Belyan

 

En serio no creía estar volviéndome loco: aquel pequeño se parecía tanto a Govami que bien podría pasar por su hijo, y al parecer no fui el único que lo pensó, perdiéndome de la reunión que se estaba llevando a cabo en la playa por no poder dejar de observar al niño.

Fue Lórimer quien, al hablar, hizo eco de mis pensamientos.

—No sabía que habías tenido un hijo en estos años que no nos vimos, Matheo —articuló, sonriendo y arrugando la frente al mismo tiempo.

Nuestro amigo rio con ganas.

—Luca no es mi hijo, Lórimer. Es mi amigo… Aunque estoy en proceso de convencerlo de ser parte de nuestra familia —añadió para luego presentárnoslo formalmente; pero a pesar de que el pequeño nos dio la mano con solemnidad, no pronunció palabra alguna.

A decir verdad, no lo había hecho desde nuestro arribo.

Tanto Lórimer y yo lo notamos, pero una breve negación por parte de Matheo nos hizo entender que la situación era más complicada de lo que aparentaba, por lo que una explicación tendría que aguardar, por lo que tanto mi mejor amigo como yo asentimos sin presionar.

La reunión entre abuelo y nieta se llevó a cabo de forma esperada, con ella un poco sentimental y con esa confusión que se forma en la gente del Dominio Exterior por el hecho de que tus mayores no luzcan mucho más viejos que tú; lo realmente entretenido vino cuando Matheo nos introdujo a Eridani, ya que su rostro se sonrojó ligeramente, expresó una gigantesca sonrisa y parecía estar a punto de ponerse a gritar o algo por el estilo.

—¿Comenzarás a pedir autógrafos ahora, Eridani? —inquirió Govami, atrayendo su atención.

—No lo sé. Estoy algo ocupada decidiendo entre golpearte o burlarme de tus celos.

—Yo no estoy celoso.

—¡Auch! Tus afiladas respuestas me dejan sin habla.

—Bien jugado —aceptó él, volviéndome hacia el gemelo y hacia mí, que observábamos el pleito con una mezcla de diversión y asombro. ¿Matheo, dejándose ganar? Esta chica de verdad tenía que ser especial—. Casi no hay víveres en la casa —agregó entonces—. ¿Me acompañan a recolectar vegetales y a cazar algo para comer?

Ambos accedimos al entender que lo que nuestro amigo pretendía era darles un poco de privacidad a la recién reunida familia, invitando incluso Luca a venir con nosotros, quien reticente, aceptó.

Minutos más tarde los cuatro nos marchamos, dejando a Eridani en la ducha y a su padre y su abuelo aguardando por ella.

 

 

Cazamos, recolectamos, volvimos. Comimos, charlamos y hasta una fogata con música armamos. Presenciamos un pequeño concierto que luego dio paso a un interesante drama entre Eridani y Matheo. Todo bien hasta ese punto…

Desafortunadamente, el buen humor con el que había amanecido esa mañana se vio por completo aniquilado cuando la mujer aceptó la Elevación forzada, la cual decidió que realizáramos esa misma noche.

Y no a causa de Eridani o de que no quisiera ayudarla, sino de que la mayor parte del día había transcurrido de manera alegre, casi relajante, en compañía de amigos, de Lórimer, y de la promesa silenciosa pero siempre presente de más “experimentos” que estaban por venir.

Todo eso se esfumó ante la perspectiva del dolor que le causaría a la bella y bienintencionada joven, porque si una Elevación normal era intensa, una a destiempo rayaba con los límites de una verdadera tortura…

Lo cual comenzó a traer pesados y escabrosos recuerdos a mi mente, recuerdos que a diario luchaba por erradicar antes de que tomaran total posesión de cada uno de mis minutos, de cada una de mis respiraciones, de cada uno de mis parpadeos.

Me concentré en las instrucciones que Dem le daba a su nieta para así alejar a los pensamientos que me asaltaron al instante en que tomé uno de sus brazos con mis manos, preparando a mi espíritu para lo que vendría a continuación.

—Esto va a quemar y va a lastimar, pero necesito que recuerdes no resistirte; entre más forcemos a tu espíritu, más doloroso será. Mantén siempre en mente que al final estarás bien, ¿de acuerdo? —le aclaró Dem, mientras la sosteníamos entre los dos—. Te digo todo esto porque, una vez que comencemos, no habrá marcha atrás; por más que nos pidas que nos detengamos, no podremos hacerlo. Te pido disculpas desde ahora por ello.

Ella inhaló con profundidad.

—No te preocupes.

—Créeme, mi idea de esta reunión familiar no involucraba torturar a la nieta que acabo de conocer —agregó él con una fingida aunque tierna sonrisa.

Tortura, fue la única palabra que se quedó en mi mente al instante en que comenzamos, recordando sin querer el dolor del que había sido presa yo cuando Arématis se había apropiado de la mayor parte de mi alma, así como el que estuvo presente durante cada día como desalmado, hasta el hirviente calor que me quemó por dentro cuando Vanessa por fin me la devolvió.

Tortura. La palabra volvió a hacer eco en mí: había existido el tiempo en que disfrutaba de esto: disfrutaba y me excitaba de cada segundo en el que me era posible infligir sufrimiento, sintiendo una macabra y retorcida alegría al percibirme más poderoso que los demás, al darme cuenta de que su vida se encontraba, literalmente, en mis manos.

¿Por qué carajos me era imposible deshacerme de esas malditas sensaciones? ¿Por qué mi tiempo como desalmado seguía persiguiéndome así?

Y para acabar de machacar la poca autoestima que me quedaba, fue entonces que Eridani comenzó a gritar, a rogar, a suplicarnos que nos detuviéramos, forcejeando sin darse cuenta con la finalidad de deshacerse de nuestro agarre.

Cerré los ojos deseando poder también cubrirme los oídos, en un vano intento por esfumarme del momento, por ignorar esos recuerdos que me torturaban a mí a causa de lo mucho que había gozado de todo el mal que había cometido.

—Creo que comienza —murmuré al percibir la energía de su espíritu ir emergiendo con mayor fuerza a través de su afiebrada piel, asiéndome de cualquier cosa que me distrajera de la serie de lúgubres recuerdos de los que no lograba deshacerme por completo.

—No te detengas aún — me indicó Dem con concentración, por lo que obedecí sin agregar más.

Miré a Lórimer entonces, tal vez en busca de algo de fuerzas, tal vez en busca de algo de paz, pero él no fue capaz de otorgarme aquello que yo necesitaba, ya que forcejeaba con un enardecido Luca en ese momento, quien parecía encontrarse fuera de sí, desesperado por llegar hasta Eridani y detener de alguna manera lo que le estaba sucediendo.

La expresión preocupada de mi mejor amigo atrapó por un instante mi atención: su rostro lucía serio pero angustiado; su semblante fuerte, pero compasivo.

Y no por primera vez pensé en lo mucho que aquel hombre se merecía.

Lórimer era una de las mejores personas que había conocido en mi vida, desde su núcleo hasta su exterior, pasando por su forma de ser, por su físico, por su manera de enfrentar a la vida y cada uno de sus retos, por su valentía, su sensatez, su lealtad y su intrínseca bondad.

¿Y quién carajos era yo?

Un ex-desalmado mal encarado y malhumorado que no tenía idea de lo que hacía o de lo que quería.

¡Mierda! ¿En qué jodidos había estado pensando al dejarme llevar? Esto no iba a acabar nada bien, y si terminaba por perder a Lórimer en el proceso, ya nada más tendría sentido.

 

 

Lórimer

 

—¿Estás bien? —aquella era una pregunta innecesaria, porque sabía de antemano la respuesta; sin embargo, eso no me impidió el hacerla, al momento en que cerré la puerta tras de mí en la habitación que había compartido noches antes con Belyan, en Abadiy Vintro.

Mi mejor amigo y yo habíamos vuelto al refugio después de la Elevación de Eridani, y desde entonces hasta este segundo, Belyan se había encontrado demasiado callado, distante, frío; como si lo sucedido en Talesca le hubiera afectado mucho más de lo que ni él ni nadie se hubiera imaginado, y mucho menos porque aquella había sido su idea.

No estaba bien, aquella era la respuesta a mi cuestión inicial; ahora sólo me restaba averiguar qué era lo que le estaba pasando, qué era en lo que pensaba que lo había mantenido taciturno y sombrío durante nuestro arribo a Abadiy Vintro, durante la recapitulación que hice para los demás habitantes actuales del lugar, e incluso cuando se marchó a la recámara antes de yo terminara de narrar lo acontecido, usando como pretexto el cansancio que la Elevación forzada le había provocado.

Si de verdad se sentía tan agotado, ¿por qué no estaba ya metido en la cama durmiendo?

No. Supe que aquella había sido una excusa cuando ingresé para encontrarlo de pie frente a una de las ventanas, con la espalda muy recta, las manos en los bolsillos y los ojos puestos en la nieve y la oscuridad del exterior.

—¿Belyan? —insistí al no recibir palabra de su parte, o movimiento, o cualquier cosa que me dejara saber que era consciente de mi presencia.

—No —su tono fue tan bajo que apenas si lo escuché, incluso por encima del silencio que reinaba en el refugio.

Le eché el seguro a la puerta y muy lentamente fui caminando hacia él; su energía se sentía tan potente y en tanto conflicto que me daba miedo avanzar muy deprisa y terminar por hacerlo huir.

—¿Qué sucede? —pronunciar esa nueva pregunta también me había producido temor, pero no era momento para acobardarme.

Hacía décadas que no sentía a Belyan en el estado en que se encontraba ahora, y si me necesitaba, estaría ahí para él de cualquier forma que me fuera posible.

—Fuego.

Junté las cejas antes su críptica respuesta, deteniéndome a un par de pasos de su espalda.

—¿Fuego?

—Fuego —repitió inmóvil, con voz áspera—. Un desalmado no cuenta con su espíritu para hacer uso de él como arma, así que mi instrumento de tortura de preferencia era el fuego.

Sus frases me provocaron una parálisis instantánea, afectando incluso a mi respiración. Comenzaba a comprender: Belyan no hablaba mucho de las cosas que había llevado a cabo durante su cautiverio con Arématis, pero después de su participación en la Elevación a destiempo, de la reacción de Eridani y de Luca a ella, y de sus anteriores palabras, las imágenes que desfilaban en la mente de mi mejor amigo comenzaban a tornarse más claras para mí.

Culpabilidad.

Todo se resumía a ese sentimiento.

Y sabía que tenía que hacer algo para ayudarlo a escapar de las garras de tan negativa emoción, el problema era que no se me ocurría cómo y que rápidamente se me iban acabando las ideas.

Reaccioné pocos segundos después, deshaciéndome del espacio que quedaba entre nosotros hasta que mi pecho estuvo pegado a su espalda, nuestras estaturas similares ayudándonos a embonar perfectamente, a pesar de que él de inmediato se tensó contra mí.

Cerré un brazo alrededor de su cadera al adivinar sus intenciones de alejarse, y antes de permitirle hacer o decir otra cosa, coloqué mi mano libre con la palma abierta a la altura de su cuello, dejando escapar mi energía espiritual amarilla, la cual iluminó un poco a nuestro alrededor.

—Dame de tu energía, Belyan —murmuré contra su nuca.

Se tardó tanto en obedecer que por un momento estuve a punto de darme por vencido, pero entonces levantó su brazo hasta entrelazar sus dedos a los míos, dando paso a la primera Fluidez que llevábamos a cabo sin ningún otro fin más que entrar en contacto el uno con el otro.

Lo sentí suspirar y relajarse un poco sobre mí, al momento en que su alma iba enlazándose con la mía, yendo y viniendo de un cuerpo a otro en perfecta armonía.

—¿Lo percibes? —pregunté arriesgándolo todo por el todo.

—¿Percibir qué? —murmuró.

—Lo que mi espíritu siente por el tuyo. Cada emoción que potencializas en mí por el simple hecho de ser tú.

Sus dedos se cerraron con mayor fuerza entre los míos, mientras tragaba saliva audiblemente y respiraba con dificultad.

—Porque ese eres tú, Belyan. Tu alma. Esa es tu verdadera esencia, lo que en realidad te defina… Y no lo que hayas hecho cuando la perdiste, porque esas acciones fueron cometidas por alguien que no eras tú. Tal vez luciría y se movía y hablaba como tú, pero no lo eras… Este —recalqué por medio de nuestras energías unidas—, eres tú.

Se giró tan rápido que me arrancó un sobresalto, besándome sin deshacerse de la Fluidez ni de nuestro abrazo, cerrando su mano libre en mi cabello con tanta fuerza que se me escapó un involuntario gemido que mezcló de manera exacta sorpresa, dolor y placer.

Y mi asombro se triplicó cuando, unos minutos después, despegó sus labios de los míos y habló sin mover su mirada de mis ojos.

—Ya no quiero experimentar.

—¿Qué?

—Ya no quiero experimentar —repitió destrozándome por unos segundos, para luego volverme a componer con una sola petición—. Quiero que seas mío… Necesito que seas mío.

Perdí el aliento ante la alegría, ante el miedo, ante los miles de sentimientos que me atacaron al mismo tiempo.

Belyan era un desastre, un hermoso caos, y aquello se podía apreciar con claridad en su mirada, pero por ahora, y después de sus palabras, él sería mi hermoso caos, y yo estaba dispuesto a hacer lo que fuera con tal de borrar esas sombras que continuaban atacando a su atormentada alma.

—Ya lo soy, Varzzen, ¿qué no lo sientes? Pero si de lo que necesitas adueñarte es de mi cuerpo, aquí estoy.

Cada partícula en él se paralizó, con su triste mirada azul estudiando mis facciones, como si buscara alguna mentira dentro de toda mi veracidad, sin encontrar ninguna.

—No te merezco —murmuró con pesar.

Lo atraje de la nuca todavía más hacia mí.

—Míranos… ¡Mírame! Si tú y yo no sucedemos será por tu inapropiada culpabilidad, Belyan, por ese remordimiento al que ya no deberías aferrarte. Eso será tu culpa… Yo nunca he sido de nadie, Varzzen. Nunca —agregué con mayor trasfondo del que jamás había usado—. Ahora contéstame, ¿te perteneceré o no? Porque yo sigo aquí, así que será por completo tu decisión.

Jamás en mi vida había recibido un beso más intenso como el que Belyan me dio en ese momento.

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