Lórimer

 

—Dios mío, ¿qué pasó aquí? —Andrés preguntó con genuino terror en su voz.

—Místicos —le respondió mi mejor amigo sin tacto alguno—, los mismos que raptaron y mantuvieron cautiva a tu hija.

—¡Belyan! —musitamos Dem y yo al unísono, pero él no parecía en lo absoluto arrepentido de haber hecho una clarificación tan brusca.

—Eridani está bien ahora. Está con Matheo…

—Eso no me tranquiliza tanto como tú creerías —articuló Andrés, pero Belyan lo ignoró y continuó hablando:

—Y es por ello que a pesar de que entiendo la premura que sientes por investigar la manera de sacarla de los Dominios del Ónix Negro, tienes también que entender que, por el momento, hay prioridades y peligros mucho más inminentes.

Presioné la mandíbula para mantener la boca cerrada y para controlar el enojo que me invadió. Mi mejor amigo tenía razón, pero podría haber encontrado una forma más compasiva de expresar aquello.

—Tu mejor opción es una Elevación —finalizó, sorprendiéndonos a todos.

—¿Una Elevación? —la voz de Dem sonaba entre esperanzada y asustada.

—Así es. Una forzada, como la que experimentaste tú mismo —agregó Belyan señalando a Andrés.

—No… ¡No! Es demasiado dolor. Es demasiado…

—Si quieres llevarte a Eridani de aquí, si quieres la oportunidad siquiera, es tu mejor opción… De hecho, es tu única opción en este momento.

El trío comenzó a discutir acerca de los pros y contras, de si Dem y Belyan podrían replicar lo que hicieron con Andrés décadas atrás, de dónde podía llevarse a cabo y otros detalles que la verdad dejé de escuchar.

Mi instinto me decía que algo andaba mal, por lo que mi atención se movilizó de los tres hombres a todo aquello que nos rodeaba, dándome cuenta demasiado tarde de que no estábamos solos. Sentí las presencias antes de verlas, y estaba casi seguro de que ellos ya también nos habían sentido a nosotros.

Era momento de huir.

—Tenemos que irnos —murmuré, aunque mi tono fue lo suficientemente alarmante como para que todos giraran el rostro para mirarme—. No estamos solos.

—¡Paladiiiiiiines! —una voz burlona canturreó a lo lejos por entre escombros del bosque; una voz femenina—. ¿Dónde están, queridos? ¡Tengo haaaaambre!

—Mierda —espetó Dem. Si la dragona/humana se acercaba lo suficiente, sería capaz de influenciarnos a los cuatro, y ahora los rehenes terminaríamos siendo nosotros.

Sin agregar nada comenzamos a correr en la dirección opuesta; no había tiempo para un portal, el cual podría ser detectado con aún mayor facilidad que nuestras presencias, por lo que resguardamos nuestros espíritus y escapamos lo más rápido que nos fue posible hacia un arroyo cercano que podríamos usar para camuflar nuestras huellas y nuestro aroma.

—En escala del uno al diez, ¿qué tan malo será que brinquemos al agua? —escuché que Andrés preguntaba casi sin aliento.

—Veinte —contestó Dem, pero aun así nadie se detuvo, percibiendo como la Místicos venían casi pisándonos los talones.

 

 

Belyan

 

La fuerte lluvia que había estado azotando el área desde hacía horas había transformado un riachuelo relativamente tranquilo a un río con corrientes altas, frías, potentes y traicioneras.

Irónico que eran precisamente esas características las que lo convertían en nuestra mejor ruta para escapar intactos, al menos de la influencia de los Místicos.

Uno a uno fuimos saltando al agua, sintiendo el choque del helado líquido antes de emerger a la superficie, dándonos cuenta demasiado tarde de que la fuerza del río nos arrastraba con mayor velocidad de lo que habíamos previsto.

“Veinte”, había dicho Dem. Mil ochocientos noventa y tres me sonaba más adecuado. Pero si las hipótesis de Forley era correctas, era el frío mismo lo que mantendría a los dragones/humanos alejados de nosotros el tiempo suficiente como para huir sin que pudieran detectar nuestras esencias más adelante, ni espirituales ni físicas.

—¡Cascada enfrente! —alcancé a escuchar que Lórimer gritaba con premura desde la delantera, no para que nos detuviéramos (a esas alturas, era prácticamente imposible), sino para que nos preparáramos para la caída

—¡Pies arriba! ¡Rectos al descender! —ordené en beneficio de Andrés, ya que tanto el gemelo, Dem y yo sabíamos qué hacer en situaciones como éstas: tus piernas debían ir delante del resto de tu cuerpo en caso de toparte con alguna roca, y el caer con el cuerpo derecho te ayudaba a tener mayores probabilidades de no golpearte con alguna saliente o de lastimarte al momento de sumersión.

La buena fortuna nos sonrió, ya que el desplome fue sólo de un par de metros; todos volvimos a emerger en el mismo orden, mientras que la corriente seguía arrastrándonos con imparable fuerza. Los cuatro logramos detenernos en una serie de piedras justo antes de una catarata más, ésta más alta que la anterior (le calculé unos diez metros), pero al observar que las Místicas iban acercándose a la orilla, sabíamos que no nos quedaba otra opción que la de seguir saltando.

Mi mejor amigo fue el primero, seguido casi de inmediato por Dem. Andrés titubeaba a mi lado.

—¡Salta!

—¡Ya voy!

—¡Salta! —insistí con más potencia por sobre el sonido del agua, tan atronador que casi ensordecía—. ¡Toma impulso y salta!

—¡Que ya voy!

—¡Nos van a alcanzar, Andrés! ¡Y no sé qué tanto los detenga la temperatura del río!

—¿Tienes idea de lo ridículo que es que alguien que luce treinta años más joven que yo se la pase dándome órdenes? —fue su turno de gritarme.

—¿Tienes idea de lo ridículo que es que después de casi treinta años sigas actuando como un adolescente? ¡Ahora cállate y salta!

Andrés me miró como si quisiera matarme, pero por fin obedeció, tomando impulso con una pierna tras la otra para después brincar cascada abajo; fui capaz de ver como se golpeaba con un par de piedras salientes, pero aun así emergió pocos instantes después de sumergirse, por lo que era mi turno.

La corriente enardecida del río ya arrastraba a Lórimer y a Dem hacia la siguiente caída, la cual se visualizaba a unos cien metros de distancia más adelante, pero mi mejor amigo logró sostenerse de la raíz de un árbol cercano a la orilla, tomando a Dem del brazo, quien a su vez detuvo a Andrés, por lo que por fin salté yo también.

No sé si se debió al frío del agua, a la velocidad con la que éramos arrastrados o a el hecho de que el mismo río camuflaba nuestra presencia, pero después de cuatro saltos más, perdimos por fin a las dragones/humanas que iban tras nosotros, por lo que, en lugar de continuar con la corriente, nadamos con el mayor esfuerzo que nos fue posible hasta llegar a la orilla opuesta.

Emergimos casi a rastras, sin aliento, medio congelados y completamente empapados… Pero al menos nos habíamos deshecho de nuestros perseguidores, y ninguno había sido influenciado en el proceso.

—¿Se encuentran todos bien? —inquirió Dem tomando asiento en el suelo lodoso al mismo tiempo que nosotros.

Mi mejor amigo y yo asentimos, pero su hijo negó, levantándose el pantalón del lado derecho para mostrarnos una larga y profunda cortada en el costado exterior de su pantorrilla, la cual comenzaba a sangrar de forma obvia y copiosa ahora que nos encontrábamos fuera del agua.

—Maldición —murmuró su padre acercándose a él, para de inmediato comenzar a sanarlo—. ¿Portales a partir de ahora? —agregó dedicándonos una rápida mirada a Lórimer y a mí.

—Sí, por favor —fue mi cansada respuesta, poniéndome de pie del sitio en donde había descansado por unos instantes.

Pocos minutos después, en lo que Dem sanaba a Andrés, entre Lórimer y yo logramos abrir un portal que nos llevaría hacia un dominio llamado Floryan, que colindaba con el hogar de Matheo, lo más cerca posible de Talesca, pero también lo suficientemente lejos como para que los dragones no lograran detectarlo con facilidad.

Más sorpresas nos esperaban al arribar a la costa. Afortunadamente, se trataron de sorpresas agradables que ninguno de los cuatro nos imaginábamos.

 

Quiero experimentar.

            Dos simples palabras. Una frase. El significado más profundo del universo.

Sólo contigo… Sólo conmigo.

Cuatro simples palabras. Dos frase. El significado que transformaría por completo el rumbo de mi existencia.

Algo cambió entre ambos a partir del momento en que pronuncié aquello, y a partir de eso y durante nuestra caminata a lo largo de Floryan, las acciones y actitudes entre Lórimer y yo se vieron afectadas radicalmente, incluso a pesar de nuestro inesperado encuentro con Reim.

O tal vez gracias a ello…

El sentimiento de posesión que su mera existencia había despertado en mí se convertía ahora en el motivador perfecto para no permitir que Lórimer se despegara de mi lado más de la cuenta.

Y al carajo con las consecuencias.

Tuvimos que crear el portal alejado de los escudos que rodeaban la Costa de Talesca, ya que, en primera, no queríamos guiar a los Místicos directamente hacia el hogar de Govami; y en segunda, porque Dem nos había indicado que no quería asustar a quienes se encontraban ahí a causa de nuestra presencia, aunque algo me decía que Matheo ya estaba al tanto de nuestro inminente arribo.

Pero no es eso a lo que quería llegar.

Lo que de verdad me había tenido, contradictoriamente, en alerta y distraído al mismo tiempo durante nuestro recorrido (el cual nos ayudó a secarnos y a entrar en calor gracias al deslumbrante sol del atardecer y a la alta temperatura característica del área selvática), eran las maniobras que el gemelo y yo no dejábamos de hacer. Excitantes, clandestinas, sugestivas…

Y debo admitir que parte de la diversión era llevarlo a cabo sin que Andrés y Dem se dieran cuenta.

Varias veces descubrí a Lórimer dedicándome miradas que me decían que no podía esperar a estar a solas y quitarme el uniforme de encima; miradas que con seguridad yo le devolvía de igual manera.

Como si quisieras comértelo entero, y estuvieras dispuesto a aniquilar a quien sea que se interponga en tu camino hacia él, tal vez Reim no había estado tan errado en sus observaciones.

Al caminar, a propósito me acercaba a él más de lo necesario para así rozar el dorso de su mano con la mía, o los dedos, o incluso mantener mi brazo pegado al suyo por la mayor cantidad de tiempo posible antes de que Dem o Andrés nos interrumpieran con alguna pregunta o comentario, o tan sólo pidiéndonos que nos diéramos prisa, pues ya comenzaba a anochecer. Era entonces cuando, una vez que su atención volvía a desviarse de nosotros, el gemelo y yo nos sonreíamos con expresiones llenas de complicidad y expectación.

¿Y lo mejor de todo? Que al mismo tiempo en que esto sucedía, Lórimer y yo bromeábamos y charlábamos como antes, de manera relajada y con la confianza y comodidad que siempre había caracterizado a nuestra amistad. Era como tener de vuelta nuestra relación de siempre, pero ahora con beneficios… Beneficios que no podía esperar por “experimentar”, tal y como se lo había dicho a él.

—Tendremos que acampar antes de que oscurezca por completo —la afirmación de Dem fue capaz de arrancarnos de nuestros furtivos juegos previos, atrayendo nuestra atención al tiempo en que los cuatro nos deteníamos.

—Papá, estoy bien —articuló Andrés con una mueca que mezclaba dolor con determinación.

—¿Qué sucede? —fue Lórimer quien preguntó, arrugando el ceño al notar que algo no andaba del todo bien.

Habíamos estado tan ensimismados el uno con el otro que hasta ahora nos percatábamos de los claros signos de molestia física que presentaba el hijo de Dem.

—No alcancé a sanarlo por completo porque debíamos salir del bosque que rodea a Novatinus antes de que los Místicos nos alcanzaran. Tengo que terminar de reparar el corte, y creo que todos necesitamos un descanso.

—Pero Eridani…

—Se encuentra bien. Te lo aseguro —las palabras de Andrés fueron interrumpidas por su padre—. Sé con exactitud lo que sientes, créemelo —agregó con convicción—: es tu bebé y quieres llegar a ella, pero confío plenamente en Matheo y sé que la mantendrá a salvo hasta que lleguemos. El que ahora no está al cien por ciento eres tú, y aún nos faltan bastantes kilómetros, más escudos que sortear, para poder llegar hasta la casa de Govami.

Era entretenido ver a Dem actuando tan intrínsecamente paternal hacia un sujeto que lucía de su misma edad, aunque eso no quería decir que dejara de ser su hijo. Pero siendo honesto, eso no era el enfoque central de mi mente.

No.

Mi cerebro de inmediato fue asaltado por imágenes de tiendas de campaña diminutas, oscuridad, silencio y el gemelo junto a mí.

Su rostro giró hacia el mío al tiempo en que yo lo observé a él; una simple mirada y supe que Lórimer estaba pensando lo mismo que yo.

—Acampemos —exclamamos al unísono, sobresaltando a nuestros acompañantes, que aún había estado discutiendo acerca de descansar o continuar.

Tres contra uno.

Quince minutos más tarde la fogata ya ardía y las dos casas de campaña ya estaban erguidas. Creo que nunca en mi ida había alzado una tienda con tanta rapidez. Jamás hubiera imaginado que la lujuria fuera un estímulo tan efectivo.

Dem terminó de sanar a Andrés, cenamos juntos los alimentos que procuramos en Prismma Zeben y, después de crear escudos espirituales alrededor del claro en medio de la selva de Floryan en donde nos habíamos asentado, Andrés se fue a acostar, su padre se ofreció a tomar la primera guardia, y Lórimer y yo ingresamos al pequeño espacio de la casa de campaña en completo silencio, ambos con la expectación a flor de piel.

Podía percibir su nerviosismo alimentar al mío, sintiendo la boca seca, las palmas húmedas y el corazón desbocado… y eso que ni siquiera nos estábamos mirando.

Carraspeé sin observarlo.

—Dame… ahm… dame unos minutos —dije concentrando mi energía espiritual para luego comenzar a recubrir con ella la tienda, creando una efímera capa que prevendría que sonidos e imágenes se pudieran percibir desde el exterior. Era un escudo similar al que protegía a la cabaña de mi hermano, truco que Dem me había enseñado durante nuestro tiempo como maestro y aprendiz, sólo que un poco más específico y estable y mucho más difícil de detectar.

—¡Vaya! Dem de verdad fue muy buen Dómine —articuló el gemelo con admiración, obviamente sorprendido por mi salvaguardia.

Sus palabras me tensaron sin remedio, girando el rostro hacia el lado opuesto para ocultar mi reacción llena de vergüenza. Debí haber adivinado que aquello no funcionaría: ese hombre me conocía mejor que nadie.

—¿Qué sucede? —inquirió.

—Nada. Estoy bien.

—No te ves bien.

—¡Pues entonces deja de mirarme! —espeté usando mi ácido temperamento para esconder mi incomodidad.

De nuevo, aquello no funcionó.

—Varzzen —mi apellido pronunciado con su voz, con ese tono tan ronco y preocupado, logró que mi fingido enojo se desintegrara y que mis ojos por fin no resistieran la tentación de verlo.

—Arématis también fue muy buen Dómine —murmuré con más aspereza de lo que hubiera deseado, observando y sintiendo como el cuerpo de Lórimer se tensaba, sentado a mi lado de repente por completo inmóvil.

¡Carajo! ¿En qué momento nuestro primer “experimento semi-planeado” se transformó a la invasión del recuerdo de un enemigo que casi logró destruir todas nuestras vidas?

Un enemigo al que yo había ayudado a estar a punto de triunfar, por cierto…

—Belyan… —el gemelo detuvo sus palabras después de mi nombre, como si no supiera que más agregar, pero su brazo ascendió hasta cerrarse tras mi cuello, presionando con sus dedos como si quisiera aliviar el estrés que se había apoderado de mis músculos en unos pocos segundos—. Sabes ya lo que opino de este tema —agregó al fin, sin separar su mano de mí—; sabes que tengo la completa seguridad de que nada de lo sucedido fue tu culpa, de que no eres responsable de lo que hiciste o no hiciste cuando él era dueño de tu alma.

—No lo conoces todo, Lórimer. No sabes…

—Y no me importa. No necesito que me lo cuentes todo —me interrumpió—. Te conozco, Varzzen, y ese desalmado no eras tú.

Tragué saliva con dificultad, sintiendo un nudo en la garganta del que necesitaba deshacerme pronto.

—Desearía estar tan seguro como tú —fue lo único que se me ocurrió responderle.

Me dedicó una sonrisa que durante unos instantes no logré interpretar, no hasta que su mano se movió a través de la piel de mi nuca y mi cuello, y con su pulgar fue lentamente delineando la cicatriz vertical del lado izquierdo de mi rostro, al tiempo en que comenzó a acercarse a mí mientras que volvía a hablar:

—Entonces supongo que tendré que buscar formas de convencerte —murmuró con mis labios ya contra los suyos, justo antes de besarme.

 

 

Lórimer

 

Bien, haríamos esto.

“Experimentar”

Aún no sabía si estaba feliz o si me odiaba a mí mismo por haberlo propuesto, de lo único que estaba seguro era de que, ya que habíamos hablado al respecto, no iba a desperdiciar la oportunidad de más cercanía con Belyan, ahora que la culpabilidad había disminuido.

Todavía existía algo de incertidumbre, por el hecho de que mi mejor amigo por fin entrara en razón y se diera cuenta de que el cuerpo que estaba compartiendo era el de otro hombre, pero por el momento, mi libido era más potente que mi raciocinio, así que pensaría en ello más tarde.

Mucho más tarde…

Por el momento en lo único que me concentraría era en el beso, que despacio iba cobrando calor, intensidad, pero sin convertirse en una caricia rápida o desesperada, como si nuestra pasión no deseara ser consumida tan aprisa, sino a fuego lento.

Enajenantemente lento.

—¿Qué quieres hacer? —pregunté unos instantes después contra sus labios, siéndome imposible detener a mi lengua de que siguiera atravesándolos, recorriéndolos.

—¿A qué te refieres? —murmuró tan enfocado en el beso como yo.

—Éste es tu experimento, Belyan. Estoy en tus manos —mi última afirmación atrajo una atrevida sonrisa a su simétrico y casi perfecto rostro.

—Eso suena prometedor —dijo antes de reanudar el beso, forzándome con su peso a recostarme sobre las mantas de la casa de campaña, para luego comenzar a recorrer mi pecho y abdomen con sus dedos, deshaciéndose de botón por botón con la misma calma con la que me besaba, como si contáramos con todo el tiempo del infinito.

El problema fue que, a pesar de la fiebre del momento, en el instante en que mi camisa y chaleco se encontraron abiertos, mis incertidumbres de los últimos días regresaron una vez más: las manos de Belyan se toparían con la dureza de otro hombre, no con las suaves curvas de una mujer, por lo que aquel irracional temor me obligó a manipular nuestros cuerpos de forma en que yo volví a quedar sobre él, al igual que la noche previa, haciéndome del control de la situación de nueva cuenta.

Fue mi turno de deshacerme de sus prendas superiores, utilizando boca, labios, lengua, manos y dedos para mantenerlo distraído, para mantenerlo atento a sus propias sensaciones y que así continuara ignorando mi maldita batalla interior.

Debí de haber sabido que aquello no funcionaría por mucho tiempo más. Mi mejor amigo podría estar más excitado que nunca, pero tampoco era idiota, y esta vez sí fue capaz de darse cuenta de mi maniobra, al instante en que cerré mis puños alrededor de sus muñecas.

Alejó de golpe su rostro del mío y me dedicó una feroz mirada.

—¡Con un carajo, Lórimer! ¿Por qué nunca me dejas que te toque?

Me atraganté con un suspiro que no dejé escapar, observando esos ojos azules tan claros que a veces lucían casi blancos.

—Belyan, yo…

—¿Tú, qué? —insistió ante mi titubeo.

Tuve que cerrar los párpados: no viéndolo sería la única manera de encontrar el valor para poder contestar con la verdad.

—Me da miedo que te arrepientas. Que al sentirme te des cuenta de que en realidad no me deseas.

Abrí los ojos con un sobresalto cuando ahora fue él quien enredó su puño alrededor de mi brazo derecho, haciendo descender nuestras manos hasta que la mía se cerró alrededor de su prominente erección. Mi mirada asombrada no podía despegarse de la de él, y aún menos cuando con su brazo fue guiando los movimientos de mi palma acariciando su sensible piel, subiendo y bajando con un ritmo que le iba perfecto al instante que estábamos experimentando.

—La última vez que hice esto yo sólo, en el único que pensé fue en ti. Me vine con tu imagen en mi mente, tras mis párpados, abarcando todo mi interior… Siénteme tú a mí, Lórimer, y dime si en realidad crees que no te deseo. A ti y a todo lo que representas.

Fue como si la combinación de sus palabras y sus acciones, más el retrato de sí mismo que había plantado en mi mente, rompieran una barrera en mi alma, como si las compuertas se abrieran y ya nada más importaba más que él, yo y el placer.

—Eres… eres…

—¿Atractivo? ¿Talentoso? ¿Genial? —agregó al ver que yo no completaba la frase.

Sonreí.

—Peligroso.

Correspondió mi gesto.

—No tienes idea de cuánto —dijo antes de besarme otra vez, haciendo uso de su fuerza física para movernos de nuevo, y ahora sí con desesperación, ambos deshaciéndonos de los ropajes del otro, hasta que por primera vez nos encontramos completamente desnudos al mismo tiempo, juntos.

Fue cuando sus labios comenzaron a descender a través de mi cuerpo que me percaté de lo que se proponía, perdiendo el aliento al mismo instante en que sentí su respiración sobre mí.

—Vas a tener que ser paciente, Kabarlee, porque no tengo ni la más puta idea de lo que estoy haciendo —su voz sonaba entre agitada, divertida y nerviosa, por lo que me hizo sonreír de nueva cuenta.

—Sólo déjate llevar. Piensa en lo que a ti te gusta y haz eso, no hay manera de que te equivoques —le aseguré para intentar calmar sus temores de la forma en que él lo había hecho con los míos.

Aunque obviamente, todo pensamiento racional abandonó mi cabeza al instante en que su boca por fin me rodeó.

Ese lugar, ese momento, esas acciones. Pocas cosas en toda mi vida llegarían a ser igual de sublimes.

Creo que fue por eso que todo mi control se evaporó al instante en que Belyan instigó una Fluidez, sin detener sus movimientos, el vaivén de su respiración, sus caricias, sin dejar de otorgarme uno de los instantes carnales más explosivos de mi existencia entera. Siempre me había enorgullecido de mi resistencia, pero ésta desapareció en tan pocos minutos, que de no ser por el entusiasmo de mi mejor amigo, me habría sentido verdaderamente avergonzado.

—¿Qué tal? —murmuró sin aliento una vez que hubo terminado, con una sonrisa de autosuficiencia bien plantada en el rostro.

Una sonrisa que me hizo caer todavía más bajo su poderoso hechizo.

—Suerte de principiante.

Soltó una breve carcajada.

—¿Ah, sí? ¿Crees que puedas hacerlo mejor?

Mi respuesta fue lanzarme hacia él. Era mi turno.

Al terminar, mi ego quedó bien alimentado, puesto que él se vino mucho más rápido que yo. El alumno aún no superaba al maestro.

Pero lo mejor de todo, por increíble que suene, fue abrazarlo al terminar, sentir su piel sudada contra la mía, sin restricciones ni barreras, percibir los latidos de su corazón a la par del mío y darme cuenta de cómo el sueño nos tomaba prisioneros a los dos al mismo tiempo, entrelazados uno al otro.

 

 

Creí que la mañana siguiente traería consigo incomodidad después del primer experimento de la noche anterior, pero no podría haber estado más lejos de la verdad.

Belyan despertó sonriente y con un buen humor contagioso que no le había visto en años, por lo que me di el lujo de relajarme y bromear con él como siempre lo habíamos hecho, mientras levantábamos el campamento y durante el desayuno.

Después de aquello, los cuatro avanzamos los pocos kilómetros que nos faltaban para llegar a Talesca, en donde nos topamos con los escudos espirituales que sorteaban el dominio, pero que no nos fue tan difícil atravesar, ya que no nos reconocían como una amenaza.

Pasaba del medio día cuando por fin arribamos a la costa, en donde de inmediato logramos ver a Max, a Matheo, a la que me suponía que era la hermosa hija de Renata y Andrés, y a un pequeño niño de unos nueve años de edad, que tenía exactamente los mismos ojos grises de Govami.

Exactamente los mismos.

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