Belyan

 

Soy un bastardo hijo de perra.

¿Qué carajos estaba pensando al actuar así frente a Lórimer? Porque sí, lo admito, la tensa cercanía entre nosotros durante los minutos que pasamos en el porche había sido a propósito; no sé qué era lo que intentaba ganar o probar o forzar, pero algo en mi interior me había obligado a comportarme de esa forma tan retorcida, casi como si quisiera tentarlo, como si quisiera arrancarle una reacción, la que fuera, menos lo que en verdad sucedió: nada.

Lórimer se comportó como siempre: serio, tranquilo, razonable. Mientras tanto yo había pasado los últimos días sin poder sacármelo de la mente, fingiendo que las noches de duermevela habían sido a causa de lo que estaba sucediendo con Matheo y por la inquietud de Vanessa, y no por culpa del recuerdo de lo acontecido entre nosotros en mi búngalo. ¿Así que qué hice? Desquitar mi frustración con mi mejor amigo, intentar maniobrar una situación ya de por sí incómoda a algo más, a algo que probablemente nos habría hecho sentir todavía más culpables a los dos.

¿Por qué? ¿Qué era lo que estaba pasando conmigo?

Me quedé dormido con esos pensamientos en la cabeza, acomodado incómodamente en la cama de mi sobrino, esclavo de sueños intensos que, sin remedio, giraban alrededor de Lórimer; tal vez fue por ello que aún faltaban un par de horas antes del amanecer cuando mi subconsciente no pudo más, despertándome en medio de un sobresalto, con el cuerpo empapado en sudor y rastros de una pulsante excitación que no se marcharía pronto.

Una ducha fría más, no me quedaba de otra. Hacía mucho tiempo que no las necesitaba, pero en los últimos días se habían convertido en un hábito constante a cada madrugada.

Estaba por levantarme a hacer precisamente eso cuando el recuerdo de la noche anterior se coló a mi cerebro; no había sucedido absolutamente nada, lo sé, tan sólo dos amigos charlando, recargados en el barandal del porche, con las manos tan cercanas que sabía que sólo restaba un respiro para habernos tocado.

Un respiro y convicción, la cual me falló.

Cuando Lórimer se enderezó para ingresar a la cabaña y por fin su dedo había rozado el mío, la adrenalina que había sentido durante toda la plática hizo explosión dentro de mí, preguntándome qué habría sucedido si aquello hubiera dado pie a algo más, porque si la simpleza de ese movimiento me había provocado tal reacción, no podía ni imaginarme lo que me haría si sucumbíamos otra vez.

Fue por esas ideas que no pude evitar que en ese instante mi mano viajara despacio, recorriendo los bordes de los músculos sobre mi abdomen y luego ingresando al interior de mis pantalones, hasta que cerré el puño alrededor de mi erección, dejando escapar un aliento entre aliviado y ahogado, echando la cabeza hacia atrás sobre la almohada y cerrando los ojos para permitir que esas imágenes que intentaba bloquear por fin dominaran de forma total a mi mente.

Lórimer. Su cuerpo, sus besos, su calor, su mirada. Todo lo que lo hacía él.

Imaginé que era su palma la que me tocaba, la que subía y bajaba rítmicamente, la que se humedecía con su propia lengua para facilitar los movimientos. Imaginé que eran sus labios, y no mis dedos, los que viajaban a través de mi pecho, cerrándose sobre mis pezones para luego morder y succionar.

Mi respiración se aceleró y tuve que sujetar mi labio inferior entre mis dientes para evitar que los gemidos se me escaparan, dándole velocidad a la mano que me sujetaba con fuerza, tratando de retrasar el clímax lo más que me fuera posible, aunque con la figura de mi mejor amigo flotando tras mis párpados, éste sucedería mucho más pronto de lo que me hubiera esperado.

¡Mierda, mierda, mierda! No había forma de detener el orgasmo, de aplazarlo, de saborearlo. No con Lórimer adueñándose de cada acción y de cada pensamiento, a pesar de no encontrarse ahí.

Fue en ese momento cuando el instinto se apoderó de mí, llevándome a hacer algo que nunca me había atrevido a llevar a cabo: la mano que recorría mis pectorales y estómago también descendió, al tiempo en que mis rodillas se doblaban y mis piernas se separaban; mis dedos llegaron detrás de mis testículos, sosteniéndolos y acariciándolos por un momento hasta ir más allá, arribando al punto al que nunca habían osado a llegar. En cuanto con la punta del índice apenas si comencé a rozar en forma circular esa área fue que todo en mí pareció hacer explosión, viniéndome con más intensidad que nunca, logrando que el líquido blanco se vaciara sobre la piel de mi abdomen con una potencia exorbitante, mientras que mi respiración se cortaba y mi mente en lo único que pudo centrarse era en las sensaciones que Lórimer me había provocado sin saberlo, porque durante cada segundo había sido él quien dominó todas mis acciones, todos mis pensamientos, siendo dueño de mi orgasmo a pesar de ignorarlo por completo.

Respiré profundo varias veces con la finalidad de calmar un poco a mi desbocado corazón, levantándome para luego correr al baño del segundo piso, haciendo el menor ruido posible y avanzando con rapidez para no ser descubierto ni por mi cuñada ni por mi mejor amigo.

Para cuando descendí a la planta baja ya era muchísimo más dueño de mí mismo; la ducha había surtido el efecto deseado después de unos minutos, por lo que me vestí y silenciosamente llegué hasta la sala. Lórimer, como era de esperarse, continuaba despierto, por lo que no tuve que ser tan cauteloso al acercarme al sillón donde se encontraba recostado.

—Ve a dormir. Yo te cubro por un rato —le dije con voz más ronca de lo esperado… tal vez el regaderazo no me había calmado tanto como había creído.

—Estoy bien.

Me reí con sorna.

—No mames. Desde aquí alcanzo a ver como apenas si puedes mantener los ojos abiertos. Deja de ser tan terco y ve a dormir.

Soltó una risa que igualó la burla de la mía.

—¿Yo soy el terco? Claro —murmuró con tono tan bajo que era obvio que no había deseado que lo escuchara, pero el silencio reinante era demasiado potente como para que sus palabras pasaran desapercibidas.

No le contesté; presioné la mandíbula y permanecí inmóvil en lo que se alzaba del sofá. Lo lógico habría sido que diera un paso hacia atrás para permitirle pasar, pero si quería terquedad, se la daría, así que en cuanto se encontró de pie, nuestros cuerpos quedaron a centímetros de distancia y, con nuestras alturas similares, su mirada asombrada inmediatamente estuvo a la par de la mía.

—¿Me dejas pasar? —pidió, tan próximo a mí que sentí su aliento sobre mi rostro; lo que me tomó por sorpresa fue el inesperado deseo de percibirlo todavía más cerca.

—No —respondí antes de siquiera pensarlo, ignorando de dónde había provenido la negativa.

Lórimer arrugó el ceño.

—¿No?

—No.

—¡Carajo, Belyan! ¿Qué jodidos esperas de mí? ¿Qué es lo que pretendes? —espetó más molesto de lo que lo había visto en mucho tiempo, al menos conmigo.

Tragué saliva con dificultad, preguntándome exactamente lo mismo.

—No tengo ni la más puta idea.

Lórimer se tensó ante mi réplica, con sus ojos yendo de los míos a mis labios una y otra vez, mientras que la parte más oculta de mi alma le rogaba que sucumbiera, que diera aquel paso que yo no me atrevía a dar, que volviera a tomar las riendas y me dejara sin opción alguna más que responder a él.

Cobarde, me acusé. Y por la manera en que mi mejor amigo me observaba, algo me decía que él también opinaba lo mismo.

Me di cuenta de que estaba a punto de agregar algo cuando los dos escuchamos ruidos provenientes del pórtico, como rasguños sobre la madera, por lo que nuestros instintos de guerrero reaccionaron en alerta ante la posible amenaza, movilizándonos al mismo tiempo, tomando nuestras respectivas armas de la barra de la cocina donde las habíamos dejado y avanzando hacia la puerta de la cabaña con la coordinación que dan los años de práctica en conjunto.

Puse la mano sobre el picaporte mientras Lórimer se situaba al otro lado de la entrada; nos dedicamos una última mirada antes de que él asintiera, indicándome que estaba listo. Abrí de golpe y ambos nos acomodamos en posición de ataque, pero instantes después nos dimos cuenta de que no existía peligro alguno, ya que lo único que se encontraba en el porche era un gato montés.

Erick, asumí de inmediato. Mi hermano y yo compartíamos el mismo animal afín, como sucede generalmente entre familiares, por lo que no cabía duda de que el felino se trataba de un enviado de Erick.

Alcé un brazo para detener el avance de Lórimer y, en lo que ambos guardábamos las espadas, caminé hacia el animal hasta acomodarme en cuclillas frente a él. Con destreza y agilidad el gato se deslizó hacia mí, observándome seriamente mientras gruñía un poco, transmitiéndome por medio de su mente y de su alma el mensaje urgente de mi hermano.

—¿Qué te dice? —inquirió mi mejor amigo después de unos minutos de silencio, en los que el felino me explicaba lo sucedido con esa forma vaga que tienen los animales de comunicarse; era por eso que solía ser tardado el hablar con ellos, puesto que su forma de pensar no es igual a la de un humano, así que en ocasiones hay que descifrar lo que están tratando de decirte en su manera muy peculiar, y algunas veces hasta imprecisa, de darse a entender.

Sentí como cada uno de los músculos de mi cuerpo se tensaban a causa de la información que iba recibiendo.

—La energía en el sitio del crimen sí es la de Matheo, o al menos muy, muy similar —relaté en un murmullo—. Erick no se puede explicar las semejanzas y es a causa de ello que está seguro de que la Congregación no se detendrá a escuchar justificaciones, sino que irá directamente a arrestar a Govami. Nos pide que localicemos a Bradd para que le ayude a sacar a Matheo de los Dominios; sus portales son más estables y difíciles de rastrear. Necesitamos convencerlo de huir para tener tiempo de investigar por nuestra cuenta.

—Maldición —siseó Lórimer con impotencia, igual de enfurecido que yo ante la manera en que la Congregación seguía actuando, a pesar de que ahora contaba con Forley como su líder.

—Busca a Erick, por favor —le pedí al lince—. Dile que me encontraste y que comenzaremos de inmediato con el plan.

El felino asintió antes de marcharse, por lo que me puse de pie.

—Me tengo que ir —afirmó mi mejor amigo en cuanto me encontré frente a él.

—Puedo ir yo.

Negaba antes de que terminara mi frase.

—Los paladines centinelas siguen cerca y tu presencia continua enmascarando la ausencia de Erick; aparte de que Lyli y yo compartimos animal afín. Puedo mandar uno en su búsqueda mientras que yo les sigo la pista tomando un camino más largo, para desviar a quien me siga.

—Pero…

—Belyan, sabes que es la mejor alternativa —me interrumpió, aunque con paciencia y de forma razonable. A veces odiaba que fuera tan jodidamente sensato.

Mentira. Su prudencia complementaba a la perfección a mi voluble temperamento; era sólo ahora, que detestaba verlo marchar, cuando su sensatez me frustraba de manera ilógica.

—Pon al corriente a Vanessa cuando se despierte —agregó descendiendo los escalones del pórtico—. Volveré en cuanto pueda.

Ese temperamento irritable antes mencionado hizo su aparición en cuanto mis sentidos se percataron de que Lórimer se alejaba sin más. Ni una jodida mirada, ni una maldita palabra extra. Antes de que me diera cuenta de lo que hacía, ya corría tras de él, con la ira comandando mis acciones sin explicación alguna.

Lo tomé con brusquedad por el brazo, deteniéndolo y girándolo hacia mí de un solo tirón.

—¿Así nada más? —exclamé con tono más alto del necesario, pero estaba que hervía en furia.

—¿Así nada más, qué? —me preguntó genuinamente confundido.

—¿Así nada más te marchas?

Vi los músculos de su mandíbula saltar al presionarse, como si buscara calma ante mi desenfrenada reacción.

—¿Tienes alguna otra idea? ¿Un plan de acción diferente? ¿Algo más efectivo? Estoy abierto a opciones —articuló cuando hubo encontrado esa elusiva tranquilidad.

—No me refiero a eso —escupí cerrando con más fuerza mi mano sobre su bíceps.

—¿Entonces, Varzzen? ¿De qué carajos hablas? —explotó al fin, haciendo eco de mi propia rabia, acercándoseme más hasta que quedamos pecho contra pecho, rostro contra rostro.

Yo me quedé sin respuestas y con sus mismas preguntas.

—Te dije ya que lo mío no es quedarme a esperar. Necesito hacer algo —solté la primer excusa que se me ocurrió… pero si alguien me conocía, era él. No se tragó mis falsas razones, por lo que me enfrentó con la mirada y con una seriedad e intensidad en sus ojos que nunca antes había presenciado.

—Lamento mucho que tu impaciencia te domine, pero no es algo que yo pueda remediar. ¿Quieres hacer más? Tú y Vanessa intercepten a la aspirante de Matheo cuando la mandemos para acá, explíquenle la situación. Mientras tanto, estamos perdiendo el tiempo, así que suéltame.

—No —murmuré instintivamente.

Su boca estaba tan cerca de la mía que lograba sentir su acelerada respiración sobre los labios, reflejo de mis propios alientos desbocados.

—Ya me disculpé. Ya hablamos y, según lo que entendí de esa conversación, tú y yo estamos bien. Y ya te lo pregunté, por lo que esta será la última vez que lo haga. La última¸ Belyan: ¿Qué. Jodidos. Esperas. De mí?

No lo sé, pensé sin contestar, porque era la verdad. No sabía qué esperaba, no sabía lo que pretendía con mis acciones, no entendía que era lo que estaba apoderándose de mí.

Lórimer tomó mi silencio como una respuesta, sonriendo con una ironía que desentonaba con su carácter, que no le iba bien a su rostro.

—Mensaje recibido —agregó arrancándose de mi agarre de un jalón.

Se marchó sin que volviera a detenerlo, con el enojo y la confusión recorriéndome desde el alma hasta el cuerpo y luego de regreso.

 

 

Lórimer

 

Hice uso de un portal tras otro hasta percatarme de que mi espía personal finalmente me había perdido el rastro, aunque fuera sólo por unos minutos, esforzándome hasta los extremos de mi propia memoria para mantener fuera de ella lo que acababa de suceder con Belyan y concentrarme así en lo que tenía que llevar a cabo en ese momento.

Fue al llegar a la pradera de un dominio llamado Cyden que di con lo que había estado buscando: una manada de caballos salvajes que de inmediato se pusieron atentos a mi presencia. Me acerqué con lentitud a ellos, dirigiéndome hacia el que contaba con mayor aura de alfa para expresarle, con toda calma que pude amasar, lo que estaba sucediendo, pidiéndole después su ayuda en localizar a mi hermana con prontitud.

Él y una hembra aceptaron auxiliarme, el primero partiendo rumbo a Numandi mientras que yo hacía uso de la otra para desviar al paladín que continuaba siguiéndome la pista, puesto que sentía que su energía iba acercándose hacia el sitio en donde me encontraba.

Fue sólo gracias a la velocidad de la yegua que por fin logré deshacerme de él, ya que seguramente esperaba que continuara moviéndome por medio de portales, sin imaginarse que utilizaría otro medio de transporte que no sería capaz de igualar. También contaba con la suerte de haber aprendido a montar desde muy pequeño, ya fuera con silla de cuero o sin ella, puesto que mis padres habían sido dueños de una pequeña granja productora de ganado y lácteos, y como mi gemela y yo habíamos descubierto desde muy jóvenes que los equinos eran nuestro animal afín, era de esperarse que su cuidado y entrenamiento cayera en nuestras manos, razones por las cuales ellos estaban acostumbrados a nosotros y viceversa.

El único inconveniente durante el recorrido fue que el tiempo que pasé sobre el animal me otorgó demasiado espacio mental, reviviendo cada detalle de lo acontecido con mi mejor amigo en la última semana, desde los tragos y nuestra charla, hasta el beso y la consecuente incomodidad y discordia que parecía seguirnos sin tregua. Mi cansancio tampoco ayudaba, ya que debía mantenerme atento a los rumbos que seguía y a mantener el contacto con la yegua, dando paso a que mi energía espiritual y física menguaran con mayor rapidez de la que hubiera supuesto.

Ya había amanecido hacia un buen rato, pero había estado en lo correcto cuando vaticiné que no podría dormir estando bajo el mismo techo que Belyan; entre mis esfuerzos por bloquear todo lo concerniente a él, al mismo tiempo en que era totalmente consciente de su presencia en la cabaña, había transitado las horas de oscuridad en un constante estado de alerta y estrés, suceso que ahora mi cuerpo, mi alma y mi mente estaban pagando con creces.

Me di el lujo de detenerme nada más dos veces, más para que la yegua descansara y se hidratara que por mi beneficio, arribando a unos kilómetros de Numandi hasta que la noche hubo caído una vez más. Conocía a la perfección la energía espiritual de Lylibeth, al ser tan similar a la mía, por lo que entonces hice uso del poco ímpetu que me quedaba para llegar hasta mi gemela, sorprendido y asustado con lo que me topé cuando por fin di con ella y con Bradd, a mitad de un denso bosque que rodeaba el poblado antes mencionado.

Ambos corrían con clara desesperación, vislumbrándose en sus rostros apenas un dejo de alivio al verme llegar sobre el animal.

—¿Qué sucede? —pregunté con desconcierto.

—¡Sácala de aquí! —recibí la orden de Bradd como única respuesta, mientras que él comenzaba a abrir portal tras portal, uno junto a otro, con mayor velocidad de lo que yo jamás había visto a nadie alzar esas cantidades de energía espiritual dirigida; no importaban los años que llevara ya bajo la tutela de mi cuñado, sabía que a mí todavía me faltaba mucho para llegar a un nivel de esas alturas.

Braddgo era un cerrajero nato, eso no quedaba en duda.

—¡No me voy a ir sin ti! —le gritó Lylibeth al verlo detenerse.

—Los puedo confundir. Huir por el rumbo que menos se esperen; aparte de que soy hermano del Magistrado, ¿qué mejor momento que ahora para utilizar un poco de nepotismo? —dijo él sin detener su labor—. Ustedes sigan a caballo y la misma energía de los portales enmascarará la suya; pero se tienen que ir ya… Nos vemos en el Territorio del Primero.

No esperé que se agregara más. El plan del hombre era lógico y bastante acertado, al menos en mi perspectiva, por lo que tomé a mi hermana por el brazo y la alcé hasta que quedó tras de mí sobre la montura, a pesar de que ella siguió quejándose al respecto incluso cuando nos retirábamos a máximo galope.

—¿Qué sucedió? —insistí una vez que nos alejamos lo suficiente, dando fin de una vez por todas a su constante palabrería.

—¡Que arrestaron al idiota de Erick! ¡Eso fue lo que sucedió!

¿Qué? —incluso a mí me fue imposible retener la desmesurada exclamación.

—Logramos sacar a Matheo de los Dominios gracias al caballo que enviaste para avisarme del plan, pero para cuando se marchó, varios adalides ya habían sentido la presencia de Varzzen junto con Matheo, así que nos forzó a Bradd y a mí a huir y que así no detectaran que habíamos ayudado también en el escape de Govami, pero a él lo arrestaron para sacarle información.

—¿Estaba Forley con ellos? —pregunté, ya que el hermano de mi cuñado era nuestra única fuente objetiva dentro de la Congregación, al menos por el momento.

—No lo creo; de ser así, habría intervenido. Me imagino que Bradd tratará de contactarse con él de todos modos. Así que no nos queda de otra más que correr como imbéciles hasta que esto se solucione… ¡Agh! ¡Si en algo estoy de acuerdo con Matheo es en que odio huir! ¿Lo sabías?

—Sí, Lyli. Siempre lo he sabido —le dije con una combinación de ansiedad y diversión que no pude contener—. Algo se nos ocurrirá, no te preocupes.

Resopló con su ironía y recelo de siempre, pero ya no añadió nada más, probablemente dedicándose, al igual que yo, en idear algún plan para salir de este nuevo embrollo… Y preparándonos ante la perspectiva de avisarle a Vanessa y a Belyan que Erick había caído bajo el yugo de la dispareja justicia de la Congregación.

 

 

Dejamos partir a la yegua un par de horas más tarde, cuando Lylibeth se dio cuenta de que yo ya no podía más. No era agradable admitirlo, pero mi gemela tenía razón: todas mis reservas de energía se habían esfumado ya, por lo que era imperativo que descansara y que ingiriera alimentos, pero para que eso sucediera debíamos llegar al Territorio del Primero.

Fue ella quien abrió el portal que nos llevaría hasta allá; sabíamos que por el momento no éramos vigilados, por lo que no importó que dejáramos rastro al respecto. La energía violeta nos llevó hasta el espacio detrás de la cabaña, y con pasos cansinos ambos avanzamos hacia la parte frontal.

Belyan y Vanessa nos recibieron alarmados; se habían enterado que la Congregación había estado a punto de arrestar a Matheo en Numandi gracias a Adahara, la aspirante de nuestro amigo, por lo que su estado era por demás angustiado al percatarse de nuestro arribo.

Y, como era de esperarse, a pesar de que pasaba de la media noche, la situación se tornó aún peor al momento en que Lyli les dio a conocer el destino de Erick. Los ánimos se escandalizaron hasta grados insospechables. Sabía que tenía que intervenir, porque los temperamentos de los tres eran propensos a las explosiones, y más si mezclábamos a mi gemela y a Vanessa, que tendían a gritarse ante cualquier provocación, pero me era imposible negar el hecho de que, de verdad, ya no contaba con las fuerzas ni para hablar.

Apenas si tuve ánimos para tomar una manzana del frutero sobre la barra del desayunador, la cual devoré en segundos y después tomé asiento en uno de los sillones de la sala mientras los escuchaba discutir, imposibilitado a inmiscuirme ante la potente extenuación que se había apoderado de todo mi ser: cuerpo, mente y alma.

—¿Te encuentras bien? —Belyan interrumpió la acalorada charla, siendo el primero en percatarse de mi presente condición.

Negué sin hablar.

—¿Cuánto tiempo tienes sin descanso, idiota? —exclamó Lyli con furia y preocupación mezcladas, lo cual era su costumbre.

Me encogí de hombros, otra vez sin hablar.

—Imbécil —masculló mi mejor amigo mientras me tomaba de un brazo y se lo pasaba tras los hombros, forzándome a levantar y a avanzar rumbo a las escaleras—. Lo voy a dejar en tu habitación, Vanessa, ¿está bien?

—Sí, no hay problema —la oí acceder mientras nosotros subíamos los peldaños.

Con honestidad puedo afirmar que no sé cómo es que llegué hasta la recámara principal sin irme de bruces durante el recorrido. A donde sí caí fue al lecho, sin ninguna ceremonia, ya casi sin control de mi propio cuerpo; me acomodé bocarriba con ayuda de Belyan, quien después me quitó las botas y el cinturón que cargaba mi espada.

—¿Ves como sí eres tú el terco? Debí haber ido yo —articuló inclinándose un poco hacia mí.

Le sonreí de forma irreflexiva.

—Lo que tú digas.

Soltó una breve risa.

—Me gusta este lado de ti, muy dócil.

—A mí me gusta todo de ti —murmuré sin filtro alguno, creyendo que ya estaba soñando; a causa del cansancio, no sabía ni lo que decía ni lo que hacía, levantando una mano hasta acunar su rostro, delineando la cicatriz del lado izquierdo con mi pulgar; tal vez si hubiera sido más dueño de mis sentidos, me habría dado cuenta de que Belyan había dejado de respirar—. Hasta ésta imperfección es perfecta.

Mi dedo llegó hasta la comisura de sus labios abiertos, rozando el inferior con los últimos restos de energía que me quedaban, percibiendo cómo los párpados se me cerraban pesadamente, por lo que sentí, más que vi, la forma en que su lengua salía hasta saborear mi piel, provocándome un estremecimiento irrefrenable.

—Lórimer… —expresó con voz áspera y en medio de un entrecortado suspiro, pero no supe si agregó más, ya que fue ese el momento en que mi brazo cayó sobre mi pecho, con el agotamiento ganándome la partida.

2 comentarios en “Preguntas Sin Respuestas

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