Belyan

 

Lórimer estaba ahí; estaba justo ahí, a poco espacio de mí, con una expresión pacífica en el rostro dormido y una diminuta sonrisa en los labios entreabiertos, inconsciente a causa del cansancio y de la forma en que había abusado de su propia energía, tanto física como espiritual.

Estaba justo ahí.

A mi alcancé.

Sus pasadas acciones habían sido, obviamente, descontroladas. Él casi nunca se comportaba así, al contrario, era mesurado, razonable y siempre al tanto de lo que hacía, por lo que la única explicación era que el sueño había provocado en él el mismo efecto que el licor, deshaciéndose de sus inhibiciones y moviéndolo a actuar de manera suelta y genuina.

Era yo quien ya no le podía echar la culpa a ninguna bebida embriagante. Yo, quien había reaccionado en un milisegundo a causa de su efímera caricia. Yo, quien ahora no encontraba en mí la voluntad suficiente para marcharme de su lado, todavía con el cuerpo doblado sobre Lórimer, con mis manos en el colchón a los costados de sus amplios hombros, sosteniéndome encima de mi mejor amigo sin ser capaz de arrancar mis ojos de sus facciones.

—¿Qué carajos me estás haciendo, Kabarlee? —susurré a sabiendas de que no me escucharía, ya completamente perdido en su propio subconsciente, mientras que a mí me era imposible reaccionar, alzarme, dejar de mirarlo, de estudiar esa cara que me era tan familiar pero que al mismo tiempo parecía estar descubriendo por primera vez.

Aproveché el instante para sincerarme conmigo mismo, aceptando que en realidad Lórimer no me estaba haciendo nada: era yo quien estaba sufriendo una transformación que no me sería posible detener; mi mejor amigo tan sólo se había tratado del catalizador para que este Belyan que había permanecido oculto en las sombras de mi alma fuera emergiendo para cobrarse todo el tiempo que lo había mantenido cautivo, arañando, golpeando y rugiendo al escapar, y provocando que esta revolución interior me mantuviera en un estado de mal humor constante y que terminara desquitando el enojo que sentía contra mí mismo en los demás.

En Lórimer, más que nadie, quien se encontraba justo ahí.

A mi alcance.

¡Mierda, yo tampoco lo quería perder! Y si le permitía a mi mente y a mi cuerpo proseguir por los rumbos por los que viajaba, me arriesgaba a eso y a cosas mucho peores, por lo que finalmente encontré las fuerzas para enderezarme y dirigir a mis pensamientos hacia cosas más apremiantes que mi estúpido caos mental: las acusaciones contra Matheo y el arresto de mi hermano.

Descendí al primer piso para toparme con lo que ya me sospechaba, Lylibeth y Vanessa discutiendo a gritos, como era su costumbre; sabía que aquellas dos mujeres se tenían un cariño muy especial, y aún más después de haber estado conectadas durante la época de la guerra contra Arématis, pero eso no quería decir que no se gritaran a menudo y que sus formas de ser chocaran más frecuentemente de lo que a todos nos gustaba. El argumento estaba por escalar a tal grado que tuve que bajar los últimos escalones de un brinco, con la finalidad de interponerme entre ambas antes de que el conflicto se tornara físico.

—Cálmense… ¡Cálmense! —tuve que gritar al tiempo en que me situaba en el centro, con los brazos alzados en dirección a cada una de ellas—. ¿Qué carajo con ustedes dos?

—¡Mi compañero de vida ha sido arrestado y la rubiecita quiere que me quede en el Territorio del Primero cruzada de brazos! —espetó mi cuñada con furia.

—¿Sí? ¡Pues mi compañero de vida está sabrá la Naturaleza dónde para poder mantener el rastro lejos de nosotros y por haber ayudado al tuyo! ¡Y dijo que nos veríamos aquí, así que no nos moveremos! —respondió Lylibeth de igual manera.

—¡Me importa un comino lo que haya dicho Bradd! ¡Tengo que ir a buscar a Erick!

—¡Y yo te repito que no seas idiota! ¡Qué esperes a que sea mejor momento!

—¡Si fuera Braddgo no dirías lo mismo!

—¡Braddgo no es tan estúpido como para dejarse atrapar!

Puta madre¸ pensé al escuchar la última frase de Lyli: golpe bajo y muy mala elección de palabras. De forma instintiva me volví hacia Vanessa y que bueno que lo hice, ya que apenas conté con medio segundo para sujetarla por la cintura antes de que se dejara ir contra la otra mujer.

—¡Suficiente, Vanessa! —exclamé sin soltarla—. ¡Y tú también! —agregué viendo como Lylibeth sonreía burlona.

—Es ella la violenta —articuló ésta última con inocencia muy mal fingida.

—Sí, claro. Sobre todo porque tú no disfrutas de provocar a la gente.

Lyli se encogió de hombros.

—Yo nunca he negado eso.

—Hija de tu… —mi cuñada estuvo a punto de escapárseme, pero logré retenerla una vez más.

—Si quieres ir a ver a Erick, yo voy contigo —le dije sabiendo que sería lo único que la tranquilizaría.

Logré mi cometido, sintiéndola detener sus esfuerzos por librarse de mis brazos, girando después la cabeza hacia mí.

—¿De verdad?

—Por supuesto. Lo más seguro es que se lo hayan llevado a la Jungla de Morarye. Aguardemos a que amanezca y así le otorgamos unas cuantas horas a Bradd para que llegue; si para la salida del sol no ha aparecido, los gemelos se pueden quedar a esperarlo en lo que nosotros vamos, ¿te parece?

Sentí a su espalda inhalar y exhalar profundamente contra mi pecho, en un claro esfuerzo por obtener algo de serenidad y paciencia.

—Está bien —accedió relajándose un poco entre mis brazos, aunque todavía miraba a Lylibeth como si deseara arrancarle cada uno de los rizos dorados, de uno por uno.

—Ok, ahora que ya se te pasó la histeria, trataré de dormir un rato —se le ocurrió añadir a la rubia.

—¡Por todo lo que es sagrado, Lylibeth! ¿Quieres dejar de estar jodiendo? —la reprendí, aunque no pareció afectarle en lo absoluto: sonrió y nos pasó de largo rumbo a las escaleras—. Ignórala.

Mi cuñada soltó un bufido.

—Llevo más de veinte años intentándolo.

La frase me provocó una sonrisa y el entendimiento de que Vanessa ya se encontraba más tranquila, por lo que finalmente la dejé ir.

—Ve a descasar tú también —le dije—. Yo haré guardia.

Ella negó.

—No podré dormir, Belyan. No en estas circunstancias.

—Mañana será un día todavía más pesado, Vanessa. De menos inténtalo.

—Lórimer está en mi cama.

Tragué saliva. No tienes por qué recordármelo.

—Usa la que Lylibeth dejó libre.

Negó una vez más.

—No deseo ni verla en estos momentos. Es capaz de que la asfixio con una almohada si la tengo cerca —me hizo reír—. Sube tú. Yo me quedo en la sala.

No quería. La elección entre una habitación y otra creaba demasiada tentación… tentación que no me sentía con fuerzas de resistir.

—Si mi hermano se entera que te dejé vigilando sola, me mata —todavía no terminaba de hablar cuando Vanessa ya había girado con rapidez frente a mí, terminando con una daga presionada apenas encima de mi yugular.

—Erick es completamente consciente de que me sé cuidar sola —murmuró ella con una sonrisa autosuficiente, guardando el arma en su bota una vez más, por lo que fue hasta ese momento que me enteré de dónde la había sacado.

Aquella mujer en serio que era buena en lo que hacía.

—De acuerdo —accedí a regañadientes, depositando un suave beso de buenas noches sobre su desordenado cabello oscuro antes de ascender al segundo piso.

En el pasillo entre las dos diferentes recámaras fue que la tortura comenzó. Una era la del cuarto de los pequeños, en donde seguramente Lylibeth se encontraba, la otra era la que llevaba a la habitación de mi hermano y su compañera de vida, en donde Lórimer había caído rendido hacia unos minutos.

Se me formó un nudo en la garganta al observar esta última, girando mi cuerpo hacia ella hasta alzar una mano y colocar la palma contra la pulida madera, enterrando mis dedos de tal forma que estuve a punto de provocar rasguños a pesar de lo cortas de mis uñas. Respiraba agitadamente, como si acabara de correr durante kilómetros, mi cuerpo entero se sentía inestable, siendo necesario que recargara mi peso completo sobre la puerta para poder mantenerme en pie, y mis ojos se cerraron en un intento por visualizar el interior.

¿A quién carajos intentaba engañar? Esta era una batalla que no ganaría.

El problema no era recostarme junto a mi mejor amigo, no; esta no sería la primera vez que Lórimer y yo durmiéramos en la misma cama, pero sí la primera vez en la que no sabía si lo que de verdad deseaba era sólo dormir… u otra cosa más…

¿Cómo era posible que un beso hubiera sido capaz de alterar mi existencia de manera tan cabal, radical e irreversible?

Aunque mi alma era consciente de que no se debía nada más al simple beso, sino a la persona de quien había provenido: un hombre que en unos cuantos segundos se encargó de regresarme a la vida: durante décadas había sido un espectro de mí mismo y, ahora que Lórimer me había despertado de mi autoimpuesto letargo y aturdimiento, todo a mi alrededor y en mi interior se había transformado, a pesar de que en apariencia continuara igual.

La tentación por fin ganó la partida. Abrí la puerta con lentitud y en silencio, observando la oscuridad del interior del cuarto por medio de un hechizo de visión, cerciorándome de que el gemelo siguiera ahí en soledad y de que a su hermana no se le hubiera ocurrido dormir junto a él.

Un inesperado suspiro de alivio inundó mis pulmones cuando me percaté de que era nada más Lórimer quien estaba en la habitación, por lo que entré y nos encerré de la forma más sigilosa que pude, deshaciéndome luego de botas y armas para después recostarme muy despacio a su lado, acomodándome sobre mi costado para poder observarlo dormir durante unos minutos.

Uno de mis brazos cobró vida propia y se removió sobre el lecho, deteniéndose hasta colocarse pegado al de mi mejor amigo, apenas tocándolo, llegando a mí piel su calor corporal a través de nuestras prendas.

La visión de él, su acompasada respiración, su cercanía y su simple presencia fueron arrullándome despacio; la suave paz que emanaba de su espíritu me hizo sentir más relajado de lo que había estado en años, así que en poco tiempo el cansancio también me venció a mí, siendo Lórimer lo último que vi y percibí antes de sumirme en un plácido sueño.

 

 

Lórimer

 

Desperté a la mañana siguiente después de una noche entera de sueños poblados únicamente por Belyan, pero como aquello ya no era novedad para mí, ignoré la punzante sensación de soledad que me provocó el abrir los ojos en una cama vacía y, después de darme una rápida ducha, vestirme y armarme, baje al primer piso con celeridad, al percibir por medio de mi repuesta energía espiritual que la cabaña se encontraba casi vacía, contando sólo con la presencia de mi gemela y mi cuñado, a los cuales encontré sentados a la barra de la cocina, desayunando.

—Buenos días… Qué bueno verte bien —le dije a Braddgo dándole una palmada en la espalda al pasar tras él, quien me respondió con un asentimiento y una pequeña sonrisa—. ¿Cuáles son las novedades? —inquirí al servirme un tazón de avena que probablemente Lyli había preparado, tomando después asiento en uno de los bancos desocupados.

—Vanessa y Belyan partieron hace un par de horas rumbo a la Jungla de Morarye para intentar hablar con Erick —contestó mi hermana—. No quisimos despertarte cuando llegó Bradd porque estabas demasiado agotado.

Se los agradecí, puesto que aquello era verdad, llevándome después una cucharada de comida a la boca.

—¿Y tú averiguaste algo? —pregunté después de masticar, mirando al cerrajero, quien repitió su asentimiento al contestar.

—Logré comunicarme con Forley —comenzó—. Me dijo que ante la evidencia, se vio forzado a autorizar el arresto tanto de Matheo como de Erick, éste último por haberlo ayudado a huir, pero hará lo posible por que tu hermano tenga un trato justo, al igual que Govami, si es que llega a ser encontrado… El problema ahora es que, al menos por el momento, Forley tuvo que ceder las riendas de las averiguaciones, así que son otros miembros de la Círculo de Paladines los que están a cargo de la investigación y los consiguientes interrogatorios, porque saben que mi hermano podría no ser imparcial a causa de su relación familiar y de amistad con nosotros. Sin embargo… —había estado a punto de agregar algo más cuando la puerta de la cabaña se abrió de golpe, dando paso a Belyan y a Vanessa, los cuales portaban idénticos gestos de furia e impotencia en los rostros y tensión extrema y visible en sus cuerpos.

—¿Qué sucedió? —preguntó Lylibeth mientras todos nos poníamos de pie.

Vanessa soltó un grito de frustración tan potente que nos arrancó a todos un sobresalto.

—¡No nos dejaron verlo! ¿Pueden creerlo? —exclamó unos instantes después, exudando ira en cada palabra y en cada movimiento—. Sus pretextos fueron que estaba siendo interrogado y por el momento no era posible darnos acceso al “prisionero”. Así lo llamaron: “el prisionero” ¡como si se tratara de un criminal!

Fue necesaria tanto la intervención de Bradd como la mía para poder calmarla; mi hermana no habló, ya que había sido contagiada por la cólera de Vanessa, así que me supuse que por eso, inusualmente, prefirió permanecer callada. Y Belyan se caracterizaba por mantener las emociones embotelladas por medio de silencios, haciéndolas explotar cuando no le era posible reprimirse por más tiempo, así que en aquel instante permanecía también sin decir palabra, con la postura muy erguida, las piernas abiertas y los brazos cruzados al pecho, como si intentara contenerse incluso físicamente.

—Irán a buscar a Matheo al Dominio Exterior, eso fue de lo único que logramos enterarnos, a pesar de que Erick no les proporcionó absolutamente nada de información —articuló Vanessa una vez que se tranquilizó un poco—. Así que ahora debemos encontrar la manera de avisarle a Matheo que se esconda, y a la vez buscar alguna forma de sacar a mi compañero de vida de prisión.

Nadie agregó nada. No porque estuviéramos en desacuerdo, sino porque lo que ella proponía era altamente ilegal, y aun así era lo que todos habíamos estado pensando también, sólo que Vanessa se nos había adelantado en proponer aquel plan.

—Divide y vencerás —habló Belyan por primera vez desde su llegada—. Debemos separarnos para así confundir a los imbéciles que todavía siguen tras nosotros. Algunos trasladarnos al Dominio Exterior, mientras que el resto permanezca aquí para vigilar la Jungla de Morarye.

Vanessa y yo teníamos más experiencia en desenvolvernos fuera de los Dominios del Ónix Negro, por lo que se decidió que seríamos nosotros quien iríamos en busca de Matheo, a pesar de que nos costó convencerla de dejar la planeación para liberar a Erick en manos que no fueran las suyas. Mi gemela y Belyan se quedarían aquí para monitorear el cuartel de los paladines y así buscar un punto débil de acceso para sacar a Erick de ahí. A ninguno de nosotros se nos escapaba la ironía de que la mejor persona para planear aquello hubiera sido el mismo Erick, ya que había sido uno de los arquitectos encargados de reconstruir el lugar cuando había sido destruido por Arématis, así que tendríamos que utilizar los conocimientos que Belyan tenía al respecto para encontrar la forma de liberarlo.

Bradd era el único comodín con el que contábamos por el momento, pero cuando le preguntamos qué haría, dijo que también viajaría al Dominio Exterior tras la pista de Govami, ya que había sido él quien creó el portal por el que nuestro amigo había escapado. No fue sino hasta que ya nos alistábamos para marcharnos que mi cuñado nos detuvo a Lylibeth y a mí.

—¿Qué ocurre? —pregunté con desconcierto, confundido ante su cautelosa actitud.

Mi hermana arrugaba el ceño con la misma desorientación que yo.

—No quise decirle nada a los Varzzen para no darles falsas esperanzas, pero Forley también me habló de una pista nueva. Algo que la Congregación no está tomando mucho en cuenta pero que podría ayudarnos a conseguir una coartada para Matheo.

—¿De qué hablas? —Lylibeth se me adelantó al expresar la cuestión.

—Favyola Linmar. Es una cerrajera. Dómine de Portales. Fue quien instruyó a Matheo hace unos años, según me dijo mi hermano, y existe el rumor de que los vieron juntos en el mismo lapso de tiempo en que ocurrió el crimen.

—¡Tienes que encontrarla! —articuló mi gemela en voz baja, pero con obvio énfasis.

Braddgo asintió.

—Lo intentaré. Favyola es nómada por naturaleza, así que trataré de dar con ella en lo que ustedes buscan a Govami y crean un plan para sacar a Erick. Mándenme a algún caballo a buscarme si necesitan que vuelva. Su presencia me alertará de que es importante que regrese, ¿de acuerdo?

Los dos accedimos sin hablar.

 

Encontrar a Matheo no sería una tarea fácil, y lo sabía. Nuestro amigo había pasado las últimas décadas evadiéndonos, así que si para algo era muy bueno era para ocultarse.

Fue por ello que decidí dedicar mis esfuerzos a distraer a los espías que nos seguían, intentando cubrir el rastro de Vanessa cuando los dos nos separamos antes de marcharnos al Dominio Exterior.

Por el hecho de haber estado conectados durante un tiempo, ella sería mejor para rastrear la energía espiritual de Matheo, aparte de que, por lo mismo, la Congregación sospecharía más de Vanessa que de mí, por lo que era más conveniente que yo sirviera de carnada mientras que la antigua Elegida se dedicaba al cien por ciento a buscar a Govami.

Y algo más: el estado mental en el que me encontraba no era de mucha ayuda para concentrarme, y si es que llegaba a dar yo con Matheo, cualquier descuido de mi parte podría guiarlos directamente a él.

Esto último no lo admití ante nadie, pero lo tomé en consideración al momento de elegir qué hacer. Belyan ocupaba la mayor parte de mis pensamientos durante la mayor parte del tiempo, y no quería que los demás pagaran por culpa de mis colosales errores.

Para colmo de mi mala suerte, Belyan y yo fuimos los últimos en partir del Territorio del Primero, dando paso a una incómoda despedida que, apenas unos días antes, se habría llevado a cabo de forma muy diferente.

Casi siempre nuestras misiones eran en conjunto, pero cuando existían aquellas que debíamos llevar a cabo por separado, nos deseábamos buena suerte e intercambiábamos dagas, como si de alguna manera aquello fuera garantía suficiente de que regresaríamos con bien, para poder devolvernos las armas prestadas.

Esta vez no fue así y, por extraño que parezca, fui yo quien no logró enfrentar a mi mejor amigo para hacer el canje. Lo observé a lo lejos, dándome cuenta de que él llevaba un brillante cuchillo en el puño y que estaba por entregármelo, observándome con un dejo de desconcierto y con bastante melancolía cuando yo no me detuve, avanzando y ocultando la avergonzada mirada, para luego perderme a mitad del bosque, expandiendo mi energía para que los paladines que continuaban vigilándome me siguieran hasta un alejado portal, ya que Vanessa usaría el del Cerro del Muerto.

La culpabilidad me embargó en segundos, pero no fue lo suficientemente fuerte como para hacerme volver.

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