Belyan

 

La ira había sido mi infalible compañera durante los últimos días, aparte de Lylibeth. Las horas pasaban y yo seguía sin superar el hecho de que el imbécil de Lórimer se hubiera marchado sin que intercambiáramos armas primero, ritual que hacía años se había convertido en indispensable para mi salud mental, y él lo sabía. Yo había perdido ya mucho en esta vida, y el hecho de que me asegurara de que al final de una misión me devolvería mi daga era una especie de garantía para mí, una garantía que me decía que él también volvería a mí.

Y ahora aquello estaba arruinado.

La furia me invadió una vez más, sentado en la cueva con la gemela mientras que analizábamos lo que habíamos descubierto acerca de la prisión de la Jungla de Morarye, sus puntos fuertes y sus puntos débiles; sin embargo, a pesar de discutir las cosas con calma frente a Lylibeth, mi sangre hervía cada vez que recordaba como su hermano se había dado media vuelta, incluso después de haberme visto con la daga en la mano, largándose sin siquiera dedicarme una última palabra.

¡Hijo de puta! ¡Había sido él quien me besó! ¿Y ahora yo tenía que pagar por las consecuencias? ¡No era justo!

…así como tampoco era justa la manera en que lo había tratado últimamente, estallando frente a Lórimer ante la menor provocación, para luego meterme a hurtadillas a su cama y dormir junto a él porque era la única manera en que había encontrado paz, y después marchándome sin que el gemelo tuviera la más remota idea de que había pasado la noche a su lado…

Todo pensamiento abandonó mi mente cuando la rubia y yo escuchamos ruidos provenientes del exterior, poniéndonos de pie de golpe y a punto de desenfundar las espadas cuando nos dimos cuenta de que eran Vanessa y Matheo los que ingresaban a la cueva. Estaba a punto de avanzar hacia nuestro amigo para darle la bienvenida, ya que me alegraba mucho verlo después de décadas de ausencia, cuando la voz de Lylibeth retumbó dentro de las paredes de la pequeña caverna:

—¡Por todo lo que es sagrado! ¿Qué estás haciendo tú aquí?

—Hola, Lylibeth. Hola, Belyan. Es genial verlos después de tanto tiempo ¿Cómo han estado? ¿Qué han hecho? —articuló Govami con su sarcasmo intacto.

—¡No me vengas ahora con preguntas estúpidas, Matheo! ¡Se supone que Bradd, Lórimer y Vanessa te buscaban para pedirte que encontraras un nuevo escondite! ¡No para entregarte a la Congregación en bandeja de plata!

—Ok. ¿No quieres preguntas estúpidas? —contraatacó él, perdiendo todo rastro de diversión—. ¿Qué te parecen éstas?: ¿Han descubierto algo acerca de los homicidios? ¿Encontraron al verdadero asesino? ¿Quién trata de inculparme? ¿Cómo le hizo para duplicar mi energía? ¿Por qué incriminarme precisamente a mí?… ¿Quieres más? Pues tengo más: ¿Cómo atraparon a Erick? ¿Por qué permitieron que cayera solo, si se suponía que tú y Bradd estaban con él? ¿Qué planean hacer para sacarlo de prisión sin ser nosotros los capturados?… ¿Continúo o con ésas es suficiente?

La gemela y yo lo observamos con remordimiento, imposibilitados a responder ninguna de sus cuestiones.

—¡Vaya, vaya! Toda la tropa reunida. ¿Por qué cuando los veo a ustedes juntos en el mismo sitio siempre me da algo de miedo? —Bradd habló desde la entrada de la cueva, en donde él y Lórimer se encontraban de pie mirándonos.

Mis ojos de inmediato viajaron hacia mi mejor amigo, y los de él hacia mí. No comprendo cómo fue que sucedió, pero fue como si durante unos instantes los segundos se transformaran a minutos, deteniendo el tiempo a nuestro alrededor, existiendo sólo él y yo. Una poderosa descarga de anhelo explotó en mi interior.

Lo bizarro era que no tenía idea de qué era lo que anhelaba… O tal vez sí, pero continuaba negándolo con cada fibra de mi ser.

—Porque tienes sentido común —fue su compañera de vida quien contestó, acercándose a él hasta fundirse en un intenso abrazo. Sabía que estaba mal juzgar, pero a pesar de los años, aún me resultaba extraño ver a Lylibeth demostrar tales grados de ternura, lo cual me forzó a regresar mi mirada hacia Lórimer, quien me observaba como si deseara avanzar hacia mí como su hermana lo acaba de hacer con Bradd, pero haciendo uso de toda su fuerza de voluntad para detenerse; tragué saliva con dificultad, aceptando para mis adentros que yo quería hacer exactamente lo mismo—. ¿Cómo supieron que ya debían regresar? —agregó la gemela, sacándome una vez más de mis ensoñaciones.

—Vanessa nos llamó después de encontrar a Matheo en el Dominio Exterior —explicó Lórimer, despegando sus ojos de mí y avanzando directamente hacia Matheo—. Es bueno verte, amigo —agregó con seria sinceridad.

—A ustedes también —le contestó Govami, tomando la mano que le tendía para luego abrazarlo con genuino cariño; vi rojo, mientras que mi alma me recriminaba cosas que no me atrevía a aceptar, por lo que hice uso del enojo para cubrir todos los demás sentimientos que comenzaban a ahogarme.

—No quiero ser el aguafiestas que se encarga de arruinar el festejo de bienvenida, pero Bradd no estaba en lo correcto —espeté sin siquiera darme cuenta de que había sido yo quien habló, no sino hasta que todas las miradas estuvieron sobre mí, por lo que no me quedó más que continuar—. No está “toda la tropa”. Nos falta uno. El líder. Y no sé ustedes, pero yo creo que ya va siendo tiempo de que pongamos manos a la obra para sacarlo de prisión.

—¡Vamos, Belyan! No seas mentiroso —me dijo Matheo con su característica sonrisa cínica.

—¿Mentiroso?

—¡Claro! Sabes que te encanta ser el aguafiestas.

No sé por qué, pero aquello fue capaz de arrancarme una pequeña risa, devolviéndome un poco de buen humor y de la alegría que me provocaba que Govami estuviera de regreso.

—Es bueno tenerte de vuelta, Matheo.

Asintió mirándome.

—Es bueno estar de vuelta, amigo… Ahora, ¿cuál es el plan?

—Bien, ésta es la idea general… —fue entonces que Vanessa le habló de la incursión que teníamos pensada, ingresando al lugar a través de una puerta poco resguardada que Lylibeth y yo habíamos descubierto.

—Bradd tiene razón al sentir miedo. Estamos todos locos —articuló Matheo una vez terminada la explicación, arrancando sonrisas por doquier—. Antes de irnos, por favor díganme que alguien de ustedes tiene un cambio de ropa que me quede, porque con este atuendo resalto como piñata en fiesta infantil.

Tenía razón: la ropa del Dominio Exterior sí que lo hacía destacar.

—¿Ahora quién es el mentiroso? La única razón por la que quieres cambiarte es porque te encanta cómo luce tu trasero con el uniforme —Lylibeth lo reprendió, entregándole prendas más apropiadas y haciéndonos reír una vez más.

—Qué bien me conoces —Matheo guiñó un ojo al comenzar a desnudarse, creando diferentes reacciones al instante.

—¡Por Dios, Matheo! ¡Ten un poco de pudor! —gritó Vanessa girándose para no mirarlo, mientras que Bradd le tapaba los ojos con una mano a su compañera de vida.

—Creí que habíamos establecido hace muchos años que el pudor no se me da. Aparte de que a ti es a la única a la que le molesta el espectáculo.

—Eso no es cierto; a mí tampoco me agrada —intervine, pero no porque me molestara lo que mi amigo hacía, sino porque Lórimer parecía demasiado atento a los abdominales de Govami.

—Ni a mí —secundó el cerrajero, con Lylibeth riendo bajo la mano que aún le cubría los ojos.

—Mmmh, ¿qué se le va a hacer? —Matheo alzó los hombros—. ¿Todavía eres gay, Lórimer?

Él soltó una pequeña carcajada que fui capaz de sentir en cada rincón de mi piel.

—Sí, Matheo. Todavía soy gay —le respondió el gemelo con diversión. Vi rojo una vez más.

—Ok. Entonces tú disfruta del show, amigo.

No lo creo, pensé involuntariamente al interponerme entre Lórimer y Govami.

—¿Te quieres dar prisa? —prácticamente siseé, imposibilitado a detener el enojo.

¿O los celos? Me dijo mi mente con burla.

—¿Ves cómo sí te encanta ser el aguafiestas? —agregó Matheo arrancándome de mis confusos pensamientos, sonriendo mientras terminaba de vestirse.

Necesitaba hacer control de daños, puesto que ahora lograba sentir las miradas de todos (especialmente de Lórimer) sobre mí.

—No es eso. Es simplemente que Erick no se va a rescatar solo.

Mis palabras surtieron en el efecto deseado, ya que todos terminaron de alistarse, Govami incluido

—Ok. Hagámoslo.

Unos segundos después abandonamos la cueva uno por uno; yo aún lograba sentir la mirada de Lórimer encima de mí, mientras caminaba a mis espaldas, con su energía revoloteando a mi alrededor como si intentara adivinar qué era lo que me había sucedido dentro de la caverna.

A mí también me habría encantado saberlo.

No, no saberlo: admitirlo…

 

 

Lórimer

 

Sacamos a Erick de la prisión sin demasiada dificultad, a no ser por una acalorada discusión entre Bradd, mi hermana y Matheo, pero cuando ya nos encontrábamos afuera fue que el cielo pareció hacer explosión y en cuestión de segundos la Jungla de Morarye se vio invadida de Místicos.

El caos fue inmediato.

De uno en uno fuimos corriendo hacia uno de los patios principales del cuartel, guardando las armas que segundos antes habíamos desenfundado para entonces ayudar a los Dómines que se encontraban ahí, creando un gigantesco escudo de energía espiritual para darles tiempo a los aspirantes de huir del lugar.

No se puede negar que aquella era una tarea ardua, pues el hacer uso de nuestras almas de esa manera puede llegar a ser bastante agotador, por lo que no me sorprendió cuando escuché a Belyan quejarse a mi lado:

—¡Esto es estúpido! ¡Preferiría pelear contra esos cabrones que hacer esto!

No pude evitar la sonrisa.

—¿Recompensa para quien logre mantener el escudo arriba por más tiempo? —propuse para aligerar un poco el momento, ganándome un gesto divertido de su parte.

—Hecho.

Esa era otra de nuestras costumbres durante las misiones, premiar a aquel de los dos que hiciera mejor trabajo o matara a más enemigos o arrestara a mayor número de criminales. Y casi siempre las recompensas eran labores que el otro no deseaba hacer, como limpieza de nuestras respectivas casas o lavar los uniformes entre otras tareas similares.

Algo dentro de mi se regocijó por el hecho de que, a pesar de mi comportamiento hacía unos días, de haber ignorado el intercambio de dagas con mi mejor amigo, él hubiera respondido tan prontamente a mi propuesta, incluso bajo la peligrosa amenaza a la que nos enfrentábamos en aquel momento.

Todos escuchamos como Forley le ordenó a su hermano que creara un portal para sacarnos de ahí, haciendo hincapié una y otra vez en “la nieve”, sea lo que sea que eso significara; fue por pensar en ello que la intensidad de mi parte del escudo disminuyó un poco, provocando que Belyan soltara una brevísima carcajada, dándome a entender que se había dado cuenta de lo sucedido y de que tendría que ser yo quien pagara la recompensa.

No me importó. Aquella risa había sido recompensa suficiente para mí.

Esa fue la razón (al menos eso me dije a mí mismo) de que cuando el portal de mi cuñado estuvo listo, fui de los primeros en ayudar a los demás a escapar del cuartel, con la gutural voz de fondo de los Místicos gritando una y otra vez que tenían a una mujer y a un niño y que un mestizo debería de entregarse si quería salvarlos. Ignoraba por completo de que hablaban, así que me concentré en vigilar que mis amigos y familia fueran escapando y crucé el portal hasta que ya sólo quedaban Bradd y Matheo del otro lado.

El cerrajero fue el último en atravesar la luminosidad violeta, deshaciéndose de ella antes de que Govami se nos uniera.

—¿Y Matheo? —inquirió Erick de inmediato.

—Matheo tiene el peor complejo de héroe que he visto en mi vida —espetó Braddgo con inusual molestia—. Se quedó a rescatar a un guardia noqueado.

—¡Mierda! Su fan.

—¿Su qué? —preguntó Vanessa con un fruncimiento de ceño.

No puse atención a la respuesta, estudiando a mi alrededor al sentir como el frío comenzaba a posesionarse de todo mi cuerpo. ¿En dónde nos habíamos metido ahora?

—¿Qué es este sitio? —Belyan murmuró a mi lado, percatándose también de que lo único que se veía en todas direcciones era nieve.

Negué con la cabeza antes de contestar:

—Ni idea. Pero no me agrada mucho.

Bradd insistió en que nos moviéramos, que avanzáramos más hacia el norte y que él nos alcanzaría después de abrir un nuevo portal para Matheo, pero nadie obedeció, ya fuera porque ninguno quería adentrarse a aquella atemorizante blancura o porque ninguno queríamos dejar a Govami atrás, así que fue hasta que él regresó, acompañado de su aspirante, un joven paladín medio noqueado y uno de los miembros del Círculo de Paladines, que los reclamos comenzaron junto con las exigencias de una explicación.

Mi cuñado no se dignó a responder, simplemente nos forzó a caminar tras de él hacia el lugar que nos había indicado antes. El silencio se volvió tenso y pesado, tanto por el inclemente frío como por el descontento ante el secretismo que Bradd presentaba últimamente. Al menos así me sentía yo; tal vez era porque mis emociones, antes siempre guardadas tras una máscara de serenidad, poco a poco iban colándose hasta quedar a flor de piel, pero no puedo negar que el enojo me invadió cuando por fin llegamos al refugio a mitad de la nada, y Bradd y mi gemela comenzaron a explicarnos de qué se trataba aquel sitio y el porqué de su construcción.

El hecho de que Lylibeth no me hubiera hablado de él se sintió, ingenuamente, como una traición, por lo que hablé poco durante la discusión y presentaciones, aguardando hasta que todos se fueron dispersando para subir al segundo piso en busca de una habitación. Necesitaba estar solo, para así lograr acallar una vez más a todos estos sentimientos que por el momento no eran bienvenidos.

No contaba con que habría alguien siguiéndome los talones, abriendo la puerta de la recámara apenas un segundo después de que yo la acabara de cerrar.

—Mi recompensa —la voz de Belyan me hizo volverme hacia él.

Por primera vez en mucho tiempo me ganó el enfado; por primera vez en mucho tiempo no tuve ánimos para seguirle el juego.

—No estoy de humor para limpiar tus armas o lavar tu ropa ahora, Varzzen —espeté viéndolo ponerle el seguro al picaporte—. ¿Qué haces?

—Quiero mi recompensa.

—Ya te dije que no estoy de humor para labores domésticas.

Avanzó hacia mí dedicándome una sonrisa que no había visto en muchas, muchas décadas. Una sonrisa traviesa, impía, casi pagana; una sonrisa que antes había sido sólo para Vereny, y que logró arrancarme un escalofrío de pura expectación.

—No era eso lo que tenía en mente.

Mi tiempo para reaccionar se redujo a cero, ya que mi mejor amigo acabó con todas mis defensas al instante en que su mano se cerró tras mi nuca y de un jalón me atrajo hacia él, chocando nuestros cuerpos un milisegundo antes de que su boca cayera sobre la mía, forzándome a abrir los labios ante la sorpresa, lo cual de inmediato se transformó a gemido cuando sentí su lengua colándose por entre mis dientes, bailando contra la mía, saboreándome, explorando con desesperación y un dejo de total agonía.

Su propia urgencia le dio fuego a la mía, por lo que sin dejar pasar un respiro más, alcé ambos brazos, con uno rodeándolo por la cintura mientras que enterraba la otra mano en su cabello, devolviéndole caricia por caricia, mordida por mordida, aliento por aliento. Sus dedos también se movilizaron, unos cerrándose más fuerte contra mi cuello mientras que con los otros iba desabrochando a ciegas los botones de mi chaleco y mi camisa.

No sabía qué era lo que estaba sucediendo, lo que pasaba por su cabeza, pero con franqueza aseguro que no me importaba. Por ahora, sólo existían Belyan y su cuerpo y sus labios, todos acomodados contra mí, todos fundiéndose conmigo de la manera en que tantas veces había soñado. Me di el lujo de ser egoísta por unos momentos más, de dejarme llevar, de perderme dentro de su sabor, de la textura de su lengua sobre la mía, de la sensación de sus dientes mordiendo mi labio inferior, succionándolo, mientras que su mano continuaba deshaciéndose de mi ropa mientras que la otra me pegaba aún más a él, como si quisiera devorarme entero.

Fue cuando Belyan trató de quitarme la camisa de los hombros que por fin una descarga de miedo alcanzó a mi mente, separando mi boca de la suya para después anclar mis ojos a su perfecta mirada azul.

Belyan no era gay, así que en el momento en que a su cerebro llegara la información de que era a mí a quien besaba, terminaría por arrepentirse de este instante de demencia temporal, y ahora sí el peligro de perderlo para siempre se transformaría a algo demasiado real para dar marcha atrás.

¿Qué estamos haciendo? Quise preguntarle, pero mi acelerado aliento no me permitió formular palabra alguna, sintiendo como su respiración parecía hacer eco de la mía, chocando caliente contra mi rostro, sintiendo su pecho subir y bajar velozmente al compás del mío… y sin poder dejar de mirarlo, ni él a mí.

A la mierda, le dije a mi consciencia, sujetándolo de los hombros y arrojándolo contra la pared. Una de las ventajas de estar con un hombre: la delicadeza no tiene lugar dentro de una situación como esta.

Y al parecer Belyan pensó igual que yo, porque en lugar de molestarse, me dedicó esa obscena sonrisa una vez más, viéndome dar el paso necesario para unir nuestros cuerpos de nuevo, y ahora ser yo quien tomaba control de su boca mientras que de un tirón rompía todos los botones de su camisa. Gimió contra mis labios a causa de tal rudeza, cerrando sus manos fuertemente sobre mis caderas y pegándome más a él, hasta sentir su erección contra la mía, rozando de forma insistente a través de los pantalones de cuero para poder encontrar algo de alivio, para buscar mayor contacto, mayor cercanía.

La piel de su pecho contra el mío fue lo que hizo que perdiera la cabeza por completo, separando nuestras bocas para comenzar a recorrer su afilada y áspera barbilla, llegando a su cuello, lamiendo, mordiendo, saboreando, escuchándolo gemir ante las sensaciones que mis caricias le provocaban, llevando una de sus manos hacia arriba hasta convertirla en puño contra mi cabello, para luego utilizarla para guiarme a lo largo de su clavícula, sus pectorales, su marcado abdomen.

Recorrí con mi lengua cada planicie y hundimiento, con impaciencia y excitación, desesperado por llegar mi destino, aprovechando mi viaje sobre su piel para abrir las cuerdas que ataban a su pantalón, arrodillándome frente a él al mismo tiempo en que bajaba la prenda hasta que ésta            quedó alrededor de sus tobillos.

—¿Estás seguro? —murmuré con la poca cordura que me quedaba.

Sus ojos volvieron a chocar con los míos; asintió al tiempo en que tragaba saliva.

—Por favor no te detengas —jamás habría creído que un ruego de esa voz fuera a terminar con todas mis creencias, con todas mis convicciones… pero así fue.

Lo tomé con una mano y su respiración se transformó a constantes gemidos justo al instante en que lo introduje a mi boca. No podía dejar de verlo, por lo que presencié como su cabeza caía hacia atrás hasta chocar contra la pared, como los músculos y tendones de su cuello se contraían, como pasaba saliva y respiraba con cada vez mayor velocidad y dificultad, con su pecho definido subiendo y bajando con un ritmo sin control, colocando ahora ambas manos contra mi cabeza, casi como si temiera que yo me fuera a alejar.

Eso no iba a suceder.

Todo Belyan era intoxicante, su sabor, su olor, sus sonidos, pero la conjugación de todo lo anterior, más la sensación de poder al percibirlo bajo mi comando, bajo mi merced, se transformó en el afrodisiaco perfecto, en el más sublime de los vicios, que cerraba sus garras a mi alrededor para jamás dejarme escapar, convirtiéndome en su esclavo al mismo tiempo en que lo esclavizaba yo a él.

Subí mi palma libre a través de su abdomen, acariciando la tersa piel de sus músculos para luego dejar escapar mi energía espiritual por medio de ella. Belyan comprendió de inmediato mi intensión, por lo que comenzamos una Fluidez que lo único que logró fue enloquecernos aún más a los dos. Yo aún continuaba totalmente vestido, de no ser por la camisa abierta, pero sabía con total seguridad que mis actos y las sensaciones provenientes de él lograrían hacer que explotara sin siquiera tocarme.

—Lórimer —lo escuché murmurar unos minutos después. Mi nombre jamás había sonado más perfecto—. Lórimer, me voy a…

No lo dejé finalizar la frase; cerré mis manos sobre su trasero, ejerciendo presión con mis dedos para así introducir toda su longitud a mi boca: ese simple movimiento lo hizo callar, entendiendo lo que había tratado de advertirme, pero desesperado porque aquello sucediera dentro de mí, que nada de él se desperdiciara, se perdiera. Lo quería todo para mí. Unos segundos después logré mi cometido, escuchándolo ahogar un grito y sintiendo la esencia de mi mejor amigo recorrer mi lengua y mi garganta hasta convertirse en parte de mí, en cuerpo y alma.

No pude contener mi propia reacción, mi propio éxtasis, reaccionando ante el suyo en medio de gemidos que eran amortiguados antes de escapar de mí.

Recargué mi frente contra su hueso pélvico una vez que ambos hubimos terminado, acción involuntaria pero necesaria para recuperar el aliento y de esa manera recobrar también algo de compostura. Lo que acababa de suceder entre mi mejor amigo y yo no era poca cosa, al contrario, era de una magnitud enorme, y yo me había dejado llevar totalmente por mis deseos y mis sentimientos, hasta ahora percibiendo como el temor regresaba junto con la cordura que proporciona el final de la lujuria.

Cerré los ojos sin separarme de Belyan, tratando de prolongar el momento lo más posible antes de que él estallara frente a mí. Lo que jamás esperé fue la reacción que tuvo a continuación…

Soltó los mechones de mi cabello lentamente, también haciendo un intento por regular su propia respiración… sin reclamos, sin gritos, sin reproches, tan sólo sumido en un interminable silencio.

Yo permanecí en donde me encontraba, aún de rodillas, aún con los ojos cerrados, percatándome de inmediato del temblor que invadió el cuerpo de Belyan, de su nerviosismo, lo cual me hizo pensar, no con poco pánico, que comenzaba a arrepentirse.

Carraspeó, removiéndose con tensión.

—¿Necesitas que yo…? ¿Necesitas que…? —su titubeo me enfrió la sangre en las venas.

—Estoy bien —lo interrumpí antes de que se viera forzado a ofrecer algo que no deseaba hacer.

—Ya levántate —me ordenó con voz áspera y brusca, pero lo único que pude hacer fue despegar por fin mi frente de su sudada piel, momentos después escuchando como él se reacomodaba los pantalones y sin decir nada comenzaba a avanzar.

Lo que no oí fue la puerta abrirse o cerrarse, y esto me obligó a despegar los parpados y girar el rostro para estudiar la habitación. Belyan ya se encontraba cómodamente recostado sobre una de las camas matrimoniales del lugar, observándome con una expresión que viajaba de la diversión al nerviosismo.

—¿Piensas venir? —agregó con menos rudeza que antes.

La pregunta me arrancó una ridícula carcajada.

—Creo que ya lo hice.

Fue su turno de reír.

—¿Piensas acostarte? —corrigió.

—Ahm… Primero necesito un baño —contesté, literalmente sonrojándome, lo cual le provocó todavía más risas, observando hacia la ingle de mis pantalones manchados.

—Está bien. No te tardes —fue lo último que me dijo antes de acomodarse más cómodamente sobre el lecho sin dejar de observarme, por lo que, con sus ojos puestos en mí, fui yo quien abandonó la recámara, dándome la ducha más rápida de la historia para en minutos volver a él.

Se le veía somnoliento, pero todavía despierto, con esa mirada azul totalmente pendiente de cada movimiento que mi cuerpo realizaba. No se me había ocurrido llevarme un cambio de ropa al baño, por lo que esculqué en un ropero que se encontraba en la esquina del cuarto, donde encontré un pantalón de pijama y una playera que de inmediato me puse, avanzando después hacia la segunda cama de la habitación.

—¿Qué haces? —la voz de Belyan logró detener mis acciones.

—¿Acostarme? —inquirí, más que respondí.

Mi mejor amigo alzó ambas cejas.

—Esta cama es lo suficientemente grande para los dos, Lórimer.

Me temía que llegaría el momento en que Belyan se diera cuenta de que lo único que tenía que hacer era decir mi nombre para lograr que yo realizara cualquier cosa que él deseara.

Tragué saliva y sin mirarlo me acomodé a su lado, escuchándolo suspirar justo antes de quedarse dormido, como si mi presencia hubiera sido lo que le hacía falta para poder descansar de verdad. Ese pensamiento me produjo una sonrisa y una efímera sensación de paz, que fue lo que me ayudó a quedarme dormido yo también.

Sin embargo y como de costumbre, a la mañana siguiente desperté solo, provocando eso que me preguntara si lo sucedido había sido real, o simplemente uno más de mis sueños.

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