros se nos escapaba la ironía de que la mejor persona para planear aquello hubiera sido el mismo Erick, ya que había sido uno de los arquitectos encargados de reconstruir el lugar cuando había sido destruido por Arématis, así que tendríamos que utilizar los conocimientos que Belyan tenía al respecto para encontrar la forma de liberarlo.

Bradd era el único comodín con el que contábamos por el momento, pero cuando le preguntamos qué haría, dijo que también viajaría al Dominio Exterior tras la pista de Govami, ya que había sido él quien creó el portal por el que nuestro amigo había escapado. No fue sino hasta que ya nos alistábamos para marcharnos que mi cuñado nos detuvo a Lylibeth y a mí.

—¿Qué ocurre? —pregunté con desconcierto, confundido ante su cautelosa actitud.

Mi hermana arrugaba el ceño con la misma desorientación que yo.

—No quise decirle nada a los Varzzen para no darles falsas esperanzas, pero Forley también me habló de una pista nueva. Algo que la Congregación no está tomando mucho en cuenta pero que podría ayudarnos a conseguir una coartada para Matheo.

—¿De qué hablas? —Lylibeth se me adelantó al expresar la cuestión.

—Favyola Linmar. Es una cerrajera. Dómine de Portales. Fue quien instruyó a Matheo hace unos años, según me dijo mi hermano, y existe el rumor de que los vieron juntos en el mismo lapso de tiempo en que ocurrió el crimen.

—¡Tienes que encontrarla! —articuló mi gemela en voz baja, pero con obvio énfasis.

Braddgo asintió.

—Lo intentaré. Favyola es nómada por naturaleza, así que trataré de dar con ella en lo que ustedes buscan a Govami y crean un plan para sacar a Erick. Mándenme a algún caballo a buscarme si necesitan que vuelva. Su presencia me alertará de que es importante que regrese, ¿de acuerdo?

Los dos accedimos sin hablar.

 

Encontrar a Matheo no sería una tarea fácil, y lo sabía. Nuestro amigo había pasado las últimas décadas evadiéndonos, así que si para algo era muy bueno era para ocultarse.

Fue por ello que decidí dedicar mis esfuerzos a distraer a los espías que nos seguían, intentando cubrir el rastro de Vanessa cuando los dos nos separamos antes de marcharnos al Dominio Exterior.

Por el hecho de haber estado conectados durante un tiempo, ella sería mejor para rastrear la energía espiritual de Matheo, aparte de que, por lo mismo, la Congregación sospecharía más de Vanessa que de mí, por lo que era más conveniente que yo sirviera de carnada mientras que la antigua Elegida se dedicaba al cien por ciento a buscar a Govami.

Y algo más: el estado mental en el que me encontraba no era de mucha ayuda para concentrarme, y si es que llegaba a dar yo con Matheo, cualquier descuido de mi parte podría guiarlos directamente a él.

Esto último no lo admití ante nadie, pero lo tomé en consideración al momento de elegir qué hacer. Belyan ocupaba la mayor parte de mis pensamientos durante la mayor parte del tiempo, y no quería que los demás pagaran por culpa de mis colosales errores.

Para colmo de mi mala suerte, Belyan y yo fuimos los últimos en partir del Territorio del Primero, dando paso a una incómoda despedida que, apenas unos días antes, se habría llevado a cabo de forma muy diferente.

Casi siempre nuestras misiones eran en conjunto, pero cuando existían aquellas que debíamos llevar a cabo por separado, nos deseábamos buena suerte e intercambiábamos dagas, como si de alguna manera aquello fuera garantía suficiente de que regresaríamos con bien, para poder devolvernos las armas prestadas.

Esta vez no fue así y, por extraño que parezca, fui yo quien no logró enfrentar a mi mejor amigo para hacer el canje. Lo observé a lo lejos, dándome cuenta de que él llevaba un brillante cuchillo en el puño y que estaba por entregármelo, observándome con un dejo de desconcierto y con bastante melancolía cuando yo no me detuve, avanzando y ocultando la avergonzada mirada, para luego perderme a mitad del bosque, expandiendo mi energía para que los paladines que continuaban vigilándome me siguieran hasta un alejado portal, ya que Vanessa usaría el del Cerro del Muerto.

La culpabilidad me embargó en segundos, pero no fue lo suficientemente fuerte como para hacerme volver.