Lórimer

 

Cientos… miles de veces.

Había perdido ya la cuenta de todas las ocasiones en que había despertado junto a Belyan.

Pero esa mañana había sido completamente distinta a las demás. Esa mañana no sólo había despertado junto a él, sino enredado en él. En algún punto durante la noche, y después de lo sucedido entre nosotros, ya sea su cuerpo, el mío o ambos habían encontrado la manera de terminar entrelazados el uno con el otro.

Abrir los ojos y ver su rostro frente al mío, tan cerca que sentía su respiración sobre mi piel, fue una de las experiencias más irreales de mi vida entera. Y de las más aterradoras.

No supe qué hacer, por lo que opté por huir.

Y eso fue lo que hice durante el transcurso del día, ocultándome tras el silencio y tras mis pensamientos, mientras que Belyan, Dem y yo viajábamos a paso rápido los pocos kilómetros que nos restaban para llegar a Prismma Zeben.

Estaba lloviendo, había comenzado en la madrugada y seguía sin detenerse, lo cual agradecí: el agua que caía a cántaros sobre nosotros me ayudaba con mi cometido de permanecer callado y evitar a toda costa el cruzar ya fuera mirada o palabra con Belyan.

Cobarde, lo sé.

Pero ¿qué más podía hacer?

Iban ya tres veces en las que permitía que mis sentimientos por él se atravesaran en el camino de mi raciocinio, y lo cierto era que temía mucho el momento en que mi mejor amigo finalmente cayera en la cuenta de que era yo a quien había besado, yo a quien había acariciado, yo quien era dueño ya de dos de sus orgasmos, así como él había sido dueño de los míos por más tiempo de lo que Belyan podía imaginarse.

Yo.

Otro hombre.

Alguien que nada tenía que ver con Vereny, quien todos sabíamos, había sido el amor de su alma.

Una mujer.

Nada más opuesto a mí que ello; ya era momento de que comenzara a tomar responsabilidad de mis actos y dejara de abusar de lo que estaba sucediendo… Aunque siendo sinceros, Belyan también parecía estar abusando de la situación, de mis sentimientos…

¡Maldición! Era todo ya tan complicado que no encontraba manera de volver a la normalidad.

Por fortuna, encontrar a Andrés sirvió de nueva distracción. No fue difícil dar con él una vez que llegamos al pueblo, lo cual ayudó a que mi mente volviera a todos esos temas que habían rondado en ella durante las últimas horas, concentrándonos los tres en poner al hombre al tanto de lo que había sucedido hasta ahora, al menos de lo que sabíamos.

Fue después de ello que aquel pretexto no me sirvió más, ya que el hijo de Dem nos pidió unos momentos a solas para poder hablar con su padre, así que Belyan y yo nos alejamos a las afueras de Prismma Zeben a aguardar por ellos, ya que dudábamos que ninguno de los dos deseara perder mucho tiempo antes de ir en busca de Eridani,

Por suerte, en el camino hacia acá nos había dado alcance un pájaro enviado por Vanessa, quien le avisó a Dem que la chica del Dominio Exterior ya se encontraba sana y salva, por el momento, en la Costa de Talesca, puesto que el viaje hacia Abadiy Vintro sería letal sin poder usar portales, por lo que por ahora Govami no deseaba moverla.

No sabíamos más detalles fuera de su bienestar, pero eso no quería decir que su padre y su abuelo no estuvieran desesperados por llegar a ella.

—¿Cómo crees que Matheo logró transportar a Eridani desde Aether hasta Talesca sin portales? —fue lo primero que me Belyan me dijo aquel día, sobresaltándome sin querer ante el ronco sonido de su voz.

No sé por qué, pero el simple hecho de que hablara me provocó una ira que no fui capaz de controlar.

—No lo sé, Belyan. De la misma manera en que no sé qué mierdas está sucediendo con nosotros, cuando de día pretendes que todo es normal, pero de noche me ruegas que no me detenga cada vez que te tengo cerca.

Fue mi turno de sobresaltarlo a él, quien ante mis palabras, de inmediato me dedicó una mirada entre sorprendida y asustada, al tiempo en que los músculos de su cuello se tensaban mientras tragaba saliva con dificultad, en un claro signo de nerviosismo.

—Lórimer, yo…

—No —lo interrumpí, algo que generalmente no hacía, pero mi paciencia se iba acabando—. Entiendo que estés confundido. Entiendo que hay un vínculo entre nosotros que es difícil de comprender, de explicar. Entiendo que desde Vereny las cosas cambiaron para ti, pero esto no puede seguir así. ¿Quieres continuar experimentando? ¡Experimentemos! Pero también tienes que saber que significas mucho para mí, Belyan, y que mis sentimientos están involucrados, me guste o no. Así que es ahora cuando necesito una respuesta, para saber si debo resguardar lo que siento o si quieres ver a dónde nos va a llevar esto. Se acabó el estar a medias, suficiente de indecisiones. No estoy esperando declaraciones de amor eterno, ni que tengas todas las respuestas en un segundo, porque la vida no funciona así; lo único que te pido es la verdad; porque así como yo ya no quiero la culpabilidad de pensar que me estoy aprovechando de ti y de tu excitación o tu soledad, tampoco quiero la furia que me provoca el pensar que mi mejor amigo se está aprovechando de mis emociones.

Sus clarísimos ojos azules me observaban asombrados, sus labios semiabiertos, su rostro anguloso y con esa barba ligera de un par de días totalmente solidificados.

Tal vez había cruzado una línea, pero después de nuestros intensos encuentros de las últimas noches, era claro que ya no había marcha atrás.

—¿Eso es lo que estoy haciendo? —murmuró con un tono que no le había escuchado en mucho tiempo, un tono lleno de remordimiento, el cual se reflejó en su mirada de forma tan potente que la sentí como si me hubiera golpeado en el centro del pecho, arrancándome la respiración—. ¿Aprovechándome de ti?

Carajo. Hacerlo sentir esto no había sido mi intensión.

—No… Yo… —meneé la cabeza, intentado esclarecer mis ideas—. Es sólo que no sé qué es lo que estamos haciendo, Belyan. No sé qué es lo que esperas de lo que está sucediendo. No quiero que ninguno de los dos se arrepienta de lo que hacemos, y mucho menos quiero perder tu presencia en mi vida, así que necesito que aclaremos lo que está pasando. ¿Estás experimentando? ¿Necesitas satisfacer tu curiosidad? Porque no me estoy negando, pero tienes que ser claro al respecto… ¿O quieres algo que…

—¿Listos? —la voz de Dem interrumpió mis palabras, haciéndonos girar a los dos como si hubiéramos sido descubiertos cometiendo algún innombrable crimen, en lugar de teniendo una simple conversación.

Está bien, tal vez la conversación no tenía nada de simple, pero tampoco estábamos haciendo algo malo.

—Listos —articulé después de más segundos de los que había creído, ya que Dem y Andrés, que por el momento parecían más hermanos gemelos que padre e hijo, nos observaban con frentes arrugadas y expresiones de confusión.

—¿Talesca? —mencionó Belyan nuestro próximo destino, en un intento por distraer a ambos hombres, lo cual funcionó.

—Ahm… No —contestó Dem, ahora siendo mi mejor amigo y yo quienes portamos el desconcierto en el rostro—. Andrés quiere ir a Novatinus primero. Desea investigar la manera de…

—Usar un portal para sacar a su hija de aquí —completé por él, comprendiendo la premura de Andrés: los Dominios del Ónix Negro le habían arrebatado a su madre, y era en donde, de cierta manera, había perdido también a su padre y a Vanessa; era obvio que no deseara dejar a Eridani aquí también—. Las cosas siguen estando un poco tensas con la Congregación, Dem; pero podríamos desviarnos hacia Besttele.

—¿Besttele? —inquirió Andrés desconcertado; asentí: a pesar de que los tres, Belyan, Dem y yo, sabíamos que probablemente no serviría de mucho, no perderíamos nada más que unas cuantas horas en esto, y estando Eridani a salvo con Matheo, bien podíamos proporcionarle un poco de paz mental a su padre.

—Es una pequeña ciudad a unos diez kilómetros de la Región de Novatinus, por lo que la mayoría de sus habitantes son cerrajeros. La misma información que podríamos obtener de su cuartel, la averiguaremos ahí, y sin ser tan obvios.

Así que Dem le envió a Vanessa un ave para avisarle de nuestros planes y entonces nos movilizamos.

El trayecto no era tan largo a pie, y como aún temíamos hacer uso de portales innecesarios, adquirimos suministros en Prismma Zeben, y en poco tiempo ya nos encontrábamos de camino.

Aunque creo que es momento de confesar que no tengo idea de qué fue lo que guardé en mi morral, del instante exacto en que dejamos el pueblo atrás, de las cosas que me rodeaban o de nada en particular. De nada más que Belyan.

La charla interrumpida no dejaba de rondar en mi mente, y su reacción a ella aún menos. Pocas veces me arrepentía de cosas así a causa de mi personalidad, de siempre pensar antes de actuar, pero mi mejor amigo se estaba encargando de aniquilar todo sentido de razonamiento ante la manera en que estaba actuando conmigo, ante las cosas que me hacía sentir con su simple presencia.

No tenía idea de si había hecho lo correcto o no al poner las cartas sobre la mesa de tal forma, pero lo que sí sabía era que las cosas no podían seguir así sin que clarificáramos lo sucedido. No iba a continuar sintiéndome culpable, pero tampoco iba a negar que había disfrutado enormemente de cada uno de nuestros encuentros, así que no me quedaba de otra más que aceptar las consecuencias de todo lo que le había expuesto antes de partir.

Padre e hijo avanzaban delante de nosotros a paso rápido, lo cual nos dejó a Belyan y a mí en la retaguardia en medio de un incómodo silencio que duró largos minutos, hasta que sin razón alguna mi mejor amigo se acercó mucho a mi costado, su hombro prácticamente pegado con el mío, para luego inclinar su cabeza hacia mi oído y hablar en voz muy baja.

—Quiero experimentar —mi cuerpo entero se tensó ante sus palabras, haciéndome trastabillar de tal manera que Belyan tuvo que alzar una mano para sostenerme del brazo antes de que cayera directo al suelo.

Nos detuvimos, yo observándolo con el mismo asombro que él me había dedicado antes, mientras que en su rostro iba formándose una leve aunque traviesa sonrisa.

—¿Quieres experimentar? —pregunté como si necesitara confirmación, a pesar de haberlo escuchado perfectamente.

Asintió. La mano que aún me sostenía del antebrazo fue bajando lentamente hasta que su meñique se enganchó con el mío; no entiendo por qué, pero aquella caricia me pareció más íntima que muchas de las cosas que habíamos compartido en las últimas noches.

—Sí… Pero sólo contigo.

Tragué saliva con mucha dificultad, movimiento que atrajo sus ojos a mi cuello, con una mirada tan intensa que casi la sentí físicamente.

—¿De acuerdo? —presionó con tono ronco, algo titubeante.

—De acuerdo —murmuré de igual forma.

Belyan volteó el rostro hacia los sujetos que continuaban avanzando frente a nosotros, los cuales ya se encontraban bastante alejados; estaba por preguntarle qué esperaba para que nos movilizáramos cuando su cuerpo entero giró de nueva cuenta hacia mí y, sin aviso, sin esperármelo, sin advertencia, se inclinó hasta que sus labios se unieron a los míos, dedicándome un beso lleno de contradicciones: suave pero desesperado, rápido pero intenso, delicado pero carnal, acariciando mi lengua con la suya y respirando mis acelerados alientos, mientras que mi corazón comenzaba a latir más rápido de lo que jamás lo había hecho.

Se separó de mí con una sonrisa perfecta: una expresión que no había visto nunca, sólo mía y de nadie más, arrancándome el aliento con ello de forma más aguda que con el anterior beso; sin agregar más, deshizo nuestro contacto, por lo que finalmente proseguimos avanzando hasta dar alcance a Dem y a Andrés, acercándonos cada vez más a Besttele.

Mi mente habría seguido dándole vueltas al beso y a la charla de no ser por lo que me topé al llegar.

Con quien me topé al llegar…

 

 

Besttele es una ciudad sencilla y no muy grande; nada ostentosa y más bien funcional, reflejando perfectamente las características que definen a la mayoría de los cerrajeros. Chozas, calles y establecimientos ordenados y bien construidos, ganado y sembradíos a las orillas con cuidados y precisión exactas, gente yendo y viniendo de manera civilizada y tranquila.

De repente recordé por qué me agradaba aquel lugar.

Cuando mi cuerpo chocó contra Reim, avanzando por una de las banquetas, fue que recordé por quién me agradaba aquel lugar.

El problema ahora era que este encuentro no podría haber sido más inoportuno de haberlo planeado así.

—¿Lórimer? —su voz y su mirada reflejaron de inmediato el mismo asombro que yo, sólo que él pareció recuperarse más pronto, apareciendo en su rostro una mueca insolente y divertida que dominaba no nada más sus facciones, sino su personalidad entera; ni siquiera me permitió responder: un segundo lo observaba con la adrenalina explotando en mi sistema y al siguiente ya sentía como sus brazos se cerraban a mi alrededor, palmeando mi espalda con efusividad y genuina alegría—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué ha sido de ti? ¡Hace más de medio siglo que no te veo, cabrón! —agregó alejándose y por fin dejándome ir, pero sin despegar su contenta vista de mí.

Reim Dahast, Cerrajero de Tercer Grado, uno de los pocos amigos que mi gemela había hecho en su vida, ya que había crecido en el mismo pueblo que nosotros y ambos siempre habían tenido un sentido del humor sarcástico muy similar, y porque habíamos estudiado juntos antes de que ella y yo nos se decidiéramos por la preparación de paladín, lo cual nos separó, enviándonos a nosotros a Morarye mientras él comenzaba su carrera en Novatinus. Rubio, con la nariz un poco desviada a causa de pleitos de juventud y de heridas jamás sanadas con propiedad (a causa de una niñez turbia), de ojos azules, la sonrisa más traviesa de este universo, un cuerpo bien formado a pesar de ser una cabeza más bajo que yo… y el primer hombre del que me enamoré en mi vida.

Tenía que encontrar mi voz y tenía que encontrarla ya, a pesar de los miles y miles de recuerdos que asaltaban a mi mente de golpe y sin misericordia alguna. Buenos, malos, espléndidos. Ese sujeto había sido un catalizador en mi existencia, seduciéndome en nuestra adolescencia hasta hacerme verme a mí mismo, hasta prácticamente forzarme a aceptarme a mí mismo. Le debía mucho y jamás perdería el cariño que sentía hacia él… Pero tenerlo frente a mí en ese momento, lo repito, no podría haber sido más inoportuno.

Por fortuna, una idea se encendió en mi cerebro en ese instante, por lo que la aproveché con premura.

—Nada me daría más gusto que ponernos al corriente, Reim, pero en este momento requerimos de tu ayuda —le dije seriamente, por lo que la expresión jovial fue suplida por un fruncimiento de ceño.

—¿Qué necesitas? —sin titubeos, sin incertidumbre, sin dudas. Tal vez el cariño y la confianza que guardaba por ese hombre era reciproco, a pesar del tiempo y la distancia que nos habían separado.

Lo presenté rápidamente con los demás, y en cuanto hubo oportunidad, nos removí de la mitad de la acera para hablar así con mayor libertad con Reim. Le expliqué con pocas palabras que buscábamos al cerrajero de más alto rango que hubiera en Besttele, ya que Dem y Andrés necesitaban con urgencia hacerle unas preguntas, y por el momento no teníamos ni el tiempo (ni la inclinación¸ pensé, más no lo dije) de llegar hasta el cuartel de la Región de Novatinus.

Reim se dedicó a asentir y a mirar de uno a uno a mis acompañantes durante todo el transcurso de mi narración, y para cuando finalicé, ya nos guiaba hacia una pequeña tienda especializada en papiros, tintas y demás aditamentos de escritura.

—Éste es el local de Olivier Devon. Es el cerrajero más viejo de la localidad, el de mayor rango, y también de los mejores… Sólo que es un poco extraño y cascarrabias, así que creo que sería recomendable que nada más entraran ustedes dos —finalizó señalando a padre e hijo.

Pero a mí no me engañaba tan fácilmente: casi nadie lo sabía, pero Reim Dahast contaba con una manera de entrecerrar los ojos de forma casi imperceptible cuando mentía.

—¿Es un poco extraño y cascarrabias? —repetí sus palabras en forma de pregunta, alzando una ceja que le arrancó una leve risa.

—Olvidaba que estaba hablando contigo —murmuró con una media sonrisa—. Lo es… pero también creo que será contraproducente que los vea llegar conmigo, porque aún le debo dos barriles de cerveza a cambio de ciertos productos.

—Eso suena más a ti —le dije divertido, ignorando que su siguiente propuesta me arrancaría la tranquilidad recién obtenida.

—Tú, tu amigo y yo podemos esperar en mi casa. Es la antepenúltima al final de esta calle. Les invito un trago en lo que aguardan.

Me tensé de inmediato.

¿Belyan, Reim y yo ocupando el mismo espacio cerrado? No era algo que me apeteciera endurar, y menos con los nervios a flor de piel que ya traía, a causa de la presencia de mi primer amante frente a mí, mientras que el que deseaba que fuera el próximo continuaba de pie y callado a mi lado.

Lo que terminó por agravar mi estado de estrés fue que tanto Belyan como Dem y Andrés estuvieron de acuerdo con el plan.

Nos separamos sin que yo agregara nada, puesto que no deseaba hacer obvia mi inesperada turbación.

—Entonces los chismes son ciertos, ¿o no? —articuló Reim mientras avanzábamos hacia su hogar, él a mi lado con mi mejor amigo caminando un par de pasos tras nosotros en completo silencio.

De hecho, sin entender el por qué, desde que expuse la mentira de Reim y él hizo su confesión de la cerveza, el cuerpo de Belyan se había tensado sin razón comprensible, manteniéndose callado y distante a pesar de la charla que habíamos tenido apenas esa mañana.

¿Estaría echándose para atrás? ¿Arrepintiéndose de sus palabras, de su aceptación a experimentar? Porque debo aceptar que, a pesar de mis propias advertencias, la perspectiva me había emocionado más de la cuenta.

—¿Cuáles chismes? —pregunté ocultando mi desazón, y aún más por los sitios a los que mi mente me había llevado.

—Ya sabes: Morarye, los Místicos, el ataque, la histeria masiva que comienza a formarse. Según he oído, Novatinus por el momento es un hervidero de adalides, cerrajeros y aspirantes vueltos locos ante la ausencia de noticias y la impotencia de no saber qué hacer.

Suspiré con algo de culpabilidad por el alivio que sentí al escuchar las habladurías a las que se refería, girando un poco el rostro hasta ver subrepticiamente a Belyan, el cual también lucía esa combinación de remordimiento/alivio, asintiendo una sola vez, como dándome su apoyo si yo deseaba sincerarme con Reim.

—Todo es verdad —murmuré al atravesar el angosto camino de piedras que atravesaba el jardín de la casa del hombre, llegando hasta la puerta que abrió sin necesidad de llave alguna, para luego cedernos el paso y entrar tras nosotros, guiándonos a la cocina en donde, con un movimiento de cabeza, nos invitó a tomar asiento alrededor de la mesa redonda junto a la ventana posterior.

Reim nos entregó unas toallas para secarnos un poco y luego sirvió tres tarros de cerveza de un barril que dominaba gran parte de una esquina, y en cuanto los colocó frente a nosotros, se sentó en la silla de en medio, que Belyan y yo habíamos dejado vacía en acuerdo tácito, como si de alguna manera tuviéramos que disimular incluso nuestra cercanía. No supe si aquello llamó o no la atención del cerrajero, porque no hizo ni mueca ni comentario al respecto.

—Mmmh, sigues teniendo el toque —alabé su talento una vez del primer trago a la bebida.

Reim me sonrió; Belyan juntó las cejas.

—¿El toque? —fue éste último quien preguntó.

—Me dedico a cultivar cebada y a hacer cerveza —aclaró mi viejo amigo, haciendo referencia a su ocupación aparte de cerrajero.

Belyan torció el gesto, pero no agregó nada, bebiendo el líquido ambarino en completo silencio y con una bizarra emoción proviniendo de él, una que nunca antes le había sentido, y que por ello me fue imposible de identificar.

Y aquella energía desconocida pareció hacer implosión al instante en que la mano de Reim se cerró sobre mi brazo con la familiaridad que antes nos había caracterizado, atrayendo mi atención hacia su maliciosa sonrisa y su traviesa mirada, para luego preguntarme:

—Bueno, y a parte de volverte cada día más atractivo, ¿qué hay de nuevo?

 

 

Belyan

 

Mi primera reacción fue tensarme y contener un salto, que lo único que habría logrado habría sido exponernos a Lórimer y a mí, puesto que todos mis instintos me gritaban que tomara la mano con la que el imbécil del cerrajero tocaba a mi mejor amigo y romperle cada uno de los dedos.

Carraspeé con el fin de ocultar mis reflejos, removiéndome en mi asiento y dándole otro trago a una de las mejores cervezas que había bebido en mi vida… claro que antes muerto que admitirlo frente a Reim.

¿Quién carajos se creía que era?

No. La pregunta correcta en realidad era: ¿quién carajos era para Lórimer?

Durante todas las décadas que tenía de conocerlo, jamás le había descubierto a alguna pareja o un amante, a pesar de que sabía que mi mejor amigo no era ningún santo, lo que sí lo distinguía era su impecable discreción, así que sea lo que fuera que Reim significara para él, tenía que ser más profundo que algo casual.

Esa sensación desconocida e incómoda volvió a explotar en mi pecho sin que lograra detenerla a tiempo, atrayendo la mirada del gemelo por un segundo, antes de que le contestara al cerrajero.

—¿Conmigo? Nada nuevo en realidad —fue su respuesta, al instante en que se acomodaba contra el respaldo de la silla, deshaciéndose así del contacto físico que lo había unido a Reim.

Deje salir una exhalación que no había sido consciente de haber estado conteniendo.

El sujeto expuso una sonrisa que, de no ser tan socarrona, podría haber encontrado contagiosa, dedicándome un rápido vistazo antes de regresar su atención a Lórimer.

—Bromeas, ¿cierto?… ¿La guerra contra Arématis? ¿Lyli conectada con la Elegida? ¿Luego uniéndose con el hermano del nuevo Magistrado?… ¿Quieres decir que todo eso le ha pasado a tu gemela y contigo no hay ninguna novedad? —su tono era suspicaz, pero Lórimer encogió un hombro y le dedicó una sonrisa algo condescendiente.

—Ya lo sabes. Lylibeth siempre fue la de la vida interesante.

—Y lo que también sé es que ese exterior callado y sensato jamás me ha engañado por completo, Kabarlee —agregó Reim con un brillo astuto en sus ojos.

—¿Y ustedes cómo se conocieron? —intervine con tal de deshacerme de la manera en que la atención estaba anclada del uno hacia el otro.

Hacía tiempo que debí de haber aprendido a no hacer preguntas cuando la verdad era que no deseaba saber las respuestas.

Logré mi cometido, los ojos de ambos hombres se postraron en mí… sólo que mi victoria fue corta, pues fue entonces que Dahast contestó:

—¿Lórimer nunca te lo contó? Fui yo quien le quitó la virginidad.

—¡Reim! —el grito de Lórimer fue opacado por toda la cerveza que escupí sin querer, habiendo tomado un trago en el peor de los momentos.

—¿Qué? —exclamamos el cerrajero y yo al unísono, sólo que con tonos muy diferentes: el de él, divertido; el mío, rayando en la cólera.

—¿Acaso no es tu mejor amigo? —agregó Reim señalándome antes de que yo pudiera agregar más—. ¿No sabe de tus preferencias sexuales?

—Lo es y lo sabe, pero esas cosas no se dicen así… De hecho, no se dicen, punto. ¡Ni siquiera fue la manera en que nos conocimos! Podría malinterpretar todo.

El gesto alegre del cerrajero tan sólo se amplió.

—Está bien, está bien… Nos conocimos desde pequeños, me hice amigo de tu hermana gemela porque me divertía con ella pero también porque en realidad me fascinabas, y era la manera más sencilla de estar cerca de ti, ya que tú siempre fuiste tan serio y tan responsable y tan propio. Llegando a la adolescencia descubrí que me gustan los hombres; y por mucho que te aferrabas en ocultarlo, lo descubrí de ti también. Pasé meses intentando seducirte hasta que finalmente sucumbiste, y en la parte alta de las caballerizas de tu hogar, tú me…

—¡Basta! —gritó mi mejor amigo de nuevo, pero ahora con una extraña mezcla de molestia, diversión y añoranza que me resultó desconocida, ya que a pesar de sentir su enojo, también era capaz de ver la pequeñísima sonrisa que hacia hasta lo imposible por retener tras su boca.

Lo que a mí me sería casi imposible de retener eran las asfixiantes ansias de partirle la cara al estúpido cerrajero de una buena vez. Y lo peor del caso era que Reim parecía estarme leyendo la mente, pues su alegría iba creciendo a la par de mi ira, casi como si cada una de sus palabras y sus acciones estuvieran siendo diseñadas para hacerme explotar de alguna manera u otra.

—¿Podríamos cambiar de tema? —agregó Lórimer sin mayor preámbulo, a lo que Reim rio un poco.

—¡Hey! Tú eres el que sigue sin contestar mi pregunta inicial, ¿no es cierto? —su última frase fue dirigida a mí, como si buscara mi confirmación, pero al igual que mi mejor amigo, yo tampoco respondí, mordiendo mi labio inferior para frenar los insultos que rogaban por salir de mi interior.

Agradezco que Lórimer siempre haya sido más maduro que yo, aprovechando la oportunidad para por fin poner al cerrajero al corriente de los sucesos más sobresalientes, tanto de su vida como de lo ocurrido con los Místicos en Morarye, obviamente dejando fuera lo que en esos días había estado surgiendo entre nosotros.

Aún no sé si aquella omisión me hizo sentir tranquilo o más furioso todavía, por lo que me concentré en terminarme la maldita y deliciosa cerveza mientras que los escuchaba hablar.

Después de eso pasaron a tópicos más seguros, como la familia del cerrajero: tenía una hermana que nunca se especializó, compañera de vida de un mercante que vivía en un lejano dominio en el oriente llamado Kariki; más tarde mencionó también a sus múltiples sobrinos y sobrinas (sus frases habían sido que su hermana parecía estarse convirtiendo en una fábrica de hacer bebés, lo cual me obligó a contener una sonrisa involuntaria), y fue hasta que aquella charla terminó que Lórimer preguntó por la localización del baño.

¡Mierda! Eso automáticamente se transformaría en una nueva situación incómoda en la que Reim y yo nos quedaríamos solos en la cocina.

No me equivoqué.

Y confieso que lo más extraño fue que aquel fue el primer instante en que la seriedad reinó por entero en las facciones del hombre desde nuestra llegada a su casa, observándome profunda e intensamente antes de volver a hablar, en un tono lo suficientemente bajo como para asegurarse de que Lórimer no escucharía palabra alguna de lo que estaba por decir.

—Era joven y estúpido, lo admito. Acababa de ser aceptado para ingresar a la Región de Novatinus y estaba demasiado emocionado por comenzar mi sueño como cerrajero —comenzó.

—¿De qué hablas? —lo interrumpí al sentir que mi paciencia no duraría mucho tiempo más.

—De que a pesar de esas circunstancias, no tengo verdadera excusa.

—¿Excusa?

—Dejar ir a Lórimer Kabarlee ha sido uno de los peores errores que he cometido en mi vida.

Tragué saliva con dificultad.

—¿Y se puede saber por qué me estás diciendo todo esto a mí?

Una leve sonrisa arribó a sus labios, una mueca sabia, aunque no por eso menos burlona.

—Porque estoy seguro de que si no aprovechas la perfecta oportunidad que tienes en puerta, pronto tú también terminarás por perderlo, y dudo mucho que desees que eso suceda.

Cada molécula de mi cuerpo se paralizó.

—No tengo idea de lo que estás hablando.

Soltó una mordaz carcajada.

—Claro que la tienes. ¿Crees que no me di cuenta casi de inmediato de la forma en que lo miras? Tal vez los demás no se percaten de ello, pero a mí me tomó sólo unos segundos en notarlo, porque yo solía observarlo de la misma manera en que lo haces tú ahora.

—¿Y cómo es eso, según tú? —inquirí con sarcasmo que no logró arrebatarle el gesto divertido.

—Como si quisieras comértelo entero, y estuvieras dispuesto a aniquilar a quien sea que se interponga en tu camino hacia él.

Me puse de pie de golpe, por fin harto de sus acertadas frases.

—¿Pues sabes algo? No me interesa en lo absoluto lo que creas ver o no ver.

Se le escapó otra risa, levantándose con lentitud, no amedrentado ni un poquito ante nuestras diferencias en estaturas.

—Te interesa tanto que podría darme cuenta de ello incluso flotando a mitad del infinito.

Suficiente de juegos, exclamó mi alma, y el resto de mí estuvo de acuerdo.

—En tal caso, si tan obvio es para ti, más te vale que dejes de tocar lo que es mío si no quieres enfrentarte a las consecuencias.

La sonrisa de Reim no disminuyó. Al contrario, creció más, como si mi respuesta lo hubiera dejado más que satisfecho.

—¿Qué sucede? —la voz de Lórimer nos sobresaltó a los dos, girándonos hacia él al tiempo en que ingresaba de vuelta a la cocina.

—Nada —contesté con mucha más tranquilidad de la que realmente sentía—. Tal sólo dejando que Reim me conozca un poco mejor.

El aludido rio un poco, pero Lórimer ya no alcanzó a responder, pues en ese momento tocaron a la puerta.

Dem y Andrés jamás habían sido más oportunos como en ese instante.

Los tres nos dirigimos a la entrada, enterándonos casi de inmediato que la pesquisa de padre e hijo había sido infructuosa, pues las respuestas a las cuestiones de Andrés seguían siendo las mismas: era imposible atravesar cualquier tipo de portal sin una Elevación previa.

Agradecimos las atenciones y ayuda de Reim (bueno, Lórimer lo hizo), declinando la invitación a quedarnos, ya que era obvio que los Karav no desearían esperar más por continuar con nuestro avance, ahora hacia Novatinus (para ver si lográbamos obtener más información) para luego continuar a Talesca.

Mi mejor amigo también aprovechó la despedida para recomendarle al cerrajero que se uniera a su familia y viajaran juntos a cualquier sitio de clima frío, ya que no teníamos ni idea de cómo las cosas se irían a desarrollar en un futuro, ni de cuáles eran los planes de los Místicos para más adelante.

Reim pareció tomar el consejo con gran consideración, y después de un efusivo (y muy largo abrazo, si me lo preguntan a mí), finalmente partimos de Besttele.

Nos tomó poco tiempo llegar a un área boscosa que servía de resguardo natural para el cuartel de los cerrajeros, y a pesar de que el silencio en el que viajábamos era una medida de precaución, no por ello dejaba de ser incómodo.

Al parecer tenía más cosas que aclarar con Lórimer de lo que había hecho durante nuestras charlas de esa mañana, cosas que tenía que sacarme del pecho antes de que algo más sucediera.

Permití una vez más que Andrés y Dem se nos adelantaran para que así no lograran oír lo que me urgía decirle a mi mejor amigo.

—¿Kabarlee? —murmuré sin que nos detuviéramos, sintiéndolo tensarse junto a mí.

—¿Si?

—Creo que debí de haber sido más específico antes.

—¿De qué hablas? —su tono era genuinamente confundido.

—Cuando te dije que sólo contigo —fue ese enunciado el que se encargó de detener sus pasos, y con los de él, los míos.

—Tienes razón: podrías ser más específico —me dijo con una máscara de indiferencia sobre su rostro.

Pero yo sabía que era sólo eso, una máscara, por lo que me apresuré a continuar.

—Sólo contigo… Sin embargo, tú también sólo conmigo.

Sus hombros parecieron relajarse, asintiendo sin ninguna clase de titubeos.

—Hecho.

Yo estaba a punto de sonreírle cuando la asustada exclamación de Andrés nos sobresaltó a ambos, forzándonos a correr hasta donde nuestros acompañantes se encontraban.

—¡Dios mío! ¿Qué pasó aquí? —había preguntado el hombre.

Y no era de extrañarse: un octavo de bosque lucía completamente calcinado, como si los dragones hubieran intentado abrirse paso a través de los escudos que rodeaban Novatinus a base de fuego, lava y destrucción.

Ignoraba si habrían logrado llegar, pero de lo que sí estaba seguro era de que aquella ruta acababa de quedar totalmente descartada.

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